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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 18

diciembre 6, 2020
Mujer rubia

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Decidir ignorarlo

Ana sabía que su silencio no tardaría en atraer preguntas que no quería —ni podía— responder. Tras un merecido desvío para degustar lo que podría haber sido uno de los mejores desayuno-almuerzos que había probado nunca —un pequeño placer al que Alma la había arrastrado con la excusa de que, probablemente, ya no habría ninguna organización persiguiéndolos—, ahora se dirigían en su coche —un Ford Kuga plateado con las lunas tintadas que había tomado prestado no hacía mucho y al que había cogido un especial cariño— al centro penitenciario de Basauri.

Ambas se habían sorprendido con lo sencillo que era concertar una cita para visitar a un interno en la cárcel. Ana había esperado un mayor papeleo, pero lo cierto era que había bastado con pulsar el botón de un formulario en internet. Se guardaría aquella opción para futuras ocasiones —si es que las había—.

Aquel último y sombrío giro de sus pensamientos junto con la monotonía de la carretera por la que conducía casi en piloto automático volvieron a llevarla a la última noche en la casa rural. Acababa de disfrutar de un merecido orgasmo proporcionado por la contundente cascada de agua surtida desde el grifo de la bañera. Dios sabía que necesitaba calmar sus ansias.

Quitar la vida de su perseguidor había servido como un pequeño remanso de paz, pero apenas había tenido tiempo de disfrutarlo —por no mencionar que un inocente se había visto implicado— y no había sido suficiente para mitigar sus otras necesidades.

Más que nunca, deseaba retomar alguno de sus juegos. En ellos, su segundo secreto, se exponía a situaciones límite, generalmente con desconocidos, en las que dejaba volar sus fantasías más íntimas, siempre —o casi siempre— con una férrea planificación previa.

El sexo y la muerte habían formado parte de ella desde que tenía consciencia. Sus dos compañeros de viaje habían estado siempre con ella, incluso cuando era una niña y ni siquiera sabía llamarlos por su nombre.

En retrospectiva, había tenido mucha suerte. El entrenamiento al que su padre le había sometido desde bien pequeña le había servido, entre otras muchas cosas, para cobrar consciencia de ellos y saber que debía ocultarlos a los demás, incluida a la persona que le había enseñado todo.

Había leído mucho sobre lo que era y no había encontrado ninguna definición que encajara. El placer era su principal motivación, pero lejos de lo que dictaban los perfiles psiquiátricos de quienes podrían compartir su condición, los sentimientos no eran en absoluto ajenos a ella, solo distintos, y había aprendido a controlarlos gracias a una férrea disciplina.

Con la misma toalla con la que acababa de secarse, limpió el espejo empañado por el vapor del mismo agua reparadora que la había aliviado en más de un sentido.

Contempló sus ojos azules, que ahora parecían brillar más desde que…

Un borboteo procedente del lavabo la llevó a dirigir la mirada hacia el desagüe; parecía haberse atascado y se había formado un pequeño charco de agua turbia sobre él.

Ana hizo una mueca de asco y abrió el grifo con la esperanza de que algo más de presión deshiciera aquel entuerto. Como era de esperar, no hubo suerte, por lo que haciendo de tripas corazón introdujo la mano y hurgó en el fondo. El agua parecía ser más espesa de lo normal y cuando sus dedos tantearon el sumidero, se encontraron con una especie de lodo que la llevó a retirarlos de inmediato. Una vez fuera, comprobó asqueada que una mezcla de pelos y una sustancia viscosa de color marrón se había enredado en ellos.

Casi impulsivamente abrió el grifo de nuevo sin importarle que estuviera atascado e intentó limpiarse la mano de inmediato.

Aquellos mechones oscuros y canosos no podían ser suyos, porque los suyos eran rubios de toda la vida. No recordaba haber visto aquel estropicio al entrar, pero ahora se alegraba de no haberlo hecho o le habría impedido disfrutar de aquel pequeño descanso.

Solo cuando se aseguró de que no quedaba ni rastro de aquella inmundicia sobre su piel se permitió cerrar el grifo. El lavabo estaba ahora a punto de rebosar con aquella agua sucia que no parecía haberse aclarado ni un ápice.

Ana se llevó las manos a la cara y cerró los ojos para intentar tranquilizarse. Era absurdo perder el control de aquella manera por una tontería así. Más aún después de todo lo que había experimentado durante los últimos días —«Por eso precisamente»—. Sentía que cada vez se perdía más a sí misma y aquello casi la asustaba más que todo lo demás —casi—.

De repente, alguien la agarró por detrás del pelo y le hundió la cabeza en el lavabo. Sorprendida, no pudo evitar que parte de aquel líquido estancado entrara por su boca. Al día siguiente, mientras degustaba el que debería haber sido el mejor desayuno que hubiera probado nunca, recordaría aquel sabor a putrefacción y se obligaría a mantener su mejor máscara con una sonrisa capaz de ocultar las arcadas que la acompañarían durante una temporada en cada comida que se llevara a la boca.

Ana trató de liberarse, pero quien fuera su atacante parecía tener una fuerza descomunal. No solo eso; aquel lavabo parecía tener ahora el tamaño de la bañera en la que había estado minutos antes. Su cabeza se sumergía en una pila enorme de agua marrón que apenas le permitía ver el fondo.

Mientras se sacudía inútilmente y el poco aire que había conseguido acumular en sus pulmones se escapaba en forma de burbujas ascendentes, Ana comprobó que el desagüe aún brillaba en el fondo, aproximadamente a un metro de ella. Parecía contemplarla como un ojo negro y oscuro, y por alguna razón creyó que si se acercaba demasiado a él sería capaz de absorberla a pesar de su tamaño.

Algo comenzó a moverse dentro de él, pero en su situación no era capaz de concentrarse, por lo que no pudo descubrir qué era hasta que fue demasiado tarde. Varias hebras de pelos tan negros y blancos como los que se habían enredado entre sus dedos surgieron de su interior y se dirigieron hacia ella como si tuvieran vida propia.

Ana cerró la boca instintivamente mientras la mano que trataba de ahogarla la empujaba cada vez más y más hacia el fondo. Así pasaron los segundos hasta que la falta de oxígeno la obligó a buscar aire donde no lo había y en cuanto lo hizo gran parte de aquellos cabellos se abrieron paso a través de su boca.

En cuanto lo hicieron, su atacante se desvaneció en la nada de la que parecía haber procedido y cuando consiguió tomar un par de bocanadas de aire, devolvió la cena que había compartido con Alma mientras conversaban hasta altas horas de la noche.

Cuando se hubo tranquilizado, descubrió que entre los restos de comida de su propio vómito había también marañas de pelo que no tardó en reconocer y nuevas náuseas consiguieron aportar a los azulejos algo más del poco contenido estomacal que ya le quedaba.

Varios minutos después, cuando consiguió recuperar las fuerzas suficientes para ponerse en pie, comprobó que el lavabo estaba vacío, sin rastros de haber estado atascado en ningún momento.

Ana volvió a dejarse caer en el suelo sin importarle mancharse con su recién obra de arte abstracto y se llevó las manos a las sienes.

—Hija de puta… Déjame en paz —susurró varias veces.

Como era de esperar, tras toda una mañana sin decir apenas nada, Alma, que la acompañaba en el asiento del copiloto intrigada, no tardó en interrogarla.

Ana, por supuesto, volvió a recurrir a su mascara, esa que había forjado durante tantos años, y le respondió con una referencia estereotipada a su falta de sueño.

Una comezón incesante en el antebrazo le recordaba lo mucho que mentía, pero decidió ignorarlo.

Jorge Serrano Celada