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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 13

noviembre 1, 2020
Tatuaje flor de loto

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Averiguar

A pesar del hambre que la atenazaba en más de un sentido, no desfalleció en su búsqueda ni se dejó llevar por los instintos que la apremiaban a localizar a sus objetivos cuanto antes. Estaban cerca y con eso le bastaba.

Apenas era consciente del tiempo que había pasado desde su regreso en aquella habitación mugrienta de hotel en Bangladés. ¿Meses? El concepto humano del tiempo aún le era esquivo, solo útil para quienes su fragilidad los obligaba a medir el suspiro que era eso a lo que ellos llamaban vida.

No, Mara no tenía prisa. Aún quería disfrutar más de aquella cacería.

La enorme flor de loto negra que tenía tatuada en la parte de atrás del hombro y que llegaba hasta el nacimiento de la espalda había comenzado a cerrarse. Por supuesto, no era capaz de verla, pero sí de percibirla con la claridad que aquel símbolo imprimía en su ser atándola a ese mundo. Si no se alimentaba pronto, se vería obligada a abandonar el cascarón con el que se había fusionado y solo quedaría el cadáver marchito de la mujer abrumada por infinidad de temores que no había dudado en recibirla.

Los recuerdos y la esencia de Laura, la huésped de aquel cuerpo, se entremezclaban con los suyos y los de otras tantas humanas a las que había asimilado durante los últimos siglos. En cierto modo, vivían en ella.

Llevaba más de un día sin copular con ningún humano. La última vez fue con el apestado que dormía en el cajero de banco poco después de acabar con uno de los otros. Todavía no sabía por qué al terminar lo había dejado vivir, quizás no le mereciera el esfuerzo, pero sospechaba que la influencia de Laura había tenido algo que ver. No le importaba demasiado. Sabía que con cada ocupación algo en ella cambiaba. Formaba parte del juego y lo asumía. Con otros objetivos menos inocentes no parecía haber habido tantos reparos a satisfacer también sus instintos más violentos, por lo que sería cuestión de saber elegir.

Ahora, mientras se movía entre la infinidad de cadáveres mutilados que poblaban aquel cuartel militar, se preguntaba si quedaría alguien vivo —aparte de sus objetivos, de los que ahora solo podía captar la presencia de uno— que pudiera saciarla momentáneamente.

Aquella matanza no podía ser obra de ellos, aunque hubiera más de uno. Si bien la mayoría compartía cierto aprecio por la violencia, no creyó que aquel nivel de destrucción estuviera al alcance de su mano, aunque nunca se sabía.

Al derribar la entrada principal, se había sorprendido al descubrir que no había nadie para enfrentarla. Había contado con una pequeña matanza como parte del entretenimiento que suponía aquella cacería, pero alguien más se la había arrebatado.

Mientras se desplazaba lentamente por aquella obra afanada y teñida en rojo, pasó frente a un edificio de lo que parecían ser unas oficinas. Un quejido cercano despertó su curiosidad y descubrió para su regocijo que un soldado se esforzaba por mantenerse consciente, tendido sobre unas escaleras que conducían a una puerta trasera.

Entre el fragor de la carnicería, sus compañeros debían de haberlo abandonado en su huida.

Mara sonrió complacida y se acercó a aquel hombrecito. Tenía una fea herida que le desgarraba el uniforme desde el hombro hasta el pecho. En cuanto él la vio, trató de hablar, pero un ataque de tos se lo impidió.

Su aspecto no alentaba a grandes esperanzas, pero sería suficiente para lo que necesitaba.

—Chist —dijo ella colocándose el dedo índice en los labios a la vez que se inclinaba sobre él—. Es mejor que no hables.

El hombre asintió y trató de normalizar su respiración.

El hambre adquirió niveles insospechados y Mara no tardó en dar cuenta de su entrepierna por encima del tejido áspero de aquellos pantalones militares. El soldado la miró sorprendido, pero todas sus reticencias se vieron mermadas cuando ella descorrió hábilmente la cremallera y alcanzó sus partes íntimas.

Como esperaba, en cuanto sus dedos dieron cuenta de aquel miembro condenado al ostracismo previo que  acompañaba a la muerte, la erección más firme que jamás habría experimentado aquel moribundo reclamó el espacio en su mano.

Satisfecha, extrajo el resultado y se lo llevó a la boca. El soldado, ahora ajeno a sus heridas y preso de una agonía diferente a la que le arrancaba su vida por momentos, jadeó ante el contacto de sus labios.

Mara hizo lo propio ante la primera oleada de energía que le insufló aquel simple gesto.

No tenía tiempo que perder, por lo que se arremango el vestido, se subió sobre el soldado y se dejó penetrar lo más profundamente que pudo.

Cuando empezó a moverse, ambos gimieron al unísono ante un placer desmedido que él jamás habría experimentado y al que, además, en el caso de ella, se añadía el éxtasis con la que se veía colmada por la cada vez más escasa vitalidad recibida.

Ninguno de los dos tuvo tiempo de alcanzar el clímax. Mientras ella se restregaba contra él sin contemplación alguna por su estado, aquel pobre diablo entregó sus últimas exhalaciones en un único jadeo agónico de placer y finalmente falleció.

En ese instante, Mara dejó de moverse, incapaz de obtener nada más de aquel hombre. El loto se había abierto algo más, pero no del todo. Aquello solo había servido para colmarla un poco.

Mientras volvía a colocarse el vestido en su sitio, se consoló con la idea de que pronto podría copular con todos los que quisiera. Solo necesitaba localizar al objetivo que aún rondaba por allí.

Cuando aún no había terminado de acicalarse —no dejaba de resultarle curiosa su nueva preocupación adquirida por la imagen— escuchó una suerte de graznido cuyo volumen no podría pertenecer a aquel mundo, no muy lejos de allí.

Sus sospechas cobraron fuerza y decidió acercarse a investigar.

¿Ya habían comenzado a llegar? Pronto lo averiguaría.

Jorge Serrano Celada