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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 07

septiembre 20, 2020
Mujer esperando

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Hacer mella

Ana tenía tres secretos bien guardados. Los dos primeros condicionaban su vida desdoblándola en varias versiones, como si fuera víctima de un trastorno de identidad disociativo —recientemente había tenido la oportunidad de experimentar la unión de ambos y el resultado había sido demasiado intenso. Aún hoy, temía perder el control si volvía a repetirlo—; del tercero ni siquiera estaba segura qué pensar.

La terraza del bar Gloria en la que se encontraba se situaba en una esquina entre dos calles que serpenteaban de manera irregular flanqueadas por casas de aspecto rústico y diversos colores. Aunque varios coches esperaban pacientemente a que regresaran sus dueños invadiendo la escasa acera que daba paso al bar, lo cierto era que ella parecía ser la única cliente, a excepción, por supuesto, del tipo que venía siguiéndola torpemente desde su partida de la estación de tren Sants en Barcelona y que ahora simulaba tomar algo en la barra del bar.

El pueblo se llamaba El Redal y se encontraba en La Rioja, a unos veintiocho minutos de Logroño. Apenas tenía ciento cincuenta habitantes y era eminentemente agrícola, por lo que se podía considerar que era un lugar adecuado para aquel encuentro. Ella habría escogido un sitio menos habitado, pero sospechaba que aquello también había sido intencionado; al fin y al cabo, ni siquiera se conocían —ni siquiera era tan infundado—. Allí era donde la había citado el compañero huido de Alma.

Ana contempló las fotos impresas de ambos en los documentos de identidad que había encargado hacer y que ahora sostenía en la mano. Dio un sorbo a su copa de vino rosado y su mente comenzó a volar. El amigo de Alma —ahora, Esteban— parecía atractivo y podía ser un firme candidato a uno de sus juegos, como ella los llamaba.

Se obligó a encauzar sus pensamientos. Si se dejaba llevar, no sabía cómo podría acabar todo aquello y ahora tenían cosas más importantes en ciernes que saciar sus propios apetitos.

Ni siquiera desde su escasa experiencia en todo aquello —que ya era bastante más que la del resto— podía hacerse una idea de lo que habrían tenido que pasar esos chicos. Alma —ahora, Alba— le había dado algunos detalles de lo sucedido en aquel… mundo y apenas había podido creerlo, pero ahora, desde luego, ya no tenía cabida para la incredulidad.

Aquellos pensamientos la llevaron instintivamente a tocarse el antebrazo por encima de la manga de la chaqueta.

Justo en ese instante, apareció su cita. Ana esperó unos segundos y, finalmente, optó por tomar la iniciativa.

—¿Piensas quedarte ahí atrás mucho más tiempo o vas a sentarte aquí conmigo? —dijo ella en alto sin girarse.

El amigo de Alma pareció armarse de valor y se dejó ver desde su pretendida posición de observador oculto a sus espaldas.

—¿Cómo has sabido que estaba ahí? —preguntó él mientras se sentaba a la mesa con ella.

Su deformación para nada profesional la llevó a fijarse en su gran altura y aquello sumó varios puntos más a su candidatura. Una vez más, se obligó a abandonar aquel cauce de pensamientos. Ya tendría tiempo para eso en otro momento —«y con la debida planificación», se dijo a sí misma—.

—La próxima vez que quieras vigilar a alguien de cerca, intenta evitar ponerte a contraluz, aunque sea en un día tan nublado como hoy.

Al escuchar su respuesta, en cierto modo demasiado obvia, él suspiró resignado, como si estuviera cansado de tener en cuenta aspectos para los que claramente no estaba preparado.

—Soy Emilio, el amigo de Alma —dijo él, por fin, a la vez que le ofrecía la mano.

Ella hizo lo mismo y se maravilló de la firmeza con la que se la estrechó. Nuevamente, tuvo que obligarse a dejar de lado aquellas ideas.

—Ana Günther —respondió ella casi sin darse cuenta de que acababa de añadir su apellido, como siempre hacía durante… ¿Qué demonios le pasaba hoy?

Alma no estaba con él, por lo que era evidente que ya debían de haber puesto en marcha su plan —punzada—.

Lo último que había sabido de ellos era que intentarían atraer a sus perseguidores desde un lugar adecuado para dejarse atrapar y obtener así información sobre su identidad y la localización del resto de sus amigos; tal como ella les había sugerido —otra punzada—.

Si las nuevas capacidades que Alma decía tener se aproximaban a lo que ella le había descrito, aquel plan no era en absoluto descabellado. Su ya antigua alumna siempre había demostrado tener una gran entereza y una habilidad innata. Sin duda, podría con aquello.

Se lo dijo un par de veces más, pero, como con la primera, no terminó de convencerse de ello.

No estaban en su terreno, pero no creyó que tuvieran demasiado tiempo.

—Alma no está contigo… ¿Ya has podido localizarla?

—No, no del todo —respondió él cabizbajo—. Esta mañana he recibido su señal aproximada, pero luego ya nada.

—Algo es algo, déjame ver.

Él le entregó su móvil y le indicó que llevaba desaparecida desde la madrugada de esa noche. En la aplicación —llamada Puppysearch, con un perrito animado en una esquina— pudo comprobar que, en efecto, su última ubicación venía determinada por un círculo enorme que abarcaba toda Bizkaia.

—Se suponía que debía ser capaz de liberarse por sí sola. Si le ha pasado algo, yo… —se lamentó él con los ojos enrojecidos.

—Creo que sé donde puede estar. —Al decir aquello, el amigo de Alma se irguió desde su posición compungida y pareció insuflarse de esperanza—. La única base militar que hay ahí es la de Soietxe, en Mungia.

Aquella respuesta no pareció gustarle al amigo de Alma, que se vino abajo de nuevo.

—Eso ya lo había deducido yo, pero ni siquiera sabemos si se la han llevado los militares o si tienen alguna otra instalación de la que no sepamos nada —dijo él a la vez que se quitaba las gafas y se masajeaba las sienes.

—No, créeme. La tienen allí; lo sé.

—¿Por qué? ¿Cómo podrías saberlo? —preguntó él con cierto escepticismo.

Ana comenzaba a perder la paciencia. No tenía tiempo —ni quería— para  dar explicaciones. No a él.

—¿Tienes una mejor opción? —insistió ella—. Si no está allí, al menos podremos descartar algo y si tengo razón…

—Hablas como si fueras a venir conmigo. ¿Es que me vas a ayudar?

—Es mi amiga, claro que voy a ayudarte.

El compañero de Alma pareció aliviado con aquella respuesta. Era evidente que se sentía superado por todo aquello.

—Gracias, de verdad —dijo él visiblemente emocionado—. Yo… —Se tomó un instante y cerró los ojos, como si tratara de recobrar la compostura—. ¿Cómo vamos a hacer para entrar allí?

—De eso ya me ocupo yo, pero antes de ir, tengo que encargarme de un asunto. Espérame aquí dentro de una hora —dijo ella señalando un punto en el mapa vigilado por el simpático perrito de la aplicación en su móvil.

Antes de que se marchara, le entregó la nueva credencial.

—¿Esteban? —dijo él con un encogimiento de hombros—. Supongo que ya nada volverá a ser como antes.

Después desapareció sin decir nada más.

Una vez se hubo alejado, Ana se tomó unos instantes para terminar su copa y entró en el bar.

El tipo que lo había estado siguiendo desde Barcelona se removió nervioso en su taburete. El camarero parecía distraído con las últimas noticias en el televisor sobre el avión estrellado un día antes en la localidad de Erandio, cerca del aeropuerto de Bilbao. El número de muertos ascendía ya a doscientos ochenta y cinco, entre los ocupantes del aparato siniestrado y los vecinos cuyas casas habían sido arrasadas.

Ana se sentó junto a su acosador, que llevaba una gorra encasquetada en la cabeza con la fútil intención de ocultar su rostro. Tendría unos cincuenta y en esos momentos le temblaba el labio superior, como si se debatiera entre la calma y la rabia.

—¿Qué te parece si salimos fuera y dejamos tranquilo a este simpático camarero? —dijo ella en voz baja.

El otro abrió la boca sorprendido, como si fuera a decir algo, pero después aguardó unos segundos antes actuar. En ese instante, el vaso de cerveza que tenía aquel tipo se abrió en dos partes, como si una hoja excepcionalmente afilada acabara de atravesarlo por la mitad y el poco líquido que quedaba en él se desparramó por la mesa.

Al verlo, el camarero acudió a limpiar aquel estropicio con un trapo en la mano.

—No pasa nada, estas cosas ocu…

No pudo decir nada más, porque el otro acababa de cortarle la garganta con un simple gesto de la mano. El pobre hombre se llevó las manos al cuello, desde donde se le escapaba la vida a borbotones, y cayó al suelo.

Ana no había esperado aquella reacción y se lamentó de haber implicado a un inocente. ¿Acaso se le había olvidado que estaba tratando con tarados asesinos —como ella—? No podía esperar que todos fueran cabales y calculadores —¿como ella?—.

Antes de que el otro pudiera atacarla con lo que hubiera usado con el camarero, saltó del taburete y rodó hacia atrás confiando en no darse con la esquina de ninguna mesa.

Por supuesto, aquel tipo no tenía nada en la mano. Ese debía de ser su poder. Quizás fuera un fanático de los cuchillos o simplemente de cortar —personas— cosas. Por lo que había podido deducir, todos ellos compartían habilidades derivadas de sus deseos más oscuros.

Su intención había sido llevarlo a un lugar seguro y estudiar lo que pudiera hacer para determinar la mejor forma de acabar con él, sin embargo, aquel cabronazo no le había dado oportunidad de intentarlo.

—Estás con ellos, zorra —dijo el otro a la vez que se descargaba en un taburete que tenía junto a él. La banqueta acabó seccionada en varios pedazos tan limpios como los del vaso de cerveza.

Ana suspiró y se puso en pie. No parecía —esperó— que el alcance de su poder fuera demasiado amplio. De haber sido así, habría sido realmente peligroso, pero de esta manera, solo era otro aficionado con un cuchillo —invisible— que apenas sabía utilizar.

Esperó a que él se abalanzara sobre ella y consiguió derribarlo e inmovilizarlo en el suelo bocabajo con inusitada facilidad. Sin dudarlo, forzó el bloqueo y le dislocó el hombro del brazo atacante.

El otro comenzó a gritar y a revolverse de dolor.

Ana sacó un cuchillo militar —regalo de su padre— de una funda sobaquera que ocultaba bajo la chaqueta y después de taparle la boca, se lo clavó lentamente en el pecho. Como en otras ocasiones, se deleitó con la facilidad que el acero atravesó la carne y parte del esternón.

Ana tenía tres secretos bien guardados y uno de ellos era el que la llevaba a disfrutar matando a otros que ella consideraba merecedores de ello.

Cuando el éxtasis de aquella experiencia se hubo diluido, se relamió los labios y miró el reloj. Por un momento, barajó la opción de tomarse tiempo para uno de sus juegos —estaba tan excitada que apenas podía contenerse—, pero después recordó lo que sucedía cuando se descontrolaba y volvió a calmarse. Se había prometido no volver a actuar sin una planificación previa y aquel no era el momento.

Antes de acudir al lugar acordado con Emilio, debía recoger un par de cosas.

Solo esperó que tuviera razón con respecto a Alma y ya no fuera tarde. Una nueva punzada volvió a hacer mella en ella.

Jorge Serrano Celada