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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 15

noviembre 15, 2020
Hombre en la oscuridad


 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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En la oscuridad

Alain se despertó con el característico sonido del rotor de un helicóptero. Aquello, como tantas otras cosas, lo transportó de vuelta a aquel restaurante del que, durante el último mes, sus pesadillas se habían estado alimentando hasta hartarse. Ese viaje no autorizado lo llevó, en cambio, al único momento que les dio algo de tregua desde que se vieran atrapados por aquella oscuridad: cuando supieron que estaban de regreso.

Por supuesto, minutos después serían arrestados y dispersados contra su voluntad por todo el país —o, al menos, eso asumía—, pero durante aquel breve momento en el que creyeron haber escapado y regresado a su hogar pudieron experimentar lo que sería convertirse en los protagonistas de una película de terror con final feliz.

Ahora sabía que, como en las sagas de serie B, los monstruos habían regresado una vez más para atormentarlos y que todo había vuelto a empezar.

Miró el reloj y comprobó que eran alrededor de las ocho de la mañana. Apenas había dormido cinco horas. Habían estado despiertos hasta altas horas de la madrugada repasando cada uno de los descubrimientos y acontecimientos que tuvieron lugar en aquel Carl’s Jr. —incluidos los más íntimos—. Marta y Julio, los dos, físicos de renombre en el IFT, se atragantaron un poco con las partes menos lógicas de su relato, como los poderes mostrados por Román o las capacidades de transformación de la oscuridad, pero ambos se rindieron ante la evidencia del fenómeno inexplicable que flotaba en órbita geosíncrona a poco más de diez mil metros sobre ellos. El coronel Escudero, en cambio, aceptó cada una de sus palabras con incontables menciones a la Virgen y a su hijo, el Cristo bendito.

En su historia había innumerables huecos vacíos, sobre todo en los relacionados con lo acontecido a Alma durante su viaje al otro lado de la oscuridad en su búsqueda de supervivientes. Sin embargo, el exceso de tiempo libre y su amplia imaginación habían servido para rellenarlos en la medida de lo posible.

Aún se veía aferrado a aquella cuerda que él hacía infinita, decidido a no soltarla por nada del mundo. Una breve sacudida y varios tirones de esa soga les habían servido para saber —con algo más de esperanza que de conocimiento— que Alma aún seguía viva, inmersa en aquella oscuridad. Todos se habían preparado para que en cuanto ella asomara por lo que quedaba de entrada, el grabado con forma de pentáculo que habían descubierto a la entrada del almacén fuera borrado y salir de allí.

Javier y Sonia esperaban impacientes su orden en el comedor de atrás con varios estropajos y jabón, dispuestos a limpiar la sangre de aquel dibujo que, de alguna manera, debía de estar anclándolos a aquel lugar o, al menos, eso creían. Aunque en aquel entonces no quiso reconocerlo —una vez más, el tiempo en su celda sirvió, entre otras cosas, para limar las impurezas de todos esos recuerdos—, estuvo a punto de darla antes de que Alma regresara. Fue cuando la espesa negrura que los aislaba se transformó en una oscuridad más natural, propia de una noche cerrada.

El cambio no debió de ser en absoluto gradual, aunque tanto él como Emilio tardaron unos instantes en apreciarlo. Solo se dieron cuenta cuando el primer destello provocado por un relámpago en la lejanía iluminó un mundo de horror ante sus ojos. A toro pasado, Alain llegaría a la conclusión de que aquella transformación, probablemente, tuviera lugar tras los indicios de que Alma aún seguía viva. En aquel instante debió de producirse algo que plasmó aquella realidad macabra ante sus ojos, como la transformación del tapón del boli, pero a lo bestia.

Pirámides gigantescas, estatuas colosales —entre ellas las que parecían rodear al restaurante— y edificios construidos en formas que jamás permitirían su sostenibilidad solo eran detalles que demostraban la naturaleza irreal de aquel mundo. Sin embargo, lo que realmente estuvo a punto de disparar su gatillo mental de huida fue la aparición repentina de cientos de criaturas como las que los habían estado atacando anteriormente, surgidas de repente y de todas partes frente a ellos. En realidad no era cierto del todo. Ninguna de aquellas monstruosidades con formas que desafiaban los límites de la cordura se parecían a las que ya conocían. Algunas tenían reminiscencias humanas o de animales, pero otras eran meras formas indefinidas. Sus tamaños eran diversos, desde unos pocos centímetros hasta varios metros de altura y la mayoría parecían contar con garras, colmillos, alas o tentáculos, cuya mera visión servía para acabar con cualquier esperanza de hacerles frente.

Ninguna de aquellas cosas parecía reparar en ellos y así todo el terror que experimentaron ante la expectativa de que repararan en ellos fue tal que apenas se atrevieron a moverse.

Alain aún recordaba los temblores de su compañero, no muy distintos de los suyos propios, mientras rezaba para que Sonia o Javier se mantuvieran en silencio y no delataran su presencia. Más tarde sería evidente que aquello no habría cambiado nada. Aquellos monstruos, simplemente, no estaban interesados en ellos —aún—.

Después aparecería la serpiente alada o así era como describían los textos a Leviatán. Él no recordaba haber visto nada que justificara que aquel ser volara, pero lo hacía y, en cualquier caso, aquello era lo de menos. Jamás había contemplado algo de tal magnitud, algo que le hiciera sentirse tan absurdamente pequeño que lo llevara a encogerse en su sitio como un bebé. Sus rugidos eran como la antesala del fin del mundo y hacían temblar todo a su alrededor.

Aun cuando hubo desaparecido, solo la llegada de Cintia y Alisa —o una versión más joven de esta última— a través de la barricada de monstruos le permitió por fin recobrarse. Estaban atadas a un extremo de la cuerda que él aún sostenía y en cuanto los vieron, balbucearon algo sobre salvar a Alma.

Los monstruos más cercanos parecían ahora sufrir de la parálisis ya familiar que habían contemplado en otras ocasiones a manos de su amiga. Sin duda, ella debía de estar detrás de aquel rescate, pero no había ni rastro de ella. Fue entonces cuando la vio a lo lejos con la fugacidad de otro rayo, sometida bajo una figura sombría que parecía estar engulléndola.

Emilio ordenó que tiraran de la cuerda para traerla de vuelta y lo que sucedió después fue lo que ocuparía su mente durante las horas posteriores en su recién estrenada celda. Tanto Cintia como Alisa, con sus cuerpos a cada cual más menudos, se unieron a ellos en aquel juego de la soga improvisado. En cuanto tiraron, Alma salió despedida hacia ellos y era evidente que no gracias al aporte de ninguno de los dos.

Las dos chicas tenían poderes y los reconocía muy bien, porque eran similares a los que él había intentado transmitir a Alma a través de aquella cuerda durante toda su vigilancia. Fuerza, velocidad, resistencia; no sabía si podía conseguir aquellas transformaciones en una persona viva, pero no perdía nada por intentarlo. Ahora, al contemplar la proeza de aquellas dos, estaba seguro de que Alma también los tenía.

No creía que fuera el responsable de lo que Cintia y Alisa acababan de demostrar que podían hacer. Probablemente, aquello fuera cosa de Alma. El hecho de que también estuvieran atadas secuencialmente a la cuerda debía de responder a la necesidad de su amiga de ejercer de ancla para ellas, de la misma forma que él lo había hecho con ella. Era posible que, incluso, Cintia lo fuera a su vez para su prima.

Durante sus horas muertas en prisión, había ido desarrollando aquellas ideas y hasta se había permitido jugar con sus posibilidades. Nada que fuera a ser útil una vez encerrado —quizás de por vida— y sin oscuridad con la que experimentar. Sin embargo, el regreso de lo que denominaban evanescencia y las insinuaciones del coronel sobre las capacidades de Alma, confirmadas en las horas posteriores de sinceridad mutua hasta altas horas de la noche, sirvieron para traerlas de vuelta.

Alain se desperezó y tras asearse en el lavabo improvisado de aquella carpa similar a la que habían ocupado la tarde anterior, decidió salir fuera. El sol de la mañana lo obligó a protegerse los ojos.

Hasta él se sorprendió al descubrir lo que habían conseguido los técnicos de la empresa privada que se había encargado de levantar aquel campamento improvisado en poco más de cuarenta horas. Varias hileras de diferentes carpas como la suya se disponían rodeadas por una cerca de varios metros de altura frente a las que se disponían numerosos bolardos de hormigón. A lo lejos, varias filas de lo que parecían ser contenedores expansibles parecían hacer las veces de edificios,  laboratorios o, sospechaba que a su vez, celdas. También había edificios propiamente dichos, al parecer modulares, pero que aún estaban en construcción. El trasiego de soldados y militares de diferentes grados era constante. Numerosos vehículos entraban y salían por el paso de entrada.

Más allá, pudo distinguir el helicóptero responsable de interrumpir su sueño.

—Me han pedido que le escolte hasta las dependencias del coronel —dijo el soldado que esperaba junto a la entrada y que debía de ser su guardián.

Alain asintió y mientras seguía a aquel militar, pudo comprobar que varios hombres ataviados con trajes de protección trasladaban a dos personas en camilla desde el helicóptero hacia uno de los contenedores que había visto antes.

¿Cintia y Alisa? ¿Quiénes si no?

Miró hacia arriba e intento divisar inútilmente la oscuridad que debía de sobrevolarlos. Marta les había explicado que a esas alturas tendría unos noventa o cien metros cuadrados de superficie. Para entrada la noche, sería visible con unos simples prismáticos.

Desde la noche anterior, sus ideas habían ido cobrando cada vez más fuerza, como las piezas de un juego de Tetris que encajaran por sí solas.

Sí, no había duda, debían volver a entrar en la oscuridad.

Jorge Serrano Celada