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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 16

noviembre 22, 2020
Asesino


 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Volver a reír

Aún dormido bajo los efectos del opiáceo que le había suministrado Ana, Emilio parecía haber encontrado por fin un poco de paz. El estallido había afectado a sus oídos. Ana había dicho que no creía que fuera nada grave, pero al parecer había provocado que sus migrañas, ya habituales, alcanzaran un nuevo nivel hasta ahora inexplorado.

Sentada al borde de su cama, Alma le retiró con delicadeza el pelo de la frente. Lamentaba tanto el haberlo arrastrado a todo aquello. No se sentía mucho más preparada que él para plantarle cara a todo lo que se les venía encima, pero al menos ella disponía de sus habilidades y de lo poco o mucho que Ana le había enseñado años atrás. Él solo tenía su voluntad inquebrantable y una familia a la que echaba de menos más que a nada en el mundo.

Desde su llegada la noche anterior a la casa rural en la que ahora se alojaban —en Muskiz, bien alejada del cuartel a unos treinta kilómetros—, no le había oído pronunciar palabra y ni siquiera sabía cuánto era debido a los dolores que lo aquejaban o a las piezas a punto de desmoronarse en el interior de su cabeza. En el último mes, ambos habían pasado por demasiadas cosas, más de las que podía cargar sobre los hombros de quien era algo más que un amigo. Aquella no era su pelea.

Alma había tomado una decisión, que plasmó con un beso en la mejilla de él y una carta concisa —odiaba escribir y aún más expresar sus sentimientos— sobre la mesilla. A su lado, también dejó el móvil sustraído a la soldado y un teléfono de prepago.

Cuando salió de la habitación, Ana la esperaba ya vestida y preparada para partir. Por alguna razón, parecía inquieta.

—¿Estás segura de esto?

Al intentar responder a aquella pregunta, Alma no pudo evitar romperse y se echó a llorar en silencio. Su amiga y maestra la abrazó, y así permanecieron unos instantes sin decir nada hasta que por fin pudo recobrarse.

Ana y ella habían estado intercambiando opiniones hasta altas horas de la madrugada sobre la conversación que Alma había mantenido con el coronel y su encuentro desafortunado con la seguidora de Leviatán. Aquella última revelación no pareció sorprender demasiado a Ana, que no dejó de disculparse en todo momento por haberla expuesto a aquella situación.

—No es culpa tuya —le respondía Alma—, ninguna de las dos sabíamos lo que estaba pasando.

La oscuridad había regresado y había traído nuevas criaturas con ella, pero, entonces, ¿quién era la mujer que había acabado con aquel monstruo y que había estado a punto hacer lo mismo con ellos? Había dicho llamarse Mara. ¿Acaso era otra como Román y la soldado? No, ella misma lo había negado. Su fuerza, sin embargo, hacía palidecer a la de Alma, estaba a otra escala completamente diferente.

—Sea quien sea, parece que hay un jugador más en el tablero —había dicho Ana de manera algo críptica.

Alma no estaba segura de nada. Hasta hacía unos días, estaba dispuesta a convencerse de que todo lo que habían vivido en aquel restaurante podía formar parte de una pesadilla demasiado real, ahora descubrían que había más gente con habilidades y que todo había empezado de nuevo.

Antes de caer en la total desesperación, Ana propuso dos líneas de acción. La primera era dirigirse a las instalaciones en Lujua que el coronel había mencionado. Ambas estaban de acuerdo en que ahora el ejército debía ser un enemigo menor, si acaso, un aliado —razón por la que había tomado la decisión de abandonar a su amigo con la esperanza de que ahora le permitieran recuperar su vida— para todo lo que estaba por venir . Además, cabía la posibilidad de que sus amigos estuvieran allí. Para la segunda Ana le enseñó en el móvil un artículo publicado hacía un mes, pocos días antes de lo sucedido en el restaurante. En él se relataba la muerte de una afamada psiquiatra, Sonia Bernal, a manos de su paciente.

—¿Qué tiene que ver esto? —preguntaba Alma desconcertada.

—Hay bastante misterio sobre las circunstancias en las que tuvo lugar el asesinato, pero lo que de verdad me llamó la atención fue que el acusado, que era un estudiante de la UPV, afirmaba que fue poseído por un súcubo… . Seguramente no tenga nada que ver, pero…

—No —la interrumpía Alma—. He leído bastante mierda sobre íncubos, súcubos y demás historias de demonios sexuales. La mayoría era basura, pero ¿cuáles son las probabilidades de que sucediera algo así justo antes de que nos secuestrara uno de verdad?

—Es lo mismo que pensé yo —respondía Ana.

Más pronto que tarde, deberían reunirse con quienes estuvieran en las instalaciones de Lujua, el lugar donde, probablemente, habría reaparecido la oscuridad, sin embargo, antes necesitaban obtener respuestas. Para ello, la pista que había encontrado Ana podría ser tan buena como cualquier otra. Por otro lado, estaba el teléfono de la soldado, que había dejado a Emilio —junto a su despedida— con la esperanza de que en algún momento pudiera desbloquearlo y obtener algo más de información.

Eso era lo único a lo que estaba dispuesta a implicar más a su compañero. Una breve despedida, una petición y la promesa de que cuando llegara el momento ella se comunicaría a través del teléfono prepago que le había entregado.

Ana y ella abandonaron la casa que la primera había dejado debidamente pagada. Antes de salir, Alma se permitió mirar hacia atrás una vez más. Solo esperó que Emilio llegara a perdonarla por todo lo que le había hecho pasar y que comprendiera lo que estaba haciendo en ese momento.

Mientras metían las cosas en el coche, Ana mencionó algo sobre continuar su entrenamiento y Alma no pudo evitar sonreír. Por un momento, pensó que no hablaba en serio —un chiste por los viejos tiempos—, pero pronto comprendió que nada en la cara de su mentora indicaba que estuviera bromeando.

—Ana, podría hacerte daño.

—Podrías intentarlo —respondía ella—. Aún tienes mucho que aprender.

De alguna forma, aquellas palabras sirvieron para enterrar un poco la sensación de derrota en la que se había visto hundida desde que fuera retenida en aquella celda.

Por primera vez desde hacía mucho tiempo, Alma volvió a reír.

Jorge Serrano Celada