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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 17

noviembre 29, 2020
Políticos

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Decir que Alain se sentía fuera de lugar era quedarse realmente corto. Se encontraban en uno de los edificios modulares que los de Tecnove habían levantado magistralmente en apenas dos días cerca del aeropuerto. Junto a él se sentaban alrededor de una mesa alargada que les quedaba demasiado grande Marta y Julio del IFT, el coronel Escudero y algunos oficiales a los que no conocía.

El problema no estaba ahí, al fin y al cabo, se había pasado gran parte de la noche y de aquella misma mañana reunido con los tres primeros. El coronel sabía como minimizar la presencia de cualquiera que estuviera ante él, pero había demostrado ser especialmente perspicaz y abierto de miras.

El problema se encontraba al otro lado de la pantalla de sesenta y cinco pulgadas que recogía la otra parte de aquella asamblea convocada de urgencia. El presidente del Gobierno, Raul Santos, encabezaba aquel selecto grupo compuesto por varios ministros, incluidos los de Ciencia e Innovación, Defensa y otros que no supo reconocer; y gran parte de la plana del Estado Mayor de la Defensa, con el General del Aire, Francisco Benito Rioalto, al frente y al que todos parecían referirse como JEMAD, por sus siglas.

La orientación militar de aquella reunión era evidente y no se sorprendió al descubrir que él también estaba de acuerdo con aquella perspectiva. La labor de Marta y Julio en todo aquello era de alabar, pero después de lo  vivido en aquel restaurante, Alain sabía que el conocimiento era un lujo al que ahora no podían dedicar demasiados esfuerzos. Debían prepararse para lo que se les venía encima y, a juzgar por el tamaño de aquella cosa en el aire y las noticias sobre el ataque al cuartel militar en el que retenían a Alma, sospechaba que no tenían demasiado tiempo.

Alain confió en que su presencia allí fuera la de un mero espectador, pero las sacudidas incesantes de su pie contra el suelo parecían tener una opinión muy distinta.

—Está bien, ¿cuál es la situación actual? —preguntó el presidente visiblemente cansado.

Julio, el director del IFT, decidió tomar la palabra.

—La última medición indica que la evanescencia tiene un tamaño de doscientos setenta y ocho metros cuadrados. Por lo que hemos podido comprobar, su crecimiento se ajusta bastante bien a nuestras estimaciones.

—Soy consciente de cuáles son vuestras estimaciones —respondió el presidente—. Tu colega tuvo a bien compartirlas con nosotros la última vez.

Julio dirigió una mirada fugaz a Marta, su compañera, quien no pudo evitar bajar la cabeza.

—Me temo que no son las únicas noticias que tenemos. Si hacen el favor de revisar las imágenes que encontrarán en la página quince del dosier que les acaban de entregar —dijo Julio mientras señalaba el libreto que todos tenían en la mesa—, verán unas fotografías del fenómeno tomadas ayer a la noche.

Alain ya conocía aquellas instantáneas. Eran las mismas que Marta le había enseñado la noche anterior y que mostraban el momento en el que la oscuridad había cambiado de forma.

—Como podrán observar —continuó el director del IFT—, a las veinte cero cinco, el horizonte de la evanescencia sufrió una deformación en forma de llamarada descendente que apenas duró unas pocas centésimas de segundos.

—¿Una explosión? ¿Nos estás diciendo que eso puede explotar? —preguntó esta vez el JEMAD.

—No, señor… Creemos que algo ha atravesado la evanescencia —respondió Julio.

Aquella revelación desató una tormenta de murmullos y conversaciones en segundo plano entre todos los asistentes desde el otro lado del televisor.

—¡A ver, un poco de silencio! —dijo el presidente alzando la voz—. Explícanos mejor eso. ¿Qué quieres decir con que algo ha atravesado la evanescencia?

El director del IFT se tomó una pequeña pausa antes de contestar, probablemente, estaría intentando buscar la mejor manera de expresar lo que tenía que decir.

—Lo cierto es que no tenemos ninguna evidencia de ello, pero el GEO600, el detector de ondas gravitacionales que hay en Hanóver, detectó fuertes fluctuaciones justo en ese mismo momento…

—Julio, me vas a perdonar, pero de ahí a afirmar que algo ha atravesado la evanescencia hay un abismo —habló esta vez el ministro de Ciencia e Innovación, Alberto Carrión.

—Lo sé perfectamente, Alberto, pero ese mismo tipo de fluctuaciones se registraron durante la desaparición del soldado Elcoro en la Operación Atreyu.

—Oh, vamos. ¿Tú también eres de los que afirman que hay monstruos de otro mundo? ¡Eres el director del Instituto de Física Teórica, por Dios! —respondió airado el ministro.

Por la forma en la que ambos se dirigían el uno al otro, Alain dedujo que debían de conocerse más allá del ámbito laboral.

Julio fue a decir algo más, pero el coronel Escudero lo interrumpió con un gesto de la mano.

—Van a perdonar que un cabeza alcornoque para los asuntos científicos como yo interrumpa esta conversación, pero creo que todos estamos perdiendo de vista lo que tenemos en frente de nuestras propia narices. No pretendo entender nada de lo que está sucediendo, pero sí sé varias cosas: encima de nuestras cabezas, tenemos una cosa que está creciendo a una velocidad absurda y que, hasta lo que yo sé, ninguno de vuestros cachivaches técnicos ha sido capaz de explicar; en las celdas dos y cuatro de este mismo campamento, tengo dos mujeres que, si tengo que creer lo que dicen sus expedientes, son capaces de levantar mil doscientos kilos en peso muerto sin equipamiento de soporte.

»Ahora os voy a decir lo que no tengo: mi unidad. Todo el Regimiento de Infantería Garellano cuarenta y cinco ha sido masacrado en menos de una hora por algo que, según testigos, ha sido descrito como un ave gigante.

»Permítanme, por lo tanto, si me pongo un poco escéptico con respecto a lo que la ciencia pueda ofrecernos ahora mismo.

Las palabras del coronel cayeron con todo su peso entre todos los presentes. Su punto de vista no dejaba de ser una aproximación más contundente a las ya famosas palabras del célebre Arthur Conan Doyle: «Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, ha de ser cierto».

Esa misma mañana, el coronel les había transmitido el contenido de los informes periciales obtenidos a partir de los testimonios de los pocos supervivientes huidos y de los primeros análisis forenses practicados en el cuartel. El balance de muertos ascendía a varias centenas, en lo que las noticias no tardaron en calificar como el mayor atentado terrorista sufrido en la historia de España, por delante, incluso, de los trágicos sucesos ocurridos durante el 11M. Según fuentes oficiales, aún no se estaba seguro de su autoría ni quedaban claras las circunstancias en las que había tenido lugar.

Según el coronel, no se había encontrado rastro de Alma, pero era difícil asegurarlo, ya que aún había infinidad de restos de cadáveres pendientes de identificar. Alain sabía que aún seguía  viva; lo sabía.

—¿Coronel, de verdad cree que lo de anoche no ha sido un atentado terrorista? —preguntó el general Rioalto.

—Paco, has leído los mismos informes que yo… —contestó el coronel. Después suspiró profundamente y continuó hablando—: Creo que es hora de que escuchemos lo que este joven —dijo señalando a Alain— tiene que decirnos. Además de brillante, es el único que tiene experiencia con esa cosa de ahí arriba y creo que tiene unas ideas bastante interesantes.

Alain se puso rígido por momentos y comenzó a tragar saliva mientras era consciente de que ahora todos parecían mirarlo expectantes.

—Eres uno de los supervivientes del restaurante, ¿verdad? —le preguntó el presidente—. Siento… cómo ha derivado todo…

Alain hizo otro gesto con la mano para interrumpirlo.

—Perdone, señor presidente, pero no tenemos tiempo para esto. Ya tendremos tiempo de hablar de compensaciones, agravios y lo que toque… Ojalá podamos hacerlo, pero ahora lo importante es prepararnos ante eso —dijo señalando hacia arriba.

—¿Y qué es lo que sugieres? —preguntó el presidente.

Alain miró a Julio y Marta, luego al coronel y los tres le animaron a que continuara con un asentimiento de cabeza.

—Tenemos que ir al otro lado de la oscuridad.

El tumulto de murmullos volvió a estallar de nuevo. Ninguno pareció tener problemas para entender su referencia a lo que todos denominaban evanescencia. Para él y el resto de supervivientes siempre sería la oscuridad.

El ministro Carrión, de Ciencia e Innovación, fue el más beligerante de todos en sus comentarios, pero el presidente Santos lo acalló y tomó el control de la reunión de nuevo.

—¿Para qué, si fuera posible, haríamos algo así?

Alain sacó un objeto del bolsillo y lo mostró ante la videocámara. Era un sencillo bolígrafo con capuchón rojo.

—Esto que ven aquí es un boli normal y ni siquiera es el que me habría gustado mostraros, pero cuando estábamos en aquel restaurante encerrados, hicimos varias pruebas. En una de ellas, una de mis compañeras, Sonia, metió un boli como este en la oscuridad creyendo que era de un color diferente. Cuando lo sacó, el tapón había cambiado de color.

—¿Qué quieres decir con que cambió de color? ¿Algún proceso de quemado o de alteración química? —preguntó el ministro Carrión.

Alain negó con la cabeza.

—No, para nada. Simplemente se volvió rojo, porque Sonia pensaba que era de ese color. Lo que descubrimos era que todo lo que entraba en la oscuridad se reiniciaba de alguna manera. Más tarde, comprendimos que no era exactamente eso, sino que cambiaba para ajustarse a la idea subconsciente de quien lo sostenía desde nuestro lado. Lo llamábamos el ancla.

—Me vas a perdonar, pero eso parecen sandeces —dijo el ministro Carrión.

Esta vez, fue la ministra de Defensa, Maribel Carpintero la que intervino.

—Quizás no sea del todo incierto lo que está diciendo. Ya habíamos recopilado cierta información de los… otros supervivientes.

—Habéis estado estudiando a Cintia y a Alisa, ¿verdad? —preguntó Alain—. Si lo que dice el coronel sobre sus capacidades es cierto, ¿cómo creéis que las obtuvieron? —preguntó esta vez dirigiéndose al ministro de Ciencia e Innovación—. Fue Alma quien lo hizo cuando estaban al otro lado de la oscuridad, de la misma forma que creo que hice yo con ella desde el restaurante.

»Eso es lo que os estoy proponiendo que hagamos. Sé que hablar sobre monstruos y criaturas suena a locura y a fantasía, pero os aseguro que todos los que estuvimos allí pudimos verlos y eran muy reales, terroríficamente reales. Y creedme cuando os digo que tal como estamos ahora no podremos hacerles frente. Sin embargo, podemos cambiar eso.

»Si volvemos allí con todo un contingente, podemos convertirlo en lo que queramos. Solo basta con desearlo. Al principio pensaba que solo funcionaba en ese mundo, pero conseguí traerme el bolígrafo que he mencionado antes y pude comprobar que mantenía su color modificado. Lo que he ido descubriendo sobre lo que Alma, Cintia y Alisa aún pueden hacer ha servido para confirmarlo.

El presidente guardó silencio por unos instantes antes de hablar.

—Comprenderéis que es bastante difícil de digerir lo que nos estáis contando.

—Tampoco es menos cierto que no tenemos muchas más iniciativas encima de la mesa —sentenció el coronel.

—¿Y cómo proponéis llegar hasta allí? —preguntó el general Rioalto—. Ningún helicóptero puede hacer vuelos a tanta altura. Estamos hablando de más de diez mil metros…

Esta vez fue Marta quien intervino saltándose las directrices de Julio que le había ordenado no participar.

—En globo, por supuesto.

Todos la miraron sorprendidos y ella se encogió de hombros, como si no entendiera las dudas que acababa de suscitar su respuesta.

Alain era consciente de que todo aquello parecía una locura, pero no podían perder el tiempo en discusiones fútiles. No sabía cuánto tardarían en aparecer más de aquellas cosas. Debían moverse cuanto antes.

La reunión prosiguió con los pormenores técnicos de la operación a la que denominaron Fergursson, en referencia al personaje de la primera novela de Julio Verne, Cinco semanas en globo. Al finalizar, el presidente dio su aprobación y adquirió el compromiso de ofrecer una rueda de prensa al público relatando lo que estaba sucediendo.

Alain respiró aliviado. Quizás aquello sirviera para que Alma acudiera por fin a ellos. Sabía que el coronel le había hablado de aquellas instalaciones. Era cuestión de tiempo que apareciera por allí a buscarlos.

La necesitaba tanto.

Jorge Serrano Celada