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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 22

enero 3, 2021
Mujer tatuada

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Ninguna

Lo inevitable había terminado por suceder. Las calles de Bilbao por las que Ana y Alma transitaban ahora a pie de camino al antiguo despacho de la fallecida doctora Bernal eran un hervidero de personas afanadas en realizar los últimos preparativos antes de la evacuación. Solo uno pocos se permitían el lujo de intentar divisar aquel fenómeno inexplicable que según las declaraciones del presidente del Gobierno, apenas una hora y media antes, a esas alturas sobrepasaría por mucho lo mil metros cuadrados y ya sería perfectamente visible.

El Plan de Protección Civil de Euskadi, apodado LABI por sus siglas en euskera, no contemplaba ni por asomo un desastre como aquel, por lo que el Gobierno Vasco y el Gobierno Central habían acordado una hoja de ruta improvisada, no sin que se produjeran las primeras reacciones contrarias por parte de la oposición.

En cada municipio, los alcaldes de los ayuntamientos ejercerían de directores del nuevo Plan de emergencia ante riesgo desconocido, como fue denominado de manera apresurada —basado en parte en los ya existentes—, y se encargarían de designar las distintas zonas de evacuación a las que debería acudir los vecinos de los diferentes barrios. Para el desalojo se haría uso de la flota de autobuses de cada Diputación con el apoyo de los servicios municipales. Durante las siguientes horas, toda circulación por carretera quedaría restringida a la reagrupación familiar y servicios básicos.

Todo eso requería tiempo y preparación, y Alma no creía que pudiera hacerse efectivo antes de que se desatara el infierno que, indudablemente, estaba por venir.

Por suerte, todo aquello había ocurrido un domingo, por lo que la mayoría de tiendas y locales permanecían cerrados, a salvo de saqueos y de la histeria colectiva que no tardaría en desatarse.

Mientras se dirigían por Las Siete Calles hacia la Plaza Nueva, aparecieron las primeras patrullas de la Ertzaintza con megáfonos por los que informaban a los vecinos de la ubicación más próxima de la zona de reunión. En unas doce horas, según indicaban, comenzarían los primeros desalojos, que se llevarían a cabo según el orden de empadronamiento publicado en los diferentes medios de comunicación. A continuación, uno de los ertzainak a cargo de aquel voceo comenzó a soltar una retahíla de calles a las que supuestamente correspondía el emplazamiento indicado.

—Todo está a punto de irse a la mierda —dijo Ana mientras caminaban de manera cada vez más apresurada.

De vez en cuando, debían evitar a los que se cruzaban con ellas y que no miraban demasiado por donde iban. Muchos de ellos iban cargados con bolsas, cajas o mochilas que apenas eran capaces de sostener.

Pocos minutos después, llegaron a los soportales que daban acceso a la plaza y junto a los cuales, subida una pequeña escalinata, se disponía el portal en el que la doctora había establecido su consulta.

—¿Qué esperas encontrar aquí? —preguntó Alma mientras Ana tocaba el timbre a varias puertas.

No estaba segura de que con la que estaba cayendo hubiera nadie dispuesto a abrirles, pero finalmente su amiga consiguió que una señora las dejara pasar bajo la excusa de que necesitaban visitar a un familiar al que no podían localizar.

—Algo que nos lleve a descubrir quién está detrás de todo esto —respondió Ana finalmente.

Cuando llegaron a la puerta de la consulta, la encontraron precintada con cinta policial que Ana retiró sin ningún tipo de contemplación. Después, sacó una especie de ganzúa retráctil y se dispuso a forzar la cerradura.

—Veo que no es la primera vez que haces esto —dijo Alma con cierta curiosidad—. Pero si me dejas…

Cuando su amiga se hubo apartado, Alma sujetó el pomo y lo giró con fuerza reventando el mecanismo de cierre —truco aprendido durante los días de prófuga con Emilio—.

—Veo que tú tampoco es la primera vez que lo haces —comentó Ana todo lo divertida que les permitía aquella situación.

Una vez dentro, se encontraron en lo que sería una sala de espera y al fondo el despacho en el que la doctora debía de atender a sus pacientes. El ambiente estaba impregnado por un fuerte olor a humedad, probablemente por la falta de ventilación. La luz seguía aún en funcionamiento, lo que les facilitaría bastante el trabajo de aquella incursión.

La consulta estaba escrupulosamente ordenada, a excepción del destrozo causado en una de las estanterías del fondo cuyos libros y revistas aparecían desparramados por el suelo entre algún trozo de cristal que otro. No parecía haber ni rastro de la sangre que supuestamente Lilith habría vertido de su herida, pero eso no significaba nada, al fin y al cabo nadie podía verla.

Alma dejó escapar inconscientemente una de sus sonrisas sarcásticas ya características. Era sorprendente la facilidad con la que había admitido en su realidad algo como la existencia de demonios invisibles. Llegados hasta aquel punto, solo era una pieza colorista más en el puzle sin sentido en el que se había convertido su vida. Al menos su amiga estaba ahí para convencerla de que o no estaba loca del todo o de que la cordura se podía perder en compañía.

Mientras Ana examinaba las baldas que habían sobrevivido al supuesto enfrentamiento con Lilith, recibió una llamada telefónica que su amiga atendió sin mirar. Tras preguntar quién era, su rostro adquirió un tono sombrío y colgó sin mediar palabra.

—¿Pasa algo? —preguntó Alma.

Ana se encogió de hombros.

—Malditas compañías telefónicas, no dejan de dar por saco ni siquiera ahora —respondió ella y apagó su teléfono—. Creo que la buena doctora escondía aquí su sistema de vigilancia —dijo señalando unas macetas con plantas artificiales—. El que se lo llevara debió de hacerlo con prisa y se dejó el cable de alimentación enganchado.

En efecto, tal como ella indicaba, un hilo negro recorría la pared oculto tras el panel de un armario.

—¿Crees que alguien se dedicó a ocultar pruebas? —preguntó Alma.

—Tú misma lo dijiste. En las noticias no hubo ni una sola mención a las grabaciones realizadas ilegalmente por la doctora. Si las hubieran encontrado se habría desatado un huracán mediático alrededor y quién sabe si el testimonio de Xabier no habría sido visto de otra forma. No, está claro que alguien hizo limpieza y, dado que Xabier fue encontrado en la escena del crimen, tuvo que ser alguien con acceso.

—¿Alguien de la policía?

Ana volvió a encogerse de hombros y acto seguido se dirigió al ordenador en el que supuestamente Xabier encontró los videos de sus sesiones.

—Pero ¿por qué alguien de la policía haría algo así? —insistió Alma.

—Tú misma te has enfrentado a una soldado que tenía habilidades y una marca similar a la tuya. ¿No crees que pueda haber más?

Alma se dejó caer sobre el sofá que había dispuesto frente al escritorio tras el que ahora se sentaba Ana. Todo aquello se complicaba cada vez más. Era extraño pensar que todo lo relacionado con el restaurante resultaba sencillo en comparación. En aquel entonces los enemigos estaban en un único lado, sin embargo, ahora parecía haber diferentes frentes, Leviatán, sus marcados, la mujer que los atacó en el cuartel y que decía llamarse Mara, Lilith… ¿Cuál era el sentido detrás de todo aquello?

—Interesante —exclamó Ana tras la pantalla del monitor—. Tal como pensaba, quien se encargó de borrar las pruebas no debía de ser ningún experto. No se preocupó de borrar los mensajes de correo enviados ni de la papelera.

—¿Qué has encontrado?

—Sonia Bernal no se limitaba únicamente a grabar sus sesiones; mantenía conversaciones sobre ellas con otra persona. No creo que la confidencialidad médico-paciente le importara tampoco demasiado.

—¿Sabemos quién es? —preguntó Alma mientras se volvía a poner en pie.

Ana negó con la cabeza.

—No, pero tengo su dirección de correo, con esto quizás podamos…

Su frase se vio interrumpida por un fuerte estruendo procedente de la entrada justo antes de que la puerta que daba a la calle apareciera volando y se estrellara contra una de las paredes de la sala de espera. Una pequeña polvareda les impidió distinguir en un primer momento al responsable de aquel destrozo, pero ambas se arrinconaron contra el estante, lo más alejadas posible de la puerta.

Alma dejó ahogar una exclamación cuando Mara entró en el despacho con cierta parsimonia, sabedora de que no tenían escapatoria.

—Vaya, vaya… Así que ella tenía razón. No creí que fuerais tan estúpidas de aparecer por aquí.

Ana fue a sacar el arma que escondía en la cintura trasera del pantalón, pero Mara pateó el sofá de dos plazas que tenía delante como si fuera un simple balón de fútbol y los empotró a ella y al escritorio contra los muebles ya destrozados que había detrás.

Alma fue a reaccionar, pero para cuando quiso darse cuenta estaba en el suelo con aquella mujer, demonio o lo que fuera sobre ella subida a horcajadas. Ni siquiera había llegado a verla moverse.

Aprisionada por las muñecas, Alma gritó enfurecida y recurrió a cada ápice de su nueva fuerza para intentar liberarse, pero Mara se limitó a reforzar su presa sonriente sin demasiada dificultad.

—Tienes una fuerza sorprendente —dijo Mara con aquel estúpido tono complaciente—. Es una pena que tenga que matarte.

Alma se revolvió nuevamente y esta vez Mara la sujetó por el cuello con una sola mano y la asfixió lo suficiente como para que no pudiera hacer otra cosa que intentar liberar aquella zarpa que amenazaba con ahogarla.

—No te preocupes, antes de eso quiero divertirme un rato —continuó ella su discurso de mierda—. Hace mucho que no sacio mi hambre en condiciones y no creo que pueda resistirme a un espécimen tan magnífico como tú.

Dicho aquello, Mara se quitó con los dientes el guante de piel que llevaba en la mano que tenía libre mientras con la otra seguía aferrándola por la garganta.

—Tienes suerte de que haya sido yo quien te haya encontrado. Si hubieras caído en manos de Leviatán habrías sufrido una agonía eterna. Al menos, conmigo tendrás un final feliz.

Acto seguido le acarició la mejilla con la mano desenguantada y su contacto resultó abrasador. El efecto fue distinto al que sufrió bajo la influencia de Román cuando la apresó en el restaurante o cuando interrumpió el anclaje de Alain. Era mucho más localizado, menos intenso, pero aún así lo suficientemente potente como para percibir una oleada de excitación que en condiciones normales no habría tenido cabida en aquella situación.

—¿Qué me vas a hacer? —preguntó Alma jadeante, tanto por la falta de aliento ahora que la presa sobre su cuello se había aflojado como por el descontrol al que su cuerpo se veía abocado.

—Voy a follarte, por supuesto.

Aquella mano terrible acarició sus pechos que liberó sin dificultad bajo la camiseta y el sujetador. Allá por donde pasaba era como si dejara un rastro de voracidad, una necesidad de ser tocada que era difícil de explicar. Si la excitación provocada por Román era burda y brutal, la que Mara le provocaba era sutil pero creciente. Si continuaba aquel ritual durante mucho tiempo no dudó de que perdería la cabeza como les ocurriera a los que se vieron sometidos por los íncubos en la oscuridad.

«Es una súcubo, igual que Lilith, es lo que hacen», pensó Alma en un acto de revelación que ya no aportaba demasiado.

—En cierto modo, con las mujeres esto es más divertido —explicó Mara mientras le desabrochaba los vaqueros—. Con los tíos todo se limita a los genitales; en cuanto se la tocas se les pone dura como una piedra y ahí se acabó todo el previo. No es que me queje, pero con vosotras es más interesante. Basta acariciaros la piel para encenderos poco a poco, cada vez más, hasta que ya no podéis resistiros.

Odiaba cada una de sus palabras, pero no dejaba de tener razón. Aquella mano maldita estaba a punto de llegar a su entrepierna y tenía que luchar con todas sus fuerzas para no facilitarle el camino. Se obligó a esconder cualquier muestra de placer mientras golpeaba fútilmente el brazo con la que aún la sujetaba. Era consciente de que pronto ni siquiera le haría falta.

Un gemido comenzó a fraguarse en su boca cuando Mara la penetró con los dedos sin contemplaciones y lo ahogó mordiéndose el labio hasta hacerse sangrar. El fuego que la invadió desde el vientre ascendió en oleadas por todo su cuerpo abrumándola, pero no impidió que fuera consciente de algo más. No podía definirlo exactamente, pero sentía que algo la abandonaba, como si alguien le succionara el aire de los pulmones, pero desde cada uno de los poros.

Se estaba alimentando de ella a través de aquella violación.

Alma cerró los dientes con rabia y por un instante, solo un instante, su fuerza pareció superar a la de Mara, que la miró sorprendida. Apenas consiguió liberar su cuello, pero enseguida perdió aquel conato de energía y volvió a caer bajo su yugo.

—Pero ¿qué…? —exclamó Mara.

En ese instante, algo más ocurrió. De repente, su captora la soltó y se echó al suelo encogida. Comenzó a gritar y a revolverse.

—¡Alma, tenemos que irnos! —gritó Ana desde el otro lado de la habitación.

Alma no lo dudó e intentó ayudar a su amiga a liberarse de la barricada que le impedía salir de allí.

Mara seguía agazapada, pero en vez de sufriendo de dolor, parecía estar bajo un influjo similar al que instantes antes había estado provocándole ella. Se acariciaba el cuerpo como si no tuviera manos suficientes. Estaba totalmente descontrolada.

—¡Qué le está pasando? —preguntó Alma mientras ambas salían huyendo de aquel despacho.

—¡No lo sé, pero no me voy a quedar a averiguarlo!

Mientras corrían, Alma se odió por su impotencia. Ni siquiera con aquellas habilidades se veía capaz de hacer nada ante tales enemigos. ¿Qué esperanza les quedaba?

Ninguna.

Jorge Serrano Celada