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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 19

diciembre 13, 2020
Eclipse

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Solo un poco más

Alma odiaba aquella emisora y en especial aquel programa con todas sus fuerzas. Dirigido por el también presentador de televisión Joseba Merino, su madre lo escuchaba sin falta cada domingo mientras desempeñaba las labores de la casa entre coplas, rancheras y las quejas de los oyentes para los que la cadena reservaba aquel espacio —La calle no se calla, se llamaba—. Cada vez que sonaba la cuña promocional de Radio Nervión, Alma se veía transportada a los tiempos en el colegio que prefería olvidar.

Sin embargo, mientras se dirigían en coche a Basauri por la AP-68 y buscaba algo de música con la que rellenar el silencio al que su compañera, Ana, parecía haberla condenado desde que abandonaran la casa, había dado con un testimonio que, aun acompañado por aquel presentador de los días pasados, ninguna de las dos pudo obviar.

—Joseba, yo también lo veo —decía una voz masculina con cierta familiaridad, como si se dirigiera a un amigo o a un conocido cercano—. He subido al Pagasarri y desde aquí se ve perfectamente con los prismáticos.

—Pero ¿cómo es? —le preguntaba Joseba.

—No sé, diría que es como un disco. No sé a qué distancia está, pero es grande y diría que está por Lujua. Joseba, definitivamente, esto está sobre Lujua.

De repente, el presentador introducía uno de los característicos efectos de sonido del programa en el que alguien parecía aullar sorprendido. A Alma se le removía el estómago con solo escucharlo.

—Vamos a recopilar lo que sabemos hasta ahora —continuaba Joseba—: varias personas afirman estar viendo algo en el cielo que está flotando y que es de gran tamaño. Por lo que sabemos, parece estar sobre el aeropuerto o muy cerca…

»¿Tendrá algo que ver con el vuelo del Airbus A320? ¿Nos estarán invadiendo los alienígenas? ¿Será otro fenómeno de lo oculto en Bilbao? Ay, chica, y yo con estos pelos —decía con un tono pretendidamente afeminado.

Acto seguido, Isabel Pantoja comenzaba a sonar por los altavoces del coche y pedía que se buscaran a otra.

Alma llegó al límite de sus resistencia y apagó la radio.

—No creo que falte mucho para que la gente se dé cuenta de lo que está pasando —dijo sin esperar una respuesta por parte de la que ahora era su compañera silenciosa.

Se giró hacia Ana, que se limitó a asentir mientras seguía concentrada en la carretera.

—¿Se puede saber qué es lo que te pasa? —Estalló por fin Alma. No estaba como para afrontar temas personales con nadie, bastante tenía en su cabeza con abandonar a uno de sus mejores amigos y saber que sus peores pesadillas habían regresado para atormentarla, pero no podía evitar pensar que aquel mutismo pudiera ser debido a ella.

Su amiga fue a decir algo, pero en vez de eso soltó un exabrupto cuando una fila de coches varados con las luces de emergencia puestas apareció de repente frente a ellas tras tomar una curva a la derecha. Ana frenó justo a tiempo de evitar estrellarse contra el vehículo más próximo.

—Pero ¿qué…? —comenzó a decir Ana sin terminar la frase.

Lo que en un principio podría haber parecido un atasco más de los habituales en aquella autopista —las obras eran una constante en la vía Vasco-Aragonesa— no tardó en demostrar ser algo más. Si bien los automóviles más cercanos seguían la habitual formación en caravana que se esperaría en aquella situación, los que estaban más a lo lejos parecían haber sido abandonados de cualquier manera, como si sus conductores hubieran decidido detenerse de repente. Además, multitud de personas habían salido de sus coches y parecían mirar hacia arriba como si buscaran algo.

—¿Qué está pasando? —dijo por fin su amiga.

Alma se guardó el sarcasmo que pugnaba por salir de su boca sobre lo que hacía falta para hacerla hablar. Aquella discusión sería para otro momento.

Ambas hicieron lo propio y salieron a la carretera. Aquella tarde de domingo el cielo estaba completamente despejado y el calor parecía querer derretir el asfalto bajo sus pies.

Como los demás que se fueron uniendo detrás de ellas, Alma intentó divisar en el firmamento lo que parecía llamar la atención del resto, pero lo único que consiguió fue cegarse de manera estúpida al mirar directamente al sol. En su cabeza había esperado encontrarse con aquel extraño objeto que instantes antes los oyentes de aquella odiada cadena relataban haber avistado.

—No veo nada, ¿y tú? —preguntó Alma a su compañera.

Por un instante, pareció que Ana volvía a su anterior castigo por silencio.

—No… Yo… Oh, joder…

Aquellas simples palabras bastaron para que Alma se volviera hacia ella. A diferencia de lo que habría esperado, Ana no miraba hacia arriba, sino hacia el suelo, a unos metros por delante de ella. Alma no necesitó que le explicara nada más. Una sombra gigantesca parecía avanzar lentamente hacia ellas engullendo todo lo que tenían delante.

Los murmullos de la gente se acrecentaban a medida que aquella especie de eclipse a plena luz del día los rodeaba. Era imposible cuantificar su tamaño, pero abarcaba sin problemas los montes colindantes y toda la extensión que tenían enfrente. El sol, sin embargo, no parecía estar siendo interferido por nada. ¿Qué estaba pasando?

—Creo que es mejor que movamos el culo cuanto antes —dijo Ana, por fin.

Alma no se lo pensó dos veces e hizo caso a su amiga, quien tampoco se planteó demasiado las consecuencias de sacarlas de allí a través del arcén solo ocupado por algún incauto peatón distraído.

—¿Qué es esto? ¿Es la oscuridad? Tiene que serlo, ¿no? —preguntó Alma completamente desconcertada.

Una cosa era saber que aquella cosa había vuelto y otra muy distinta volver a encontrarse con ella. Sin darse cuenta, se había echado a temblar. De alguna forma, aquel fenómeno atmosférico para el que no parecía haber explicación la había asustado más que ninguno de los monstruos a los que se había enfrentado en el cuartel militar.

—No lo sé, pero si queremos buscar respuestas, tenemos que hacerlo ya.

La contestación de Ana, lejos de tranquilizarla, la inquietó aún más. ¿Se estarían equivocando al intentar averiguar algo más de lo que estaba sucediendo? Al fin y al cabo, su apuesta por el asesino de la psiquiatra era poco menos que imposible. Quizás habría sido mejor que se hubieran dirigido a las instalaciones en Lujua mencionadas por el coronel. ¿El encuentro con sus amigos no era, acaso,  lo que había estado buscando durante todo ese tiempo?

No; de nada serviría volver a recuperarlos si aquella cosa se los arrebataba de nuevo. Tenían que intentarlo. Rendirse no era una opción, como tampoco lo fue cuando la voracidad del sexo y la desesperación estuvieron a punto de acabar con ellos en aquel restaurante.

«Solo un poco más, esperad solo un poco más».

Jorge Serrano Celada