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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 21

diciembre 27, 2020
Mujer rapada

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Naturaleza de la oscuridad

Alain se plantó frente al contenedor expandible construido por los de Tecnove. Carecía de ventanas y de la estructura principal surgían dos zonas de expansión a cada lado que triplicaban su volumen. Aunque había muchos otros de aspecto similar repartidos por todo el campamento, sabía que este había sido construido de manera diferente, con materiales capaces de albergar —retener— indefinidamente a sus ocupantes.

Dejó escapar un suspiró y esperó a que su escolta —siempre a su lado— introdujera el código de apertura que permitiría abrir la puerta de acceso.

Había estado evitando aquel momento todo el día desde que comprobara, poco después de haberse despertado, que allí debían de retener a sus excompañeras. En realidad había sido antes, quizás desde que su idea de volver a la oscuridad cobrara forma, como una consecuencia lógica e ineludible a todo lo que estaba ocurriendo y, sin embargo, difícilmente explicable.

Cuando el soldado que cumplía las funciones de guía y vigilante hubo terminado, se apartó a un lado y esperó a que Alain se decidiera a entrar en aquel módulo.

«He sido yo quien ha pedido esto, ¿no?», pensó Alain.

Sí, claro que sí, no solo por el hecho de que ambas fueran clave para la misión, sino porque era lo que haría cualquier ser humano que se preciara de serlo. Entonces, ¿por qué le temblaban las piernas y había esperado tanto tiempo?

El interior era completamente blanco y aséptico, con un nivel de iluminación que casi obligaba a entornar los ojos apenas se estaba dentro. La zona central servía de separación de las dos celdas en las que habían sido retenidas cada una de las dos prisioneras. Un vidrio reforzado con aluminio y tántalo —una vez más, se sorprendió al tener más información sobre la construcción de aquella cárcel que de sus ocupantes— delimitaba ambos calabozos. En los dos, los únicos muebles disponibles eran un inodoro químico y una litera.

En cuanto lo vieron entrar, ambas reclusas se levantaron como un resorte en sus respectivas celdas.

—¿Alain…, eres tú? —le preguntó una Cintia a la que casi le costó reconocer.

Como era de esperar, no había ni rastro del vestido negro y corto con el que la había conocido. Ambas llevaban el mismo conjunto carcelario de color beis que él mismo estaba usando. Sin embargo, las jaulas en las que los habían mantenido encerrados a los tres todo ese tiempo debían de haber sido muy distintas. Solo con verlas podía intuir parte de lo que debían de haber pasado, muy diferente a la relativa comodidad con la que él había sido retenido.

Ambas llevaban el pelo rapado al cero. No había ni rastro de la preciosa melena morena de Cintia ni del cabello teñido en morado con el que se había presentado la versión más joven de Alisa tras su regreso del otro lado de la oscuridad.

A su vez, Cintia tenía los nudillos de ambas manos apostillados, como si hubiera estado golpeando algo hasta hacerse daño, y en el labio, que estaba algo hinchado, tenía un corte relativamente reciente.

—Por dios, ¿qué os han hecho? —preguntó Alain desconcertado.

Sabía que él también era una víctima, pero la suerte de sus destinos por disponer de aquellas habilidades había sido incomparable. Era evidente que habían estado experimentando con ellas. Esa parte, aunque esperada, no se la había contado nadie hasta ahora —quizás porque había estado más preocupado por la misión que por ellas—.

Cintia se limitó a encoger los hombros y bajar la vista.

—¿Tú eres uno de los que estaban con nosotras? —preguntó Alisa desde la otra celda.

Su aspecto parecía menos magullado que el de su prima. Alain asintió.

—¿No te acuerdas de mí? —preguntó él.

Aunque solo habían hablado un par de veces antes de que fuera secuestrada —por aquel entonces, en su versión más adulta con una característica blusa amarilla—, era imposible que ninguno de los siete supervivientes fuera ajeno a los otros. Entre ellos habría siempre un lazo difícil de explicar.

—No recuerda nada de lo que pasó en el restaurante antes de que la encontráramos en el otro lado —explicó Cintia.

 Alain contempló a la versión diez años más joven de la Alisa que había conocido. Una vez más se maravilló ante las posibilidades de la oscuridad.

—¿Cómo? ¿Qué es lo que os pasó en el otro lado? —le preguntó a Cintia dejándose llevar por las ansias de saber.

La noche anterior, el coronel le había trasladado un esbozo de lo que los captores de ambas habían conseguido sonsacarlas, pero faltaban demasiados detalles que podrían ser importantes.

—¡Ey! ¡Déjala en paz! ¡Bastante ha tenido ya! —le gritó Alisa.

Alain se dio cuenta, nuevamente, de lo trastocadas que estaban sus prioridades.

—Lo siento, tenéis razón. Me he dejado llevar.

—¡Tienes que sacarnos de aquí! —dijo esta vez Cintia desesperada.

Sus ojos transmitían un cansancio que poco o nada tenía que ver con la imagen llorosa y desvalida que recordaba de ella.

—¿Qué os han estado haciendo? —preguntó él.

—Pruebas… De todo tipo —respondió Alisa compungida—. Pero la peor parte se la ha llevado ella —dijo a la vez que señalaba a su prima—. Hizo un trato con ellos. Si ella cooperaba, a mí solo me tocarían las más suaves… ¡Tienes que sacarla de aquí! —insistió ella, esta vez entre sollozos.

Cintia se mantuvo en silencio, otra vez cabizbaja. ¿Qué era lo que le habían hecho? Si Alma la veía así, no sabía cómo podría reaccionar y ahora necesitaban estar todos unido para enfrentar lo que se venía.

—¿Te han dejado libre? —preguntó Cintia con la misma dulzura en su voz que aún recordaba. Al menos, no le habían arrebatado eso —aún no—.

Alain volvió a suspirar.

—Los estoy ayudando —dijo él, por fin.

Alisa no tardó en saltar ante su respuesta.

—¡Hijodeputacabronazodemierda! —exclamó en una sola palabra con una fluidez asombrosa—. ¡Cómo puedes estar con ellos? ¡Es que no sabes lo que nos han estado haciendo?

Cintia levantó la mano indicando a su prima que se callara.

—¿Por qué, Alain? —preguntó ella—. Si lo estás haciendo es porque tienes que tener una muy buena razón para ello, así que, ¿cuál es?

Alain contempló a ambas. Cintia ahora desprendía una fortaleza que antes no tenía. Se preguntó cómo unos cuerpos tan menudos como los suyos podían ser capaces de hacer las cosas que el coronel le había descrito. ¿A quién quería engañar? En ese momento ya había sospechado que aquella información no habría sido obtenida con la total colaboración de ambas, de la misma manera que él no había pedido ser recluido en una prisión militar. Había decidido obviar todas aquellas cosas en pos de lo que era necesario que se hiciera, pero ¿hasta qué punto podía pedir a los demás que hicieran lo mismo?

—Es la oscuridad… Ha vuelto a aparecer… —dijo él casi en un susurro. Ambas ahogaron una exclamación al escucharlo—. La tenemos encima de nosotros, a unos diez mil metros y cada vez se está haciendo más grande. Ya tiene casi mil metros cuadrados y nadie sabe cuándo se detendrá.

»Hace media hora, el presidente ha dado una rueda de prensa y lo ha hecho público. Ha establecido el estado de alarma y ha ordenado la evacuación de toda la comunidad autónoma, pero no creo que tengan tiempo antes de que nos ataquen de nuevo.

—No puede ser… ¡No puede ser! —gritó Alisa.

—Alain, lo que estás diciendo no tiene sentido —añadió Cintia—. ¿Dónde está Alma? ¡Quiero verla!

Él negó con la cabeza.

—No lo sabemos… Ni ella ni Emilio. Por lo que me han contado, escaparon al poco de que nos detuvieran, pero ayer debió de aparecer en un cuartel militar en Mungia y creo que se enfrentó a uno de los monstruos. Desde entonces, no hemos vuelto a saber nada.

Cintia comenzó a respirar con celeridad, como si estuviera a punto de sufrir un ataque de ansiedad y se apartó ligeramente. Después, golpeó el cristal reforzado con el dorso del puño y el vidrio retumbó por toda la estancia sin romperse. El impacto fue tan potente que hizo temblar toda la estructura. Su fuerza resultaba impresionante.

Instantes después entró su escolta dispuesto a entrar en acción, pistola en mano. Alain le hizo un gesto con la mano para que se tranquilizara.

—Dices que una de esas cosas ha ido a por Alma. ¡Tenemos que ayudarla! —dijo Cintia desesperada.

—Estoy de acuerdo —respondió él—, pero ahora mismo las únicas que podríais hacer algo contra esos monstruos seríais vosotras, además no sabemos dónde está Alma o si…

Se dio cuenta de lo que iba a decir y se detuvo antes de terminar la frase.

—O si aún sigue viva… ¿Era eso lo que ibas a decir? —preguntó Cintia.

En su mirada había un destello desafiante que indicaba claramente que jamás admitiría esa opción.

—No —respondió él—, sé que aún está viva. Tiene que estarlo y no creo que tarde en venir a buscarnos. Por eso, lo que tenemos que hacer es prepararnos para enfrentar a esas cosas y ayudarla cuando llegue.

—Nos estás pidiendo que ayudemos a nuestros torturadores —dijo Alisa.

Alain se giró hacia ella.

—No, exactamente. Cuando pase todo esto, si lo logramos, os prometo que los expondremos y haré todo lo posible para que paguen lo que nos…, lo que os han hecho, pero, mientras tanto, los necesitamos. Lo que creo que está por venir es demasiado para que Alma o vosotras podáis enfrentarlo solas y creo las dos sabéis de lo que son capaces esas cosas. Tal como estamos ahora, ningún ejército del mundo podría hacer nada para evitar que nos exterminaran…

—¿Qué es lo que has pensado? Estoy segura de que tienes un plan —dijo Cintia.

—Tenemos que cruzar la oscuridad y necesito que vosotras estéis allí para protegernos —dijo Alain sabiendo el peso que tendrían aquellas palabras.

Durante la siguiente hora, les habló de los pormenores de la operación Fergusson y ellas le contaron todo lo que recordaban desde su regreso de la catedral gigantesca en el otro lado al ser rescatadas por Alma.

Poco a poco, Alain iba comprendiendo cada vez más la naturaleza de aquella oscuridad.

Jorge Serrano Celada