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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 12

octubre 25, 2020
Ave de presa

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Mucho tiempo

A pesar de las advertencias de Emilio, Alma no estaba preparada para lo que encontraron al salir del sobrio edificio en el que habían construido aquellas celdas.

Frente a ellos se disponía una amplia carretera que atravesaba el cuartel directamente hasta llegar a lo que sería la entrada principal, a lo lejos. A ambos lados frente a varias filas de casas apenas distinguibles, dos grandes parques aparecían iluminados por unas pocas farolas cuya luz dejaba entrever parte del cuadro dantesco que se dibujaba ante ellos y del que habría preferido no ser testigo. Por momentos, en medio de la noche, ante aquel espectáculo del que solo el ayuno la salvó de vomitarlo todo, tuvo la impresión de estar de regreso en aquella oscuridad donde las pesadillas se transformaban en realidad.

Había cadáveres, era cierto, decenas de ellos, tanto de soldados como de civiles repartidos por todas partes, pero las palabras de Emilio no habían sido suficientes para describir aquella escena. La mayor parte de ellos estaban mutilados, como si algo se hubiera dedicado a arrancar sus extremidades por placer y muchos dejaban ver parte de sus entrañas, que asomaban de entre vientres y pechos destrozados.

El asfalto que los rodeaba y que se extendía por detrás hacia lo que parecían ser sendos aparcamientos de gran tamaño aparecía cubierto de sangre y restos inidentificables —la mayoría—. Horrorizada, pudo comprobar que incluso las paredes del edificio que había sido su prisión habían sido salpicadas con aquella tintura macabra.

Su límite debió de llegar al contemplar lo que podrían ser unos intestinos que bailaban al viento colgados de la luminaria que tenían más próxima. Alma se dobló sobre sí misma cuando llegó la primera de las arcadas. Por supuesto, lo único que pudo echar fue algo de bilis y jugos gástricos.

—Sí, esa fue también mi reacción —dijo Emilio sin un ápice de afectación en su tono de voz.

Después de haber asesinado a sangre fría a aquella soldado y de haber estado a punto de llevársela también a ella por delante, parecía haber desconectado de todas sus emociones. Estaba en estado de choque y no envidiaba lo que le tocaría lidiar cuando aquella barricada anímica se viniera abajo, pero por ahora le servía para, al menos, mantenerse entero.

Alma se obligó a incorporarse y trató de no centrarse demasiado en el panorama que los rodeaba.

—Emilio…, esto… Esto no lo ha podido hacer ella —dijo Alma refiriéndose a la soldado muerta que habían dejado detrás.

—Pero has dicho que también tenía habilidades, que era como Román. Igual los ha vuelto locos a todos y se han matado unos a otros.

Ella negó con la cabeza. Aquello era imposible que fuera obra de una persona —normal—.

Como para confirmarlo, escucharon el alarido de una mujer a lo lejos, más allá de la zona ajardinada cuyo alumbrado parecía no funcionar.

Alma no se lo pensó demasiado y se dirigió corriendo a aquel lugar. La herida que le había provocado la soldado parecía que había dejado de sangrar gracias a la venda provisional que ahora le aprisionaba la cintura, pero dolía igual que antes. Aun así, no redujo la marcha.

Emilio tardó en reaccionar, pero hizo lo propio y la siguió.

—¡La salida está a la izquierda, sería mejor que nos fuéramos cuanto antes! —gritó él detrás—. ¡Ana nos estará esperando!

¿Ana?, ¿su Ana estaba con él?

No tuvo mucho más tiempo para aquel curso de pensamientos. Un chillido inhumano resonó en la opacidad que ante la falta de iluminación los tragaba poco a poco. Ambos se detuvieron de repente.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Emilio dejando a un lado su anterior tono inanimado.

Había parecido el graznido de un ave, pero con el volumen que había demostrado tendría que tener un tamaño imposible.

—Quédate aquí, voy a ir a ver —le ordenó ella.

En la primera hilera de casas que Alma supuso servirían de residencia para algunos de los soldados, una de las farolas parecía haber sobrevivido a lo que quisiera que hubiera destrozado las demás. Bajo la claridad de su luz parecía que algo grande se movía, pero desde aquella distancia no era más que un bulto deforme de gran tamaño. Quizás fuera un animal.

A medida que se acercaba, todos sus instintos la pusieron en guardia y le pidieron que se alejara de allí cuanto antes. Lo que la obligó a avanzar fue lo que parecía un conjunto de gemidos que despertaron en ella recuerdos que estaba dispuesta a olvidar. En ese instante supo a ciencia cierta lo que se encontraría al llegar, quizás no al nivel de detalle de lo que se mostraría ante ella poco después, pero sí a grandes rasgos como para reconocer la misma pesadilla que había sufrido tanto en sus carnes como en sus sueños desde que el primero de los estudiantes fuera atacado por aquella monstruosidad en aquel restaurante.

En ese caso, se trataba de una militar cuyo uniforme había sido desgarrado por detrás para dejar vía libre a que la cosa que la retenía la penetrara salvajemente. Aquel monstruo era muy distinto a los sinrostro que los atacaron en el restaurante. Si hubiera alguna forma de expresar con palabras lo que parecía, se podría decir que era como un ave rapaz gigante con un cuerpo muy delgado que podría pasar por humano. Su cabeza estaba jalonada por un penacho de plumas que no eran tales, sino varios fragmentos óseos afilados y en vez de cara disponía de un pico basto y alargado. Sus alas gigantescas eran la única parte de su cuerpo que estaba realmente emplumada, en un color negro tan intenso que arrancaba iridiscencias bajo el cono iluminado por la única lámpara superviviente.

Una de sus patas, anormalmente largas y terminadas en garras similares a las de un pájaro, se clavaba ferozmente en el hombro de aquella mujer que no parecía preocupada por escapar, sometida bajo el mismo influjo de placer que ya había contemplado en otras ocasiones.

La soldado jadeaba y se retorcía de rodillas mientras aquel ser la embestía por detrás con las alas extendidas.

En cuanto la criatura se percató de su presencia, volvió a emitir otro graznido ensordecedor y acto seguido rodeó la cara de su víctima con aquel pico de enormes proporciones. La soldado, ajena a cualquier cosa que no fuera aquel miembro inhumano dentro de ella, ni siquiera protestó.

Alma apenas tuvo tiempo de gritar. Los ojos diminutos de aquel ser la contemplaron unos segundos e inmediatamente después arrancó la cabeza de la mujer con suma facilidad.

Antes de que el cuerpo decapitado, sangrante y sin vida de su víctima tocara el suelo, el monstruo había desaparecido en el aire a una velocidad inimaginable bajo una ventolera que obligó a Alma a protegerse.

Cuando se hubo recuperado, no había ni rastro de aquel pájaro gigantesco, solo un charco incipiente de color rojizo junto al nuevo cadáver que se unía a los que ya había a su alrededor.

Alma recordó que Emilio la esperaba a pocos metros de allí y corrió en su búsqueda. Él tenía razón, debían salir de allí cuanto antes. Estaba segura de que aquel monstruo había acudido allí por ella. La mujer con el símbolo de Leviatán había mencionado que solo tenía que retenerla el tiempo necesario. ¿Se refería hasta que llegara aquella cosa?

En cuanto Emilio la distinguió a lo lejos, preguntó qué ocurría, pero ella no se molestó en contestar.

—¡Corre, no te pares! —gritó ella y al llegar a su lado lo tomó de la mano y lo obligó a seguirla.

Poco antes de que llegaran al cruce que los conduciría hacia la salida lateral en la que Ana y Emilio habían aparcado el coche, ambos escucharon un silbido. Alma tardó unos instantes en reconocer lo que era. A pocos centímetros de sus pies aterrizó un objeto con un sonido similar al de una tarta al estrellarse y rodó pesadamente unos metros antes de detenerse. Ninguno de los dos pudo evitar soltar un grito de sorpresa, especialmente Alma al reconocer la cabeza cercenada de la que fuera la mujer atacada por la criatura.

Era evidente que aquel monstruo no les dejaría huir fácilmente y dado que podía desplazarse por el aire a gran velocidad no tenían, realmente, escapatoria alguna.

Alma trató de tranquilizarse y respiró profundamente con la intención de recobrar la compostura. Estaba bien; si aquel monstruo quería enfrentarse a ella, iba a descubrir que no era la primera cosa que exterminaba con sus propias manos.

—Vale, pajarraco de mierda. Ven aquí, te estoy esperando —dijo Alma desafiante mientras trataba de divisar a la criatura.

Emilio volvió a agarrar su arma con ambas manos. Apenas podía sostenerla entre temblores y ni siquiera creyó que le quedara munición. Por una vez, deseó estar de vuelta en aquella nada que le permitía crear armas de la nada con balas infinitas o inmovilizar a aquellos monstruos solo con la mirada.

No, aquello era el mundo real; eso o su cordura había dejado de ser algo tangible desde hacía mucho mucho tiempo.

Jorge Serrano Celada