Saltar al contenido
relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 20

diciembre 20, 2020
Presos

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

logo
¡YA A LA VENTA EN AMAZON!

Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Odiarse por ello

Al llegar a la entrada del Centro Penitenciario de Bilbao en Basauri, ambas se vieron obligadas a presentar el documento nacional de identidad en la ventanilla junto a la puerta enrejada que daba paso a los peatones. Mientras el funcionario de prisiones comprobaba su recién estrenada —y falsa— identificación, Alma imaginó que en cualquier momento levantaría la cabeza y vería algo que no le cuadraba —al fin y al cabo, el trabajo de aquel hombre era revisar DNI—. Se juró que si aquel vigilante volvía a escudriñarla de nuevo, se marcharía sin pensárselo dos veces, pero quien hiciera el trabajo por el que no dudó que Ana tuviera que pagar una suma importante parecía ser lo suficientemente bueno como para que aquel carné diera el pego y el agente las dejó pasar.

Atravesadas las paredes de hormigón que rodeaban aquella cárcel, fueron conducidas a un edificio de fachada enladrillada frente al que había un pequeño estacionamiento con varios coches aparcados en batería. Una vez dentro, previo registro de sus nombres y apellidos, comprobación de la correcta citación con el recluso correspondiente y entrega de sus móviles, fueron llevadas a la zona de visitas.

Tuvieron que recorrer un largo pasillo con infinidad de cubículos acristalados hasta dar con el que les correspondía según las indicaciones que les acababan de ofrecer. Alma dio cuenta de las numerosas películas en las que había visto una escena similar y aquello no se asemejaba en nada.

Lo primero que destacaba al entrar en el estrecho espacio reservado para aquel locutorio en el que apenas cabían las dos y cerrar la puerta tras de sí era el ruido. A diferencia de lo que Alma había esperado, no había teléfono alguno por el que comunicarse a través de un cristal insonorizado. Los visitantes de las cabinas contiguas  conversaban a gritos con sus reclusos por una pequeña rejilla que hacía las veces de interfono. Podían escuchar perfectamente sus conversaciones enmarañadas en una cacofonía general de decenas de diálogos dispersos por todo el recinto.

—Ahí se va nuestra privacidad —murmuró Ana.

El calor —si, a diferencia de Alma, no se era un poco claustrofóbica— era lo segundo que golpeaba en la cara, espeso y pegajoso.

Ana le cedió el sitio y Alma se sentó en el asiento metálico que se disponía frente a la ventana por la que tendrían que hablar. Detrás solo se veían unos barrotes y una pared gris tan deprimente como todo lo demás en aquel lugar.

Al cabo de unos minutos, apareció su cita con la escolta de otro funcionario. El guarda se aseguró de que todo estuviera bien y se marchó para dejarlos solos —era un decir—.

Xabier Iriondo era un chico de diecinueve años, estudiante de Biología, que estaba a la espera de juicio por el asesinato de su psiquiatra, Sonia Bernal. Un mes antes, había sido condenado a realizar trabajos a la comunidad por un caso de exhibicionismo en un autobús frente a un menor y obligado a tomar aquellas sesiones. Además, estaba bajo investigación por la supuesta agresión a un compañero de facultad, que había requerido intervención quirúrgica.

Con aquellos antecedentes, Alma no sabía muy bien por qué habían decidido dar crédito alguno a las soflamas del que seguramente fuera solo un trastornado, pero su insistencia sobre la autoría sobrenatural de aquellos hechos bien merecía su atención. ¿Acaso eso no significaba que ellas podían estar tan locas como él?

Cuando el chaval alzó la mirada para observarlas, Alma sintió un encogimiento en el pecho. Aquel chico tenía la mitad de la cara completamente amoratada. Un feo cardenal le recorría serpenteante el rostro desde la sien hasta la barbilla y su ojo aparecía inyectado en sangre.

Al contemplar la expresión de preocupación en sus semblantes, el chaval trató de ocultar inútilmente aquel hematoma con una mano temblorosa.

—Xabier, ¿quién te ha hecho eso? —preguntó Alma como si ya se conocieran de antes. El jaleo generalizado la obligaba a elevar el tono más de lo que pretendía.

El prisionero tartamudeó un par de veces antes de poder hablar.

—No…, no es lo que pensáis. No me creeríais, nadie lo hace… ¿Quiénes sois?

Aquella era una buena pregunta. A esas alturas no tenía mucho sentido ocultar quién era, pero tampoco quería alimentar sus paranoias descubriendo su relación con la oscuridad.

—Mi nombre es…

—No, espera —la interrumpió él—. Ya te conozco. Eres la que estuvo en aquel restaurante desaparecido. Ella me ha hablado de ti.

Alma no se extrañó de que hubiera podido reconocerla. Aunque no había habido una búsqueda y captura oficial interpuesta en la policía, sus rostros habían bailado en los medios y redes sociales, enmarcadas en el halo de misterio que rodeaba a todo lo relacionado con la desaparición del restaurante. Lo raro había sido que nadie más lo hubiera hecho hasta entonces.

—¿A quién te refieres? —preguntó ella.

Xabier fue a hablar, pero luego pareció pensárselo mejor y guardó silencio.

—Si sabes quién es mi amiga y lo que le ha pasado —intervino esta vez Ana—, ya sabes que no nos va a sorprender nada de lo que nos digas.

—Igual podemos ayudarte —insistió Alma.

El chico dejó escapar una risa cínica, no muy distinta a las que ella soltaba cuando se sentía contrariada en una discusión.

—Nadie puede ayudarme, pero gracias por intentarlo —contestó él.

—¿Qué puedes decirnos de lo que te pasó? —preguntó esta vez Alma.

Su persistencia pareció surtir efecto y tras un suspiro de resignación, él comenzó a hablar.

—¿Por dónde empezar…? Al principio pensaba que estaba loco, que todo era un producto elaborado de mi cabeza. ¿Y sabéis qué? No me importaba demasiado. El placer era…

»La primera vez que se me apareció estaba en los baños de la uni. Solía pasar el tiempo allí cuando quería aislarme de los demás. Nunca he sido bueno para relacionarme con la gente. Me lamió la cara y me asusté, porque allí no había nadie. Casi me meo encima, pero luego ella me dejó que la tocara. Estaba desnuda y su cuerpo era perfecto… No sé cómo lo hacía, pero con solo tocarme conseguía que me excitara como jamás había sentido nunca.

Alma no sabía muy bien a quién se refería; su explicación no dejaba de resultar inconexa y algo imprecisa, pero había algo en todo aquello que le resultaba familiar. Aún recordaba perfectamente lo que era perderse a sí misma bajo la influencia de quien más tarde descubriría que era Román con unos poderes extraños que le permitían acrecentar el deseo sexual de los demás a límites insoportables. Aún había noches que sufría ecos de aquel apetito insaciable.

—Nadie podía verla —prosiguió él—, ni siquiera yo, y me asaltaba en cualquier lugar… Y no os voy a engañar, lo disfrutaba, pero lo que al principio era la mejor experiencia sexual de mi vida, aunque fuera una mentira elaborada de mi cabeza, luego resultó ser una pesadilla jodidamente real.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella.

—Era de verdad… Lilith era tan real como tú y como yo.

Alma había escuchado ese nombre antes, sobre todo al investigar acerca de los demonios y todo lo relacionado con Leviatán.

—¿Por qué estás tan seguro de eso? —preguntó, a su vez, Alma.

Xabier volvió a sonreír resignado.

—¿Quieres decir que por qué sé que no estoy tarado? Porque lo he estado y sé apreciar las diferencias.

Alma no terminaba de entender lo que quería decir.

—Lilith resultó ser bastante celosa. Cualquiera que se me acercara corría peligro.

—Eso fue lo que le sucedió a tu compañero de clase —dijo Alma.

—Después de lo del autobús —continuó Xabier asintiendo con la cabeza—, me obligaron a tener las sesiones con Sonia. Ella era experta en desórdenes disociativos y estaba especialmente interesada en mi caso. Estoy seguro de que esperaba sacar adelante algún artículo conmigo…

—¿Por eso la asesinaste? —le interrumpió Ana.

—No fui yo —respondió Xabier visiblemente cansado—, fue Lilith. Para la última sesión, Sonia insistió en que debía atraerla, como había hecho otras veces delante de ella, para matarla.

»Su teoría era que, de la misma manera que mi cabeza la había creado de la nada hasta hacer que pareciera real, podía convencerme de que todo había terminado si acababa con ella de una forma igualmente convincente.

»Lilith apareció como siempre, dispuesta a tener más sexo conmigo, pero yo me negué y acabó atacándome.

En ese instante, Xabier se llevó las manos a las sienes y comenzó a balancearse en su silla.

—Sabía que no debía acercarse —siguió él su relato—, lo sabía, pero no me hizo caso. Sonia intentó ayudarme y Lilith la mandó al otro lado de la consulta de un golpe. Yo tenía una navaja encima, era la que se suponía que utilizaría para curarme, y se la clavé a Lilith en un  costado. Para cuando quise ayudar a Sonia ya era tarde, había muerto.

—¿Y cómo sabes que no fuiste tú quien la golpeó en un delirio? —preguntó Ana.

Xabier pareció tranquilizarse.

—Porque Sonia me engañó… Grabó todas nuestras sesiones sin mi consentimiento. Las tenía en su ordenador y estaba todo allí. Fue entonces cuando me di cuenta de que nada había estado en mi cabeza y de que Lilith era de verdad.

—No había ninguna mención en los periódicos a esas grabaciones… ¿Y qué pasó después? —preguntó Alma.

Xabier se encogió de hombros.

—Lilith simplemente desapareció después de que la atacara. Por un tiempo pensé que estaría muerta de verdad o, al menos, eso creí hasta que empecé a imaginármela de nuevo o, mejor dicho, por primera vez, cuando me ingresaron aquí. Pero no era lo mismo.

»Leí sobre demonios que agredían sexualmente a sus víctimas. Lilith era una súcubo, estoy seguro, y cuando desapareció aquel soldado en la Nada que se había llevado vuestro restaurante, ya no me cupo duda. Los monstruos existen.

Alma dirigió una mirada rápida de interrogación a su compañera. No sabía qué sacar de todo aquello. Aunque el testimonio de Xabier parecía de todo menos fingido, no tenía ni idea de cómo encajarlo en lo que estaba sucediendo o si solo era el producto de una imaginación desbordante.

—Antes has dicho que ella te había hablado de mi amiga —dijo Ana—. Me ha parecido que te referías a Lilith, pero por lo que has dicho no puede ser, porque la mataste antes de que ocurriera lo del restaurante.

El rostro de Xabier adquirió un semblante sombrío.

—No, no lo entendéis. Ha vuelto. Lilith ha vuelto y está muy enfadada conmigo. Ya no solo me ataca sexualmente… Me hace daño… —dijo Xabier y se echó a llorar.

—¿Qué es lo que te ha dicho de mí? —preguntó Alma sin estar aun demasiado convencida.

Xabier se limpió las mejillas con la manga del uniforme de prisión.

—Te está buscando. Dice que eres la elegida de Leviatán y por eso quiere matarte… No deberíais haber venido.

Aquella revelación cayó sobre Alma como un jarro de agua fría. Era imposible que aquel chaval supiera nada sobre Leviatán.

Al terminar de pronunciar aquellas palabras, Xabier se llevó de repente las manos al cuello y abrió la boca como si tuviera dificultades para respirar. Su cara se tornó en un color rojo intenso y comenzó a patalear hasta que se cayó de la silla.

Los vecinos de cubículo se levantaron sorprendidos; Ana y Alma se acercaron también.

El vigilante que había escoltado antes a Xabier se acercó a ver qué sucedía y cuando comprobó su estado llamó a otros guardas.

—¡Qué está pasando? —gritó Alma al funcionario sin obtener respuesta a la vez que aporreaba el cristal para llamar su atención.

Justo en ese instante, alguien más golpeó la ventana, pero con mucha más fuerza, salvo que allí no había nadie. Alma soltó un grito y se apartó ligeramente. Su compañera también lo había sentido y aguardaba expectante. Ambas dejaron escapar una exclamación cuando una pequeña mancha de vaho se formó al otro lado del cristal, como si alguien estuviera soltando su aliento encima.

Un segundo impacto, aún más fuerte que el anterior, sirvió para confirmar lo que ya sabían: era Lilith.

Ana casi la sacó de allí a rastras.

Una vez más, a pesar de todas sus habilidades y capacidades sobrehumanas, volvía a sentirse tan pequeña como cuando era acosada en el colegio y se odió por ello.

Jorge Serrano Celada