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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 08

septiembre 27, 2020
Mujer encarcelada

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Como fuera

Aún encadenada, pero libre del mecanismo que podía retenerla —a duras penas— contra la pared y que había destrozado durante su enfrentamiento con la soldado, Alma se paseaba por la celda, inquieta. En cierta forma se sentía como una leona enjaulada.

El mensaje del coronel había confirmado lo que ya sospechaba, sin embargo, aquello no lo había hecho más fácil.

Desesperada, tiró de sus ataduras con todas sus fuerzas, pero el material del que estaban hechas no era acero, como ella había creído, sino titanio y no cedió ni un milímetro.

El máximo mandatario de aquel cuartel la había visitado un par de horas antes en lo que sería al caer la tarde. Después de lo sucedido aquella mañana con la soldado que portaba el símbolo de Leviatán y que se habían llevado sin mediar palabra —junto con la bandeja del desayuno—, la habían mantenido completamente aislada y en ayunas.

Por supuesto, había intentado utilizar el cuchillo sustraído a la soldado para romper aquella suerte de cadenas, pero ni con todos sus esfuerzos había logrado arañarlas siquiera.

La aparición del coronel vino precedida por varios hombres armados que la obligaron a permanecer sentada en el retrete con las manos detrás de la cabeza, sobre la que las miras de sus fusiles no dejaron de apuntarla.

Aun con todas sus capacidades sobrehumanas, desvalida como estaba en aquella situación, no pudo evitar sentirse intimidada. Una gota de sudor carente de calor recorrió lentamente su mejilla mientras en su cabeza una única idea ocupaba su mente: la iban a fusilar ahí mismo.

En aquel momento comprendió la enorme diferencia entre disponer de un poder y tenerlo realmente. Allí, en ese instante, aquel hombre uniformado, engalanado con infinidad de condecoraciones y de edad avanzada, parecía más amenazador que cualquiera de las bestias con las que había tenido que enfrentarse. Su mirada de ojos pequeños parecía escrutarla desde una altura mayor de la que realmente había entre ellos.

—¡Tenéis que escucharme —dijo ella con tono suplicante—! ¡Esa soldado no es quien dice ser…! ¡Tiene un símbolo en la pierna! ¡Es de ellos, podéis comprobarlo!

Alma era consciente de que sus palabras apenas tendrían sentido, pero en su estado y con su instinto de supervivencia en alerta roja era lo único que se veía capaz de articular.

—¡Suficiente! —gritó el coronel. Su tono marcadamente autoritario parecía acostumbrado a no recibir réplica—. No sé si eres consciente de todos los problemas que habéis causado tú y tu compañero de correrías, pero esto se acaba aquí y ahora.

Alma guardó silencio a la espera de saber qué significaba aquella última frase. ¿Realmente se habrían tomado todas aquellas molestias para acabar, simplemente, con su vida ahí mismo? Hasta entonces no lo había creído, pero quizás habían llegado a la conclusión de que era demasiado peligroso intentar retenerla, como bien había demostrado aquella misma mañana.

—Vas a escucharme atentamente —prosiguió el Jefe del Regimiento—, porque no pienso repetirlo dos veces. Puedes cooperar por las buenas o por las malas, pero te aseguro que no he venido de urgencia desde Madrid para escuchar tus lloriqueos.

»En unas horas, serás trasladada a unas instalaciones provisionales en Lujua, donde se habilitará un lugar más adecuado a tus… capacidades y prestarás tus servicios como sea preciso.

—¿Servicios, qué servicios? —preguntó ella—. ¿Y por qué a Lujua? Allí solo está el aeropuerto y… —En ese momento Alma recordó las noticias que habían copado buena parte de los medios el día anterior—. Espera, espera… ¿Todo esto tiene que ver con el avión estrellado de ayer?

El coronel inspiró profundamente.

—Harás lo que se te diga, si no quieres que tu breve instancia aquí sea más insoportable. ¿Me has entendido?

—Solo quiero saber donde están mis compañeros, ¿vale? Eso es todo —replicó ella.

Uno de los soldados giró su arma, dispuesto a golpearla con la culata como ya hicieran en la iglesia abandonada y que la dejó inconsciente con un bonito moratón en todo el pómulo, sin embargo, el coronel lo detuvo.

—No quiero que pienses que no entiendo tu situación —comenzó a decir él—, pero tienes que comprender que esto es mucho más grande que tú y tus amigos… o que yo mismo, ya puestos. Está en juego la vida de millones de personas y eso significa que haré lo que sea necesario para cumplir lo que se me ha encomendado.

Alma no terminaba de entender qué significaba todo aquello.

—Dicho esto —continuó el coronel—, no hay necesidad de ser irrazonables. Como muestra de buena voluntad, te diré que alguno de tus compañeros también han sido trasladados a Lujua.

«Cintia, Alain», sus nombres vinieron a su cabeza con la esperanza, que hasta ahora creía casi imposible, de volver a verlos pronto.

Antes de que el alto mandatario y su escolta se marcharan de nuevo, Alma lanzó una última pregunta que casi se arrepintió de hacer.

—Es la oscuridad, ¿verdad? Ha vuelto a aparecer, ¿no?

El coronel se giró hacia ella y asintió lentamente.

—Y está creciendo. Los últimos datos indican que ya tiene más de cuatro metros cuadrados. En unos pocos días podría abarcar el tamaño de todo el país.

Alma tuvo que ahogar una exclamación. Todos sus miedos más profundos, los que aún hoy la hacían sufrir pesadillas noche tras noche, acababan de cobrar forma con aquella respuesta.

En cuanto cerraron la puerta tras ellos, volvió a advertirlos a gritos sobre la soldado de primera que la había atacado, pero no supo si llegaron a escucharla o no.

Y eso fue todo. De alguna forma, el saber que a no muy tardar podría ver a sus amigos bastó para tranquilizarla y hacer las paces con su nueva situación. Además, si lo que le había contado el coronel era cierto —cosa que no dudaba en absoluto— quizás fuera hora de detenerse y, en efecto, colaborar.

Su única preocupación era Emilio, quien llevaría sin saber de ella más de veinte horas. No creyó que el localizador que aún seguía bajo el colchón hubiera servido de mucho —el móvil de la soldado estaba bloqueado, por lo que tampoco había podido utilizarlo—.

Sin embargo, todo eso había sido antes del sonido de disparos que había podido escuchar claramente una hora y media después, acompañado de varios gritos y voces a lo lejos.

Desde entonces, la había rodeado el más absoluto de los silencios y, a pesar de todos sus intentos por llamar la atención de quien estuviera vigilándola, nadie había acudido en respuesta.

Un escalofrío recorrió su espalda al imaginar lo que aquella mujer con el símbolo de Leviatán podría estar causando. ¿Acaso debía haberla matado? En principio, no se veía capaz de acabar con la vida de otra persona, pero al recordar lo que había hecho Román, sus dudas cobraron menos fuerza.

Se dirigió a la puerta y volvió a gritar. Tenía que salir de allí como fuera.

Jorge Serrano Celada