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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 11

octubre 18, 2020
Hombre y mujer

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Alain esperaba esposado en lo que parecía una una enorme tienda de campaña militar como las que se veían en las películas de guerra para albergar a los heridos. Sin embargo, aquí solo había mesas con multitud de papeles, algunos portátiles y diversos monitores con información meteorológica de la zona y otros datos que no supo interpretar.

Un par de lámparas de pie alimentadas por un generador ronroneante se bastaban para iluminar aquella estancia itinerante. Desconocía qué hora era, pero calculaba que serían alrededor de las diez de la noche. Fuera no había mucho que ver, salvo por la oscuridad propia de aquel lugar en medio de la nada, que lo obligaba inconscientemente a permanecer alejado de la entrada.

Acababa de ser trasladado desde la prisión militar de Alcalá de Henares, en Madrid, donde lo mantenían aislado del resto de reclusos en una celda sin barrotes que parecía más bien una habitación y que supuso estaría destinada a altos mandos. Quienes decidieran privarle de todos sus derechos constitucionales debieron de dejarse llevar por el remordimiento y concederle al menos el beneficio de una jaula de oro. Por lo que a él respectaba, podían meterse aquellos privilegios por donde no diera el sol.

Harto de estar sentado —y bajo los primeros síntomas de la medicación que, por las prisas, se habían negado a proporcionarle—, decidió pasear por aquel recinto hasta que alguien tuviera a bien presentarse e informarle de por qué había sido llevado hasta allí encapuchado en un trayecto de más de cuatro horas.

Algunos de los mapas mostrados en aquellas pantallas correspondían a las inmediaciones de Lujua, cerca del aeropuerto de Bilbao. Eso indicaba que, probablemente, estuviera de vuelta en casa —o, al menos, lo más cerca que había estado en aquel último mes—. El hecho de que hubieran decidido hacerlo apenas un día después de uno de los peores accidentes de avión ocurridos en el país, a escasos kilómetros de allí, lo puso sobre aviso.

Hasta entonces, solo unos pocos consultores lo habían visitado para interrogarlo, más preocupados en ocultar que en investigar, sin embargo, ahora parecían requerirlo con la suficiente urgencia como para sacarlo de su agujero de aquella manera tan precipitada.

Algo estaba sucediendo y las ideas que comenzaban a surgir en su cabeza —todo lo capaz que era ahora de concentrarse— no le gustaban ni un pelo.

Una mujer joven vestida con ropa de civil —fular incluido— entró en la tienda acompañada por dos soldados armados. Probablemente fuera una asesora o quizás perteneciera a la policía. En cuanto aparecieron los dos militares, lo obligaron a alejarse de la entrada y se interpusieron entre él y ella, como si, de alguna manera, pudiera suponer una amenaza.

Aquello le indignó especialmente. ¿Qué habían hecho ninguno de ellos para merecer aquel trato? Desde que se los llevaran, no había tenido oportunidad de ver a los demás, pero estaba seguro de que habrían recibido el mismo trato que él. De hecho, por la información que le había llegado, tanto Sonia —ahora exempleada del Carl’s Jr.—, como Javier —exuniversitario—, debían de compartir las mismas instalaciones que él en la prisión de Alcalá. Del resto no había tenido noticias y supuso que el Gobierno los habría dispersado por todo el país para ocultar lo que a todas luces eran detenciones ilegales.

Alain levantó las manos a la vez que dio varios pasos hacia atrás para indicar que no había riesgo de que pudiera deshacerse de las esposas y acabar con la vida de todos los allí presentes.

La mujer dejó una carpeta sobre una de las mesas y se quitó el pañuelo con pesadez. Parecía cansada, como si llevara varias horas sin dormir. Lo miró fijamente y soltó un resoplido.

—Mi nombre es Marta —dijo ella colocándose una mano en el pecho como si necesitara de más indicaciones aparte de las proporcionadas por sus palabras. En el estado en el que se encontraba en aquellos momentos su nivel de concentración, no estaba de más—, trabajo como investigadora en el Instituto de Física Teórica. Siento que tengas que estar pasando por todo esto, yo…

Dos y dos debían de ser cuatro en alguna parte del universo centrado y organizado que quedaba fuera de los márgenes de su cabeza, por lo que la conclusión era evidente: todo aquello tenía que ver con la oscuridad; de alguna manera, había vuelto a aparecer.

—Todo esto es por el accidente de avión de ayer, ¿verdad? —la interrumpió él—. Tiene que ver con lo que nos pasó hace un mes… Ha regresado, ¿cierto?

La investigadora, Marta, dio otro resoplido.

—La detectamos hace treinta y seis horas aproximadamente. Está a unos diez mil metros por encima de nuestras cabezas —respondió ella mirando hacia arriba.

—¿En el aire? —preguntó él sorprendido—. Eso es nuevo. En nuestro caso siempre estuvo asociada a alguna superficie o esquina. Al principio fue solo la entrada, pero luego fue creciendo y esparciéndose por las zonas más oscuras del restaurante.

La mujer abrió apresurada la carpeta que había traído consigo y lo invitó a que se acercara. Le mostró varias fotografías en las que lo único que se veía era un punto blanco, poco definido, sobre un fondo negro.

—Está creciendo, sí, y de manera exponencial. En unas veinte horas seremos capaces de verlo a simple vista. Pero mira esto…

Marta se apartó los rizos de la cara con un gesto inadvertido y señaló una de las instantáneas. En ella se apreciaba una forma distinta. Del punto parecía surgir un fogonazo hacia abajo.

—¿Qué crees que puede ser esto? —preguntó ella—. Parece una dispersión momentánea del horizonte de la evanescencia, como una llamarada solar. Debió de durar unas pocas centésimas de segundo…

Alain se apartó ligeramente y se atusó la barba mientras intentaba aclarar su mente —lo que ya no era nada fácil—.

—¿Qué tamaño tiene ahora la oscuridad? —pregunto él.

—¿La oscu…? Ah, la evanescencia… Algo más de seis metros cuadrados.

Seis metros, ese tamaño podría ser más que suficiente para…

Antes de que pudiera decir nada más, otro militar atravesó la entrada de la tienda y se dirigió hacia él, hecho una furia. Vestía un traje condecorado hasta arriba, por lo que debía de ser un alto grado en el escalafón militar. En cuanto lo tuvo al alcance, lo agarró de la camiseta y lo empujó contra las mesas derribando un monitor y varios documentos que cayeron al suelo.

—¡Coronel, qué está haciendo? —gritó la investigadora.

La cara de aquel hombre estaba enrojecida por una rabia apenas contenida.

—Vas a contarme ahora mismo todo lo que sepas sobre tu amiga y me vas a explicar cómo ha podido acabar con todo mi regimiento.

Marta intentó impedir que siguiera maltratándolo, pero los dos soldados que hacían de escolta la agarraron y la obligaron a permanecer en su sitio.

—No sé de quién me estás hablando —trató de explicar Alain—; si te calmas, igual podemos hacernos entender y llegar a algo.

Aunque sus palabras sonaban tranquilas, su interior temblaba como un flan en un parque repleto de tiranosaurios.

Aquel hombre se tomó un momento y, finalmente, decidió —no le ocurrió, lo eligió— recobrar la compostura. Tras soltarlo, se apartó despacio y se arregló el traje de color caqui. Por lo que pudo ver, estaría cerca de la edad de jubilación, pero desprendía un aire de solemnidad que intimidaba con su mera presencia.

—Está bien —dijo él, por fin—. Alma Eguieder; treinta y cinco años; ingeniera informática por la Universidad de Deusto en 2006; tu compañera de trabajo desde que el 26 de agosto de 2013 te incorporaras al mismo proyecto que ella en el Servicio Vasco de Salud; superviviente junto con otras seis personas, incluido tú, de una maldita mierda que no termino de comprender; la misma que unas horas antes parecía haber entendido lo que nos jugábamos aquí. De esa amiga te estoy hablando…

—¿Alma? ¿No la tenéis vosotros? Espera, ¿dices que ha acabado con un regimiento? ¿Cómo puede…?

Aquellas palabras probablemente revelaron más de lo que aquel coronel pretendía. Era imposible que su amiga, de poco más de metro y medio, fuera capaz de acabar con una legión de soldados, por muy entrenada que estuviera. No, al menos, la Alma anterior a cruzar la oscuridad. ¿Acaso…?

—¿Ha conservado sus poderes? —preguntó él con una mezcla de sorpresa y fascinación difícil de disimular.

—Espera… ¿Poderes? ¿De qué estáis hablando? —preguntó Marta, la investigadora.

—Es información clasificada… —comenzó a decir aquel hombre.

—¡Maldita sea, coronel! ¡Sabe por lo que estamos aquí! ¡Necesito pleno acceso!

Alain se llevó las manos a la cabeza y recuperó su dinámica de paseo interior bajo la atenta vigilancia de los escoltas. Su cabeza funcionaba a mil por hora. Necesitaba su medicación cuanto antes.

—Escuchadme los dos atentamente —dijo él por fin—. ¿Coronel…?

—Escudero; Carlos Escudero —atajó aquel hombre.

—Coronel Escudero. Como bien dice —siguió explicando Alain—, conozco a Alma perfectamente y, más allá de lo que pueda o no hacer, es imposible que haya matado a gente inocente. Lo que me preocupa de verdad es esto —dijo señalando la fotografía en la que se mostraba la evanescencia con el fogonazo.

—¿Tienes alguna idea de lo que puede ser? ¿Visteis algo parecido en aquel restaurante? —preguntó Marta.

—No exactamente, pero creo que algo ha podido cruzar el portal —respondió Alain.

—Virgen santísima —exclamó el coronel Escudero.

Alain se permitió la típica pausa dramática para que asimilaran lo que acababa de decir. La otra vez, no llegó a pasar una hora antes de que aquella cosa sin rostro atravesara la oscuridad y atacara al primero de los estudiantes. Era de esperar que, en cuanto aquella nueva versión creciera lo suficiente, ocurriera lo mismo.

—Si me dejáis, os puedo contar todo lo que sé, pero antes necesito mi medicación. Mi déficit de atención me está matando y apenas puedo escucharos. Cualquier cosa con metilfenidato me vendrá de perlas…

Ambos parecían confundidos. Mientras él los observaba desde la maraña que ahora eran sus pensamientos, se preguntó cuánto tiempo dispondrían antes de que todo volviera a suceder.

Y Alma, ¿dónde podría estar? ¿Habría tenido algo que ver con lo que acababa de mencionar aquel coronel?

Ahora solo podía pensar en el chute de Ritalín o Focalín con las que aquellas amables personas le proveerían en cuanto antes.

Jorge Serrano Celada