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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 23

enero 10, 2021
Hombre con gafas

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Apretar el acelerador

El viejo Renault Clio donado por sus mejores amigos y que hasta entonces los había llevado de un sitio para otro en su huida por todo el norte del país había hecho su parte sin protestar. Incluso cuando Emilio lo forzaba al límite de sus posibilidades y las curvas de la AP-68 se volvían casi rectas pasando de un carril a otro según necesidad y con total impunidad. Sin embargo, todo había sido en vano y ahora esperaba como todos los demás a que las retenciones de más de dos kilómetros que llegaban hasta la salida de la autopista le permitieran llegar a su destino.

Emilio acompañaba los interminables minutos de espera con recurrentes golpes al volante y maldiciones de origen variopinto. De vez en cuando, permitía que el coche previo a él se alejara más de la cuenta solo para tener la sensación de que avanzaban más al alcanzarlo.

Por quinta vez, cogió el mismo móvil desechable que había utilizado en su momento para hablar con Saioa —y desatar todo lo que vendría después— y volvió a llamar a su mujer. Como las otras veces, una voz femenina e impersonal le indicó que las redes permanecían inaccesibles por saturación.

—¡Mierda! ¡Joder!

Echó un vistazo al otro teléfono, el que Alma le había dejado junto a la carta de despedida. Ella se lo había arrebatado a su vez a la soldado que él…

Apenas podía pensar en ello. Aquel día se cumplía un mes desde que su vida se volviera un infierno, desde que lo imposible lo atrapara con sus fauces para masticarlo y escupirlo con desdén.

Estaba cansado y furioso. Eso lo había llevado a…

«¡Maldita sea, Emilio! Dilo claramente: A matar a esa mujer a sangre fría. A casi hacer lo mismo con Alma».

Ni siquiera se extrañó cuando al despertarse en la habitación de la casa rural, ya avanzada la tarde,  comprobó que estaba solo y que lo habían abandonado. Él habría hecho lo mismo. Se había convertido en un peligro para todos y para sí mismo.

En la nota que su amiga le había dejado, se disculpaba por dejarlo allí y decía no querer arrastrarlo más a toda esa mierda.

«Vive tu vida. Sé feliz con Saioa y las niñas, y olvida todo esto. Te quiero», terminaba Alma su nota.

Al final había añadido una pequeña posdata en la que le pedía que accediera al teléfono de la soldado por si pudiera darles alguna pista sobre el origen de sus habilidades o Leviatán.

No podía negarlo; lo que sintió en aquel momento fue alivio, casi una liberación para la que solo debía cumplir un pequeño trámite. Desbloquear aquel terminal no resultaría demasiado difícil; si tenía suerte solo necesitaría una lámpara y… Ahí estaba, el patrón de movimientos aparecía claramente en la pantalla dibujado con las huellas que probablemente fueran de su antigua propietaria. Casi soltó una carcajada al descubrir que era una ele.

Aquel móvil debía de ser relativamente nuevo y probablemente ni siquiera fuera el que aquella mujer utilizara de manera habitual, ya que apenas había contenido en él: ni imágenes ni ficheros ni aplicaciones instaladas, solo un histórico de llamadas que, absurdamente, no se había preocupado en borrar.

Había varios números, pero uno de ellos se había repetido numerosas veces en las horas próximas al arresto —secuestro— de Alma por los militares. Todavía no sabía qué lo había llevado a intentar averiguar algo más y marcar aquel teléfono, quizás él mismo también tuviera la necesidad de encontrarle un sentido a aquel puzle macabro, pero lo cierto era que la voz que le respondió antes de colgar solo le trajo más preguntas.

Después de eso, intentó ponerse en contacto varias veces con Alma sin conseguirlo, pero luego descubrió que el presidente había hecho público el regreso de la oscuridad —algo que él mismo apenas había procesado durante el trayecto hacia la casa rural desde el cuartel militar— y que había ordenado la evacuación de más de dos millones de personas. Desde ese momento, su único objetivo había sido regresar a tiempo con su familia.

Cogió el terminal que había pertenecido a la mujer que había asesinado a sangre fría y mientras marcaba el número de su mujer rezó casi en voz alta para que funcionara. Hasta entonces nunca se había considerado creyente. Después de todo lo vivido, ya era capaz de aceptar cualquier cosa.

Esta vez, el tono de llamada se mantuvo firme y Emilio soltó una exclamación.

Cuando por fin pudo escuchar la voz de Saioa al otro lado, las lágrimas se le escaparon y apenas le permitieron ver lo que tenía delante. Aquel simple «Diga» había servido para arrastrar de un plumazo el miedo que lo paralizaba por las noches; la vergüenza que lo ahogaba el saberse víctima de una violación y a la vez agresor del intento de otra; y el remordimiento que lo carcomía por haber asesinado a aquella mujer.

Por un momento, no se vio capaz de contestar. Solo cuando su mujer estuvo a punto de colgar se atrevió a hablar y ambos se echaron a llorar indiscriminadamente.

Quizás, solo quizás, aún hubiera esperanzas de recuperar lo que era parte de su vida. Alma, Alain, los monstruos, la oscuridad, todo parecía formar parte de un mal sueño, de una triste broma que olvidaría irremisiblemente con el tiempo. No, sabía que eso no era cierto, nada en absoluto.

Mientras los sollozos de su mujer al teléfono le devolvían la felicidad que ya creía haber perdido para siempre, apretó el acelerador.

Jorge Serrano Celada