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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 14

noviembre 8, 2020
Mujer gótica


 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Sin poder hacer nada

El parque que daba paso al cruce desde el que habían venido aún contaba con la iluminación que había sido destrozada en las casas de más atrás, pero apenas permitía distinguir lo que tenían a más de dos palmos. En cualquier barriada eso habría sido motivo de queja vecinal, pero allí, gobernados por una férrea disciplina militar, nadie debió de creer necesario acometer las obras y el gasto económico de renovar unas instalaciones claramente deficientes. La luz amarillenta arrojada por la única farola que vigilaba la carretera proyectaba sobre ellos unas sombras alargadas que se fundían en la oscuridad.

Alma y Emilio avanzaban despacio intentando divisar cualquier signo de movimiento que se produjera a su alrededor. Sabían que si salían huyendo, aquella criatura aprovecharía para atacarlos por la espalda. De vez en cuando, podían escuchar su aleteo, que iba y venía desde ninguna y todas partes a la vez.

Emilio iba el primero en aquella comitiva reducida a la mínima expresión; mantenía su arma en alto con la única bala que le quedaba mientras Alma lo seguía detrás guardando su espalda en una posición semidefensiva. No creía que pudiera aplicar las técnicas que sabía en un engendro alado de varios metros de envergadura, pero confiaba en que sus habilidades compensaran la diferencia. Eso si el dolor en el abdomen que la estaba matando se lo permitía. El vendaje improvisado parecía estar aguantando.

—¿Qué era eso?, ¿qué es lo que has visto? —preguntó Emilio claramente alterado sin dejar de apuntar a la nada ni avanzar.

Alma negó con la cabeza. Realmente ella tampoco tenía claro qué eran aquellas cosas.

—Es como un pájaro gigante, parecido a las criaturas que nos atacaron cuando salimos de la catedral en el otro lado, pero más grande.

—¿Más grande? —repitió él asustado—. Dijiste que aquellas cosas ya eran enormes.

—Lo sé —confirmó ella.

En aquel entonces, Cintia, Alisa y ella habían estado acorraladas por aquellas especies de arpías en unas escaleras con cientos de metros de caída a su alrededor, sin embargo, había contado con la inestimable ayuda de sus poderes de inmovilización y de aquel arma de munición infinita. En comparación, se podía decir que ahora estaban oficialmente jodidos. Pero no, destrozaría a ese monstruo como había hecho con los que las atacaron aquella vez.

La bestia era rápida. A pesar de su tamaño, se movía a su alrededor con una fugacidad que pretendía intimidarlos. Emilio trataba de seguir su ritmo inútilmente, pero para cuando creía haber dado con ella, Alma podía percibirla en el lado opuesto. Estaba jugando con ellos, tratando de desorientarlos.

En un momento dado, realizó una pasada lenta a escasos metros sobre sus cabezas y soltó uno de aquellos graznidos ensordecedores. La magnitud de sus alas consiguió que ambos se tiraran al suelo atemorizados.

Cuando hubo pasado, Emilio trató de buscar su arma, que había dejado caer inconscientemente, mientras Alma volvía a ponerse en pie enfadada consigo misma por dejarse doblegar de aquella manera.

—¡Ven aquí, hijo de puta! Es a mí a quien quieres, ¿no? ¡Te estoy esperando! —gritó ella.

—¡Qué estás haciendo? ¡Tenemos que salir de aquí! —replicó Emilio—. ¡No podemos a enfrentarnos a eso!

Alma contempló a su compañero con la determinación de lo que sabía que podía hacer y se mantuvo firme en su sitio mientras el aullido del viento al dejar paso a la criatura que se dirigía hacia ella se volvía cada vez más intenso.

—¡Alma! —insistió su compañero, pero ella ya no lo escuchaba.

Podía percibir cada músculo de su cuerpo dispuesto a llevarla más allá de los límites humanos mientras todos sus sentidos se centraban en la aproximación de aquel ser. Su intención era sorprenderlo con una patada en el aire a una distancia que no se esperara. Con suerte, conseguiría partirle un ala o incluso la cabeza.

Su velocidad era algo mayor a la demostrada momentos antes al volar sobre ellos, pero era evidente que la estaba subestimando. A medida que se acercaba a ella, su enorme tamaño, perceptible incluso en aquella oscuridad, amenazó con amilanarla, pero consiguió mantenerse firme y cuando estaba a unos veinte metros Alma saltó con todas sus fuerzas, dispuesta a reventar a aquella abominación.

La ejecución de sus movimientos fue perfecta, con la increíble coordinación que había obtenido junto con aquella fuerza sobrehumana, sin embargo, en el momento en el que se disponía a golpear a aquella cosa, la criatura giró varias veces sobre sí misma, como en el alabeo de un avión, y la esquivó sin dificultad.

Sorprendida, antes de que pudiera prepararse para aterrizar, el monstruo aprovechó uno de sus giros para atraparla con sus garras y la lanzó contra el suelo.

Alma tuvo suerte y su cuerpo atravesó las ramas de una gran encina que amortiguó el golpe antes de estrellarse contra el césped y rodar varias veces. Aquello salvó su vida, pero no evitó que el dolor pugnara por dejarla inconsciente mientras se preguntaba si se habría roto algo. Un sabor cobrizo la llevó a tocarse los labios y comprobó que estaban sangrando. Si eso era todo, podía considerarse afortunada. Un espasmo en el abdomen, a la altura donde tenía la herida que le había dejado la soldado, la llevó a reconsiderar su conclusión. La venda se había aflojado y estaba teñida de lo que supuso sería rojo, ya que allí apenas llegaba la luz apagada de las farolas.

—¡Alma!, ¿estás bien? —preguntó Emilio a lo lejos.

No tuvo tiempo de contestar. El monstruo cuyas alas recordaban a las de un cuervo aterrizó a varios metros de ambos y las replegó con un fuerte estruendo. Al hacerlo, desde aquella distancia, su perfil adquirió el aspecto de un hombre alto embutido en una gabardina. Solo el extraño y brusco movimiento de sus patas delataba su naturaleza inhumana. Lentamente se encaminó hacia ella alejándose de la escasa luz que lo alumbraba.

Abrumada por la superioridad demostrada por aquel ser, Alma no pudo evitar arrastrarse de espaldas hacia atrás en un intento desesperado por huir. Apenas había conseguido alejarse unos pasos cuando descubrió que había desaparecido.

—¡Cuidado, está detrás de ti! —gritó Emilio.

Alma no tuvo tiempo de reaccionar. Efectivamente, aquella cosa había aparecido de repente a sus espaldas y su pico abierto se cernía ahora sobre su cabeza, preparado para atraparla —o decapitarla—.

Era imposible, ¿cómo podía haber cubierto toda esa distancia hasta ella en tan solo un instante? Su pregunta no tardó en obtener respuesta.

Aterrada ante aquella presencia, Alma se vio incapaz de moverse y cuando pensaba que aquella criatura la atraparía irremediablemente, se escuchó un disparo y el monstruo reparó en Emilio.

Su compañero acababa de malgastar su última bala en un intento por salvarla. Por supuesto, su puntería no había mejorado en aquella última hora y había vuelto a errar el tiro, pero había bastado para postergar brevemente lo inevitable.

La criatura se desvaneció de nuevo en la oscuridad y para horror y sorpresa de Alma surgió al instante de la nada junto a Emilio, quien se dejó caer al suelo impotente. Parecía como si fuera capaz de desplazarse a través de las sombras.

Aquel dato ahora inútil ante su incapacidad de defenderse no la sirvió de ningún consuelo.

—¡Emilio, corre! —gritó ella con todas sus fuerzas.

Lo que sucedió a continuación apenas fue visible ante su percepción también excepcional. Desde luego, Emilio solo debió de ser capaz de captar un borrón seguido de la misma explosión sónica que aún la atormentaba en sus pesadillas al recordar la muerte de la tía de Cintia a manos de uno de los sinrostro en el restaurante y que ella misma experimentaría al pelear contra aquellas cosas en la catedral.

Cuando aquella cosa estaba a punto de devorar a Emilio, algo la golpeó en la cabeza y la estrelló contra el suelo formando un cráter y lanzando a su amigo por los aires.

Alma se lanzó a socorrer a su compañero, lo que no fue una tarea fácil entre la polvareda levantada por aquel impacto de origen desconocido y la escasa iluminación que bañaba la carretera.

—¡Emilio! Emilio, ¿dónde estás? —gritó Alma desesperada.

Varias toses le sirvieron de guía para dar con su amigo, quien trataba de incorporarse entre pasos tambaleantes. Aún debía de estar atontado por la explosión.

—¿Qué ha pasado? ¿Y el monstruo? —preguntó él aún desorientado.

Alma ignoró el dolor del abdomen y, pese a las protestas de su compañero, lo cargó al hombro con facilidad como si fuera un simple saco de patatas. Los escasos ciento cincuenta y seis centímetros de Alma con los ciento ochenta de Emilio sobre ella proporcionaban una curiosa estampa que, en otras circunstancias, habría resultado cómica, pero en aquellos momentos lo único en lo que Alma podía pensar era en salir de allí cuanto antes.

Antes de ponerse en marcha, pudo distinguir el ahora cadáver decapitado de la criatura. Fuera lo que fuese que se hubiera encargado de ella debía de ser inconmensurablemente fuerte. Ni siquiera podía imaginar cuánto. Era la primera vez que volvía a sentirse tan pequeña desde que adquiriera sus habilidades.

Alma no lo pensó más y corrió con todas sus fuerzas mientras cargaba con Emilio.

Cuando se acercaban al cruce que conduciría a la salida, algo pareció sobrevolarlos y aterrizó a pocos metros de ellos.

Casi sin aliento por el esfuerzo, Alma se detuvo y se vio obligada a pestañear varias veces antes de asimilar lo que estaba viendo. Abierta la puerta de la irrealidad y de lo incomprensible, habría esperado encontrarse con otra monstruosidad similar a las que vieran en el otro lado de la oscuridad poco antes de regresar al restaurante. Sin embargo, frente a ella los esperaba una mujer con un vestido ceñido y botas altas. Desde luego no era una militar.

—He de reconocer que me ha sorprendido encontrarte tan rápido. Pensaba que estarías escondida en alguna madriguera para ratas o algo así —dijo aquella mujer—. Tienes que ser muy estúpida para dejarte ver de esta manera. Aunque pensándolo bien, ahora que ellos ya pueden venir a este lado, era cuestión de tiempo.

Alma no entendía lo que quería decir.

—¿Quién eres? ¿Eres otra de los lacayos de Leviatán?

La mujer se estiró como si pretendiera desperezarse.

—Entiendo que tengas muchas preguntas, pero ¿qué sentido tiene? —contestó la mujer—. Voy a matarte ahora enseguida y después me voy a tirar a tu amiguito.

La respiración de Alma comenzó a acelerarse. No dudó por un instante que ella pudiera cumplir lo que acababa de anunciar.

La mujer se llevó una mano a la sien y cerró los ojos resignada.

—Está bien —continuó ella tras soltar un resoplido—, al menos te concederé eso… Mi nombre es Mara; encantada —dijo con una pretendida reverencia—. Tendré…, bueno, ¿quién cuenta los siglos? Y no, no me insultes, no soy una de esas escorias amaestradas. Mis cadenas son otras.

»Dicho esto…

En ese instante, su expresión abandonó la pretendida despreocupación con la que se había disfrazado y Alma pudo captar las ansias que sentía por matarla.

Justo cuando se disponía a acercarse a ella, se escuchó un fuerte disparo procedente del edificio que se alzaba más allá de los jardines frente a la salida e impactó con precisión en la cabeza de aquella mujer. Su cuerpo salió despedido varios metros y cayó como un muñeco sobre el asfalto.

Por un instante, Alma no supo qué hacer. Un sonido de estática la sacó de su trance y entonces comprendió que Emilio, cuyos oídos parecían estar sangrando, portaba un walkie-talkie en la cintura.

—¡Alma, sal de ahí ahora mismo! —dijo una voz que tardó en reconocer. Era Ana. Emilio había dicho que los estaba esperando—. Dirígete a la salida que encontrarás a tu derecha; os estaré esperando en el coche que verás nada más salir.

Con Emilio encima no tenía posibilidad de responder, pero ahora no podía preocuparse por eso. La mujer, que acababa de recibir un disparo en la cabeza a menos de ochocientos metros de distancia con un cartucho de setenta milímetros desde un fusil francotirador, había comenzado a moverse sin ninguna herida aparente.

Alma corrió con todas sus fuerzas y por primera vez desde su regreso a lo que pensaba que era el mundo real, volvió a sentir el miedo del que ya creía haberse desprendido para siempre.

Una vez más, lloró incapaz de hacer nada.

Jorge Serrano Celada