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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 09

octubre 4, 2020
Hombre con gafas

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Aquellas instalaciones

En otras circunstancias —tiempos—, Emilio habría estado pisando el acelerador más de lo debido. Le gustaba conducir y también la velocidad, sin embargo, ahora tenía que estar atento para que el pie no se levantara de su posición. Quizás fuera su inconsciente el que lo forzara a ir más despacio —la escasa visibilidad proporcionada por los exiguos faros del coche también contribuía lo suyo—; al fin y al cabo, lo último que deseaba era estar allí, alejado de su familia y en una misión suicida que, sin duda, le quedaba demasiado grande.

Ana, la que decía ser amiga de Alma, iba a a su lado. Ambos vestían el uniforme verde del Ejército de Tierra con el patrón boscoso. Su compañera de viaje, que en esos momentos estudiaba el mapa por satélite del cuartel al que se dirigían, parecía acostumbrada a esa vestimenta, pero para él era como estar de camino a una fiesta de disfraces —salvo por los nervios y el ataque de ansiedad que amenazaba con cortarle el aire en cualquier momento—.

—Tiene que ser aquí —dijo Ana señalando un punto en la pantalla de su móvil—. Este edificio es nuevo. No estaba en las fotos de hace un año. Estoy segura de que es ahí donde la retienen.

Emilio no podía ver el lugar al que ella hacía referencia, pero, por lo que le explicó después, parecía estar en medio de lo que antes debía de ser solo un aparcamiento para camiones.

Entonces, ¿tendría ella razón sobre la autoría del secuestro de Alma?

Cuando se acercaron a su destino, Ana le pidió que apagara las luces. Emilio no creía poder conducir en aquellas condiciones —cuanto más se aproximaban, más convencido estaba de que en ninguna—, pero la carretera que rodeaba el cuartel parecía estar bien iluminada y no tuvo problemas para guiarse en aquella noche cerrada.

Aquello le trajo recuerdos sobre la primera vez que Julián, el camionero, les explicó su intento de incursión en la oscuridad —aunque los medios se referían  a ella como nada o evanescencia, ellos seguían llamándola de aquella manera—. El cauce descontrolado de los pensamientos lo llevó a pensar en Román, quien acabaría con la vida de aquel pobre hombre, y de vuelta, irremediablemente, a lo que lo despertaba cada noche entre gritos y sudores fríos.

Había sufrido una violación, quizás no a manos de su perpetrador —Javier había sido tan víctima como él—, pero sí del bastardo que de alguna manera los había controlado hasta el punto de acabar con cualquier atisbo de voluntad propia. Aquella verdad requirió de no pocas horas de angustia antes de ser reconocida.

Aún hoy, lamentaba no haber sido él quien acabara con la vida de Román. Cada noche se dormía llorando mientras imaginaba que lo destrozaba con sus propias manos. Alain le había arrebatado aquella oportunidad y, aunque era consciente de su irracionalidad, no podía dejar de culparlo por ello —de la misma manera que no había podido evitarlo con Alma por causar todo aquello—. Sabía que no tenía sentido y que era injusto, pero una cosa era lo que decía su cabeza y otra muy distinta cómo se sentía.

En cuanto dejaron atrás unas pocas casas desperdigadas, las instalaciones de la base militar aparecieron ante ellos con varios edificios bien iluminados y rodeados por una verja. Aquel lugar era inmenso. Según la información consultada en internet, tenía unas treinta hectáreas, pero aquel dato carente de referencia no hacía honor a su tamaño. Ahora, Emilio no podía dejar de sentir cierto vértigo ante la perspectiva de infiltrarse en aquel inmenso laberinto.

Al llegar a la puerta principal, fue reduciendo la velocidad y, contraviniendo todas las indicaciones que le diera Ana, se detuvo en seco cuando la tuvieron a la vista.

—Pero ¿qué…? —exclamó él tras la consiguiente sacudida propiciada por aquella frenada.

Ana no pudo recriminarle nada, tan absorta como él ante lo que estaban contemplando.

Una de las dos barreras principales de acceso había sido arrancada por completo y parte de la verja contigua aparecía destrozada, como si algo enorme se hubiera estrellado contra ella. Además, no había ni rastro del personal de vigilancia. El silencio presente parecía contrastar con aquel nivel de destrozo.

—¡Da la vuelta, rápido! —ordenó Ana.

Emilio condujo el coche de regreso por donde habían venido y ella lo guio hasta un cruce que llevaba a un camino secundario colindante al cuartel.

Al pasar por una de las entradas secundarias, comprobaron que estaban abiertas, pero Ana insistió en que continuara hacia delante.

—¿Qué está pasando? —preguntó Emilio.

—Han sido atacados.

Emilio miró por un momento a la que ahora era su compañera.

—¿Atacados, por quién?

Ana no le contestó, en cambio, le pidió que se detuviera en la orilla de la carretera. Estaban a pocos metros de la entrada secundaria más cercana al aparcamiento que ella había avistado antes. Como la otra, esta también permanecía abierta.

El plan original contemplaba atravesar la verja con una cizalla para infiltrarse en aquel cuartel, ahora parecía carecer de sentido.

En cuanto bajaron del coche, Ana se acercó al maletero, cogió una enorme mochila que se colgó al hombro y tomó un subfusil que él reconoció enseguida: era un P90, el mismo modelo que utilizaban en la serie de televisión Stargate SG-1 y que él mismo había escogido en numerosos videojuegos cuando su vida era más normal. Después, se dirigió hacia él y le entregó una pistola.

En otras circunstancias, Emilio se habría mostrado reacio a portar un arma como aquella, pero aquel peso en sus manos le resultó reconfortante. La rabia y la frustración acumuladas durante el último mes lo llevaron a preguntar por su manejo.

—Prométeme que no vas a pegarte un tiro en el pie —dijo Ana como si albergara dudas sobre aquello. Él asintió con la cabeza, determinado—. Está bien… Es muy sencilla de utilizar. Se trata de una pistola semiautomática de 9 mm, una HK USP como las que utilizan aquí. Esto significa que no necesitas cargar el cartucho y que con cada pulsación del gatillo tendrás un único disparo. Para utilizarla, baja el seguro —explicó indicando la pequeña palanca que había en la parte posterior—, apunta y no aprietes el gatillo, solo deslízalo.

Emilio asintió y trató de imaginar lo que supondría disparar a una persona. No estaba seguro de poder hacerlo, pero prefería contar con aquella posibilidad antes que, en un momento dado, verse indefenso y lamentarlo.

—Escúchame bien —continuó ella—. Vamos a separarnos. —Emilio fue a protestar, pero ella no le dejó hablar—. No sabemos lo que nos espera ahí dentro. Quiero que te dirijas al edificio que te he indicado antes y que ante cualquier problema, valores tus opciones: salir por patas o utilizar eso —dijo señalando el arma que acababa de entregarle—. Mientras tanto, yo te cubriré las espaldas.

—Pero ¿cómo…?

—Solo confía en mí.

No estaba seguro de esto último, al fin y al cabo, solo conocía a aquella mujer por lo que le había contado Alma. Además, sus días de confianza en la gente estaban venidos a menos. En cualquier caso, tampoco le quedaban demasiadas opciones.

Antes de atravesar las puertas, Emilio volvió a lanzarle otra pregunta.

—¿Qué crees que ha pasado aquí?

Ella pareció meditar su respuesta unos segundos.

—No estoy segura, pero sea lo que sea lo que los ha atacado ha conseguido que abandonen la base sin preocuparse de cerrar las puertas.

—¿No quien, sino lo que…?

Aquellas palabras lo arrastraron de vuelta a sus peores pesadillas. ¿Acaso estaba sugiriendo que de alguna forma la oscuridad había regresado a aquel lugar?

Emilio respiró hondo y sin pensarlo más se adentró en aquellas instalaciones.

Jorge Serrano Celada