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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 24

enero 17, 2021
MQ-9 Predator

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Miedo o emoción

Alain entrecerró los ojos y atisbó el cielo mientras con la mano en la frente pretendía formar una visera que a esas alturas de poco le iba a servir. El reciente temporal y la puesta de sol, ocurrida media hora antes, hacían imposible divisar la oscuridad a simple vista. En esos momentos tendría unos dos mil ochocientos metros cuadrados, un tamaño equivalente a seis campos de baloncesto.

El fuente torrencial que caía sobre él lo obligó a desistir de aquel intento inútil y cuando se dio cuenta de que se estaba empapando corrió cubriéndose con la chaqueta militar —obsequio de la casa— hacia la carpa en la que lo esperaban para empezar las pruebas.

En su interior, la luz mortecina de las lámparas alimentadas por generador apenas contribuían al ambiente azulado que imprimían los enormes monitores dispuestos a lo largo de la tienda. Marta y Julio observaban atentos lo que se emitía por una de las pantallas más grandes mientras uno de los soldados parecía estar al frente de unos  controles desplegados en un enorme maletín con teclado y pantalla y que a Alain le recordaron a los que se utilizaban en los simuladores de vuelo para ordenador.

Lejos de estar ante un videojuego, aquel piloto manejaba un dron del que Alain solo había visto un par de fotos. El MQ-9 Predator B tenía forma de avión con tres alerones en la cola, una envergadura de veinte metros, se desplazaba a unos trescientos kilómetros por hora y disponía de una cámara inferior de alta resolución que ahora les permitía visualizar con claridad grisácea la tormenta que se había formado ocho mil metros por debajo.

Sorprendentemente, el aparato había despegado hora y media antes desde la Base Aérea Talavera la Real, cerca de Badajoz. Aquel enorme vehículo no tripulado, probablemente de varios millones de euros, había recibido una pequeña y extraña modificación a petición de Alain: un brazo extensible en el vientre con una pelota de goma.

En cuanto lo vio entrar, Marta se dirigió a él.

—En unos minutos pasaremos por encima de la evanescencia —dijo ella sin ocultar su entusiasmo. No dejaba de morderse las uñas.

La señal proyectada en las pantallas desde la estación de control mostraba ahora, a través de una mira digital de forma rectangular con varias líneas de escala en los laterales, un Bilbao completamente nublado que parecía el objetivo de un misil, como los que se mostraban en las noticias durante la guerra de Irak.

Según las explicaciones de Julio y Marta, aquella borrasca imprevista podía ser fruto de las bajas presiones provocadas por el intercambio de aire a través de la oscuridad. Algo similar ocurrió en el Carl’s Jr., salvo que en aquel entonces lo que experimentaron fue una fuerte bajada de la temperatura que los obligó a abrigarse con las sudaderas ofrecidas por Sonia y Daniela.

—Aproximándonos al objetivo en tres, dos, uno… —anunció el piloto con tono impersonal.

Antes de que pudiera mencionar el cero, la cámara se puso completamente en negro, a excepción de la retícula y los datos de coordenadas, que seguían estando presentes. Parecía como si alguien la hubiera cubierto con algo, pero a diez mil metros de altura eso era simplemente imposible. No, lo que estaban viendo era la oscuridad, pero de un tamaño inimaginable.

Alain sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda.

—¿Es eso? —preguntó Marta aproximándose al piloto. Este pareció sentirse molesto al ver invadido su espacio y ella se apartó ligeramente sin dejar de observar el monitor.

—Ha de serlo… Es impresionante —exclamó Julio.

—Iniciando vuelo en circuito de espera dentro de las coordenadas establecidas —indicó el piloto.

Eso significaba que a partir de ese momento el dron se dedicaría a sobrevolar la oscuridad en una ruta elíptica. A pesar de su nivel de sofisticación, el Predator B carecía de la capacidad de vuelo vertical, por lo que no les quedaba más remedio que realizar aquellas pruebas a velocidad de crucero. Alain no creyó que aquello supusiera ninguna diferencia. Su teoría funcionaría o no lo haría, no había más.

—¿Empezamos? —preguntó Julio dirigiéndose a él.

Alain asintió decidido. Su cabeza, al fin centrada por la dosis de Ritalin diaria de la que le habían privado demasiado tiempo, estaba tan acelerada como él mismo. Aquella prueba determinaría la forma de llevar a cabo la misión, por lo que era crucial llegar a las conclusiones que necesitaba cuanto antes. El vértigo ante aquella responsabilidad amenazaba con llevarlo a la histeria, pero hizo lo que mejor sabía: pensar en todas las posibilidades.

—Está bien. Ahora, como hemos dicho antes, baja el dron lo suficiente como para sumergir la pelota y piensa en el patrón que hayas dibujado antes —dijo él al piloto.

Desde que se vieran atrapados por primera vez en el restaurante y comenzaran a descubrir la naturaleza de la oscuridad con aquel bolígrafo de color cambiante, había habido algo que nunca le había terminado de cuadrar del todo.

Por lo que sabían o habían deducido, era necesario un contacto físico a través de algo que uniera a quien hiciera de ancla y al objeto o la persona que cruzara la oscuridad. Sin ese enlace, cualquier cosa que pasara al otro lado parecía reiniciarse hasta cierto punto. Así había ocurrido con Andrés, el pobre hombre al que Román empujó a la oscuridad sin ancla alguna y que acabó en estado vegetativo. Su ropa hasta donde se había adentrado en lo que ahora llamaban la evanescencia parecía haber sufrido alguna clase de renovación, al igual que su cerebro, el cual ya no albergaba nada.

Mas tarde comprenderían que no era un reinicio en sí mismo, sino la ausencia de una voluntad que retuviera o incluso moldeara lo que cruzara al otro lado. Así ocurrió al introducir Sonia un bolígrafo azul pensando que era rojo, este cambio de color al extraerlo de nuevo.

Cuando Alma decidió iniciar su incursión en la oscuridad en busca de Cintia y los demás abducidos, Alain se mantuvo unido a ella —a modo de ancla— a través de una cuerda que supuestamente evitaría su reinicio y que con suerte le aportaría algo más —como una fuerza y resistencias sacadas de los iconos superheroicos con los que había crecido desde pequeño—.

Y, sin embargo, a pesar de todo lo observado, nunca entendió por qué disponían de luz en aquel Carl’s Jr. Al igual que ellos, todo el restaurante fue desplazado a aquella dimensión o lo que fuera. Por lo tanto, ¿cómo era posible que el suministro eléctrico permaneciera intacto? En aquel entonces asumió sin mayor preocupación que sería consecuencia de la voluntad de alguno de ellos, pero lo cierto era que aquel pequeño detalle invalidaba su teoría sobre la necesidad de un enlace físico, ya fuera una cuerda o un contacto directo, o al menos la difuminaba. Incluso cuestionaba la figura del ancla. En ningún momento había habido nadie preocupado conscientemente por mantener aquel aporte de luz ni mucho menos había estado pegado de ninguna forma al cableado.

Quizás fuera debido a que las leyes que regían lo que era desplazado por la oscuridad —el restaurante, entonces, y la porción de cielo, ahora— fueran distintas de las que gobernaban a todo lo que lo atravesaba. Alain no lo creía probable y en su cabeza se habían dibujado infinidad de posibilidades que ahora necesitaba confirmar.

—Desplegando el brazo extensible —señaló el piloto a la vez que en la pantalla hacía aparición el invento montado mediante un arnés improvisado.

La cámara apuntó hacia la parte inferior de aquella extremidad que sostenía una pequeña pelota de goma. Debido a la ausencia de luz y a la emisión mediante visión nocturna, esta vez las pruebas no podrían basarse en cambios de color.

—Descendemos hasta altura de inmersión —dijo esta vez el piloto.

La pelota, que volaba feliz a más de diez mil metros de altura sostenida por aquel brazo mecánico, desapareció en la nada como tantas veces había visto Alain en la entrada al restaurante.

—Vale, ahora concéntrate y piensa en ese dibujo que has hecho antes —volvió a insistirle Alain al piloto.

La prueba era sencilla, al menos en cuanto a concepto —llevar una pelota a diez kilómetros de altura era otra cosa—: Alain quería demostrar que no era necesario el enlace entre el ancla y el objeto. Hasta entonces, todas sus pruebas habían necesitado de ese contacto, ya fuera de manera directa o mediante una cuerda, pero ¿y si no fuera imprescindible? Aquello abriría sus posibilidades y eliminaría muchas limitaciones que, de otra forma, tendrían que abordar antes de iniciar la misión.

—Creo… que lo tengo —dijo el piloto, esta vez sin tanto formalismo.

—Lo tienes…, lo tienes… —casi susurró Alain pensativo—. ¡Vale, sácala!

Julio y Marta observaban todo el proceso casi sin pestañear.

El dron volvió a ascender y con ello emergió la pelota de nuevo. Todos en aquella carpa parecieron contener la respiración mientras la cámara ampliaba la imagen lo suficiente como para mostrar su aspecto.

—Su puta madre… —exclamó Marta al verla, seguido de un «perdón» casi inconsciente.

Su exabrupto ni los que Julio ahogó eran para menos. La pelota había cambiado. Su superficie hasta entonces limpia y blanca —amarilla en realidad, pero inapreciable en aquel contexto en blanco y negro— ahora mostraba una onda negra en todo su perímetro junto con infinidad de círculos que la moteaban por toda su superficie.

Alain tuvo que contener un grito de euforia. ¡Había funcionado! ¡Estaba en lo cierto!

—Disculpad… —interrumpió el piloto—. No sé lo que está pasando, pero yo no me he imaginado así la pelota.

—¿Tienes el dibujo que has hecho antes? —le preguntó Alain.

Como un sucedáneo de validación, Alain había pedido al piloto que dibujara en un papel el patrón que iba a intentar aplicar durante la prueba. El soldado asintió y sacó del bolsillo de su uniforme una hoja doblada que mostró a los demás. En ella se veía claramente una onda pintada a boli similar a la que se veía alrededor de la pelota.

—¿Y los círculos que aparecen en la pelota? —preguntó Julio—. ¿No son tuyos?

El soldado negó con la cabeza.

—Quizás se trate de algún tipo de interferencia, algo así como el ruido en una señal, signifique lo que eso signifique —explicó Marta.

Alain se acercó a la pantalla y pidió al piloto que ampliara aún más la imagen.

—Fijaos en este punto —dijo él señalando una parte en la que el patrón ondulado del piloto parecía entremezclarse con el que formaban aquellos extraños círculos—. No se trata de una simple superposición de patrones, aquí la onda que él ha moldeado parece haber adoptado esa característica forma circular, como si se hubieran mezclado… Interesante… Casi lógico…

—Pero ¿de dónde salen esos círculos, entonces? —volvió a preguntar Julio.

Sin dejar de observar aquel extraño fenómeno, Alain sacó a su vez otra hoja y la dejó encima de la mesa. Cuando Marta la cogió y vio su contenido soltó otro juramento del que esta vez ni siquiera se disculpó. En ella aparecía el patrón circular que jaspeaba la mayor parte de la superficie de la pelota.

—Has sido tú —dijo Marta dirigiéndose a Alain—, pero ¿cómo?

Alain se dirigió de nuevo a ellos.

—Pensadlo bien. No hay ningún enlace físico entre él —dijo señalando al piloto— y esa pelota. Simplemente hemos asumido que él haría de ancla y que con suerte funcionaría,  pero ¿qué ocurriría si alguien más se concentrara en modificar la pelota?

»La voluntad de ambos ha conseguido modificar la pelota y como resultado se ha obtenido una mezcla de ambos patrones, como demuestra la superposición que acabamos de ver.

»Pero no solo eso. Vosotros también estabais observando el experimento y sin embargo no parece que hayáis contribuido de ninguna manera a modificar la pelota.

—No termino de entenderlo —dijo Julio algo confundido.

—Es un ejercicio de suma de fuerzas —dijo Marta casi pensando en alto—. No es que no hayamos contribuido a modificarla, es que vosotros estabais concentrados en hacerlo y por tanto nos habéis ganado.

Alain sonrió ante su explicación.

—En efecto. Vuestra percepción de la pelota era completamente subconsciente, como una fuerza pasiva de resistencia que intenta evitar el cambio, sin embargo, la nuestra era activa y por tanto mucho más intensa.

»En nuestro caso —continuó Alain refiriéndose al piloto y a él—, la suma de nuestras voluntades era similar, por esa razón nuestros patrones se han superpuesto en vez de predominar uno sobre el otro. Eso era algo que quería confirmar.

Julio se llevó varias veces las manos a la cabeza mientras Marta no dejaba de pasearse por el poco espacio que tenían el interior de aquella carpa.

—¿Y si estuviéramos ante una forma de influir en el estado que adopta la superposición de un estado cuántico sin observar? —pregunto esta última a su compañera.

Julio hizo más aspavientos.

—¿Decidir si el gato está vivo o está muerto?

A Alain no se le escapó la referencia al famoso experimento mental propuesto por el físico austriaco Shröndinger en su discusión con Einstein y del que apenas entendía sus repercusiones. En él se planteaba un gato encerrado en una caja cuya supervivencia sería completamente aleatoria y cuyo estado sería vivo y muerto hasta que alguien lo observara. Concepto fascinante, pero incomprensible para cualquier profano de la materia.

—Entonces, ¿qué ocurre con la necesidad que nos mencionaste de usar una cuerda ? —preguntó una vez más Julio.

Alain dudó por unos instantes.

—Creo que cuando hice de ancla para Alma, en cierta forma actuó como un canalizador. Quizás sirviera para imponer mejor mi voluntad, pero creo que simplemente el hecho de que creyera que fuera necesaria hizo que así lo fuera.

»En un momento dado, Román, el que descubrimos que estaba relacionado con lo que pasó en el restaurante, llegó a quitarme la cuerda. No sé cómo afectaría eso a Alma, ya que no tengo esos detalles, pero fue capaz de regresar a pesar de ello.

»Si lo pienso bien, ni siquiera tiene sentido hablar de contacto físico o, al menos, no deja de ser un término muy vago. ¿Serviría el aire, por ejemplo? ¿El suelo que nos unía a Andrés cuando se cayó en la oscuridad?

—Todo es una cuestión de suma neta de fuerzas, como ha dicho Marta, o en este caso de voluntades —concluyó Julio.

Alain volvió a asentir.

—Hay otra prueba que quiero hacer.

Una vez más, volvieron a repetir el experimento, esta vez con patrones inducidos por todos los presentes. Cuando el dron volvió a ascender comprobaron decepcionados que esta vez el aspecto de la pelota no había cambiado y seguía manteniendo las ondas y los círculos del piloto y Alain.

—Era algo que quería confirmar —explicó Alain—. Sabía que en la oscuridad los cambios podían suceder uno tras otro, como en el caso de Alisa o de Cintia, que pasaron de estar catatónicas por la falta de ancla a recobrar la consciencia y adquirir sus habilidades gracias a Alma y la propia Cintia, pero no estaba seguro de lo que ocurriría tras volver a este lado y entrar de nuevo.

—El colapso de la superposición se vuelve definitivo una vez regresado a nuestro mundo —murmuró Marta.

—Podemos hacer trampas, pero solo hasta cierto punto —dijo Alain.

En cuanto dijo aquellas palabras, algo apareció de repente en la pantalla e inmediatamente después se perdió la señal.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Julio.

El piloto soltó los controles y miró a los demás sorprendidos.

—Creo…, creo que lo han derribado.

Alain se dispuso a salir de la carpa.

—Tenemos que hablar con el coronel ahora mismo. Hay que darse prisa —dijo animando a los demás a que se unieran a él.

Mientras salían al torrencial de lluvia que ahora caía sobre ellos, Alain tuvo que llevarse una mano al pecho. Su corazón latía a toda velocidad, no sabía si de miedo o de emoción.

Jorge Serrano Celada