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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 10

octubre 11, 2020
Hombre con pistola

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Comer algo

Alma se había cansado de gritar; llevaba horas haciéndolo —aunque bien podrían haber sido días— sin que nadie respondiera.

Exhausta, se sentó en la litera e hizo lo único de lo que se veía capaz: llorar, pero no amedrentada y desvalida, sino de rabia y frustración. Con todo lo que habían pasado para encontrar a sus amigos y lo cerca que estaban de volver a verlos, parecía que las cosas volvían torcerse de nuevo. Estaba cansada de que la vida jugara con ella como si fuera un personaje de los que Alain solía utilizar en sus partidas de rol.

Soltó un alarido cargado de rabia y tiró de nuevo de sus cadenas. Como en otras ocasiones, estas no cedieron, sin embargo, el amarillo de la pared de enfrente se rajó visiblemente más allá del panel metálico del que surgían.

Alentada por aquel pequeño logro, volvió a repetir el mismo movimiento y nuevas grietas surcaron la pared junto a las que ya había.

Sí, aquello podría funcionar. Quizás no pudiera librarse de sus ataduras, pero al menos le permitiría salir de allí. Solo tenía que derribar aquel maldito muro con sus propias manos. Fácil, ¿no?

Antes de que pudiera hacer otro intento, algo que enseguida reconoció comenzó a cubrirle la cara.

—¡No! —gritó ella mientras aquella cosa gelatinosa e invisible volvía a rodearla por completo.

Alma se echó al suelo y rodó en un intentó desesperado por evitarlo, como si pudiera desprenderse de algo cuya naturaleza no estaba segura de que fuera de aquel mundo.

Momentos después, escuchó el sonido de la cerradura de su puerta al abrirse y, una vez más, algo pareció atenazar sus pulmones asfixiándola. No necesitó comprobar quién era para saber que la perra de Leviatán debía de haber regresado a por ella.

Aquello confirmaba sus sospechas de que los disparos que había escuchado antes debían de estar relacionados con ella. Probablemente, habría huido y ahora había regresado para acabar con ella. No, no podía ser cierto. Si realmente era como Román, su único objetivo sería retenerla para arrastrarla de nuevo hacia la oscuridad y que Leviatán la poseyera.

Aquellos pensamientos circularon a toda velocidad por su cabeza mientras la agonía a la que se estaba viendo sometida apenas le permitía distinguir a la mujer soldado frente a ella.

Alma palmeó en el suelo varias veces a la vez que se llevaba una mano al cuello e intentaba abrir la boca lo máximo posible para coger aire.

—Si haces algo extraño, te juro que te mato aquí mismo —habló por fin aquella mujer antes de liberarla.

Instantes después, aquella opresión en el pecho pareció desaparecer y Alma trató de respirar a grandes bocanadas, lo que le provocó un ataque de tos que la obligó a doblarse sobre sí misma.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Alma cuando pudo recobrarse.

—Vas a venir conmigo —respondió ella haciendo tintinear un manojo de llaves— y vas a hacer todo lo que yo te diga. Sin más preguntas, más charla ni cualquier otra cosa que tu dura mollera crea que pueda escupir por esa sucia boca que tienes.

Alma pudo comprobar que llevaba la cabeza vendada —pena no haberla golpeado con más fuerza— y tenía el antebrazo derecho rodeado por una férula que le permitía cierta movilidad. Parecía bastante nerviosa.

Calculó sus posibilidades, pero desconocía lo rápido que aquella mujer podía ejercer su poder o los destrozos que sería capaz de hacerle antes de detenerla. Por el momento, accedió a seguirle el juego. En esos momentos, lamentó haberse dejado el cuchillo —junto con el móvil y el localizador— bajo el colchón de la cama. Tendría que haber sido más previsora.

La soldado le lanzó aquellas llaves y Alma las utilizó para liberar los grilletes de sus muñecas.

—Y ahora ¿qué? —preguntó ella.

—He dicho que ni una palabra.

La mujer salió de la celda y esperó a cierta distancia a que ella hiciera lo mismo. Seguía manteniendo su mano alzada, como si estuviera dispuesta a coger algo —«dentro de mí», pensó ella con un escalofrío—.

Salieron a un corredor en el que se disponían varias puertas metálicas similares a la suya, salvo por la palanca giratoria que había junto a esta y que supuso serviría para recoger las cadenas que la habían mantenido presa en aquel lugar.

Debían de haber construido aquello pensando en ella, pero lo cierto era que no parecía estar correctamente ajustado a su verdadera fuerza, por eso había sido capaz de romper el mecanismo.

La soldado le dio un empujón y la obligo a caminar hacia donde estaría la salida.

—Vamos, camina.

Cuando estaban llegando al recodo del final del pasillo, alguien se presentó ante ellas y el corazón de Alma dio un vuelco de alegría, primero, al reconocer a Emilio y de miedo, después, al temer por su vida.

En cuanto las vio, no dudó y alzó la pistola que llevaba con él. No sabía que tuviera una ni mucho menos que supiera utilizarla.

—¡Alma!, ¿qué está pasando? —preguntó él evidentemente desconcertado.

La soldado alzó la mano, amenazante, aunque sin demasiada efectividad ante un Emilio que desconocía lo que podía hacer.

—Si te acercas más, la mato —dijo la mujer.

—Emilio, escúchame —comenzó a decir Alma intentando llamar su atención, pero su captora la interrumpió agarrándola por detrás del cuello con la mano que tenía libre.

—Ni una palabra, ¿recuerdas? —le susurró la soldado al oído y después se dirigió a Emilio—: ¿Ya sabes utilizar eso, chico grande? —dijo en referencia a la pistola que él sostenía—. Si ni siquiera sabes sujetarla.

Emilio, que, efectivamente, agarraba el arma de manera inapropiada con una sola mano y de lado, como si estuviera en una película de acción, trató de recomponerse y se agarró la muñeca con la otra —aquello no mejoró demasiado su posición de tiro—.

La soldado soltó una carcajada. Emilio no se lo tomó bien e insistió en apuntarla con mayor determinación.

—No sabes dónde te estás metiendo, chico grande.

—No me llames así… Alma, ¿estás bien?

Alma, que no estaba para nada bien, trató de decir algo, pero esta apretó su cuello hasta hacerle daño.

—¡Maldita sea, déjame hablar con él! —gritó ella desesperada—. No tiene ni idea de lo que está pasando.

La mujer se relamió los labios en un gesto nervioso mientras decidía qué hacer. Los dedos de su mano derecha desaparecían en la nada —«dentro de mí», insistió aquella vocecita interior que solía darle por saco en los peores momentos—. Finalmente, accedió con un gesto de la cabeza.

Alma suspiró y se dirigió a Emilio.

—Sé que te va a parecer una locura, pero tienes que dejarnos pasar. Esta mujer tiene habilidades y puede hacernos mucho daño.

—¿De qué estás hablando? —preguntó él completamente confundido—. ¿Cómo que tiene habilidades? ¿Es la que ha hecho lo de ahí fuera?

Alma comprendía perfectamente aquel desconcierto. De un tiempo a esa parte, toda su realidad parecía haberse trastocado, más propia de la historia pergeñada por un escritor venido a menos que de lo que sus sentidos más racionales esperaban.

—No lo entiendes. Es una de ellos. Emilio, es como Román, tiene el mismo tatuaje.

Aquellas últimas palabras consiguieron que él se echara a temblar. El arma comenzó a bambolear en sus manos en una imprecisión que asustaba. Su respiración se aceleró hasta el punto de parecer que fuera a ahogarse en cualquier momento y sus ojos, que ahora no se apartaban de aquella mujer, permanecían completamente abiertos, como si estuvieran en un horror permanente.

—Emilio… —comenzó a decir ella, pero no tuvo tiempo de terminar.

Su compañero y amigo apretó el gatillo y erró por mucho el tiro. Volvió a intentarlo, una y otra y otra, sin parar.

La soldado, que, evidentemente, no había esperado aquella reacción, quiso hacer honor a su amenaza y materializó los dedos el tiempo suficiente como para que Alma sintiera que algo la desgarraba en un lateral a la altura del abdomen. Gritó de dolor y cayó de rodillas al suelo. La fortuna tuvo a bien que una de las balas perdidas de Emilio acertara en el hombro a su agresora y la agonía apenas duró unos instantes.

Otro proyectil pasó silbando a pocos centímetros de su cabeza.

—¡Emilio, para, nos vas a matar a todos! —gritó ella apenas consciente de la sangre que empezaba a empapar su camiseta carcelaria.

La soldado trató de huir, pero su compañero se acercó a ella hasta que la acertó en una pierna y acabó en el suelo. Cuando comprobó que lo tenía encima sin escapatoria comenzó a rogar por su vida.

—¡Emilio, no lo hagas, la necesitamos! —insistió Alma, sin embargo, sus palabras no surtieron ningún efecto. Antes de que pudiera darse cuenta, la seguidora de Leviatan caía fulminada por un balazo, esta vez certero, en medio de la frente que le atravesó la cabeza y salpicó el suelo con sus restos.

—¡No! ¿Por qué…? —sollozó Alma antes de que el dolor la obligara a encogerse.

Emilio no dijo nada, simplemente, dejó caer el arma y se apoyó contra la pared con los ojos cerrados.

Aquella podría haber sido la única oportunidad que tenían de entender lo que estaba sucediendo y, sobre todo, a tenor de las palabras del coronel, de saber la ubicación del grabado que debía de estar alimentando la nueva oscuridad de la que su compañero aún no tenía noticias.

Alma se levantó, no con poco esfuerzo. La herida que le había hecho aquella mujer no parecía ser muy profunda —por suerte, aquellos dedos no habían tenido tiempo de agarrar nada—, pero sangraba y dolía como el demonio.

—¿Estás herida? ¿Adónde vas? —le preguntó él, finalmente.

Ella no se molestó en contestar. Si lo hacía, podía decir algo de lo que luego se arrepintiera, por lo que optó por guardar silencio y dirigirse de nuevo a su celda. Aún tenían la posibilidad de encontrar algo de información en el móvil que había escondido anteriormente.

Dios, realmente se moría por comer algo.

Jorge Serrano Celada