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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 25

enero 24, 2021
Mujer en la ventana

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Querer descansar

Alma contemplaba las noticias en el televisor como si fueran un simple soporte de ecos y destellos. Permanecía a oscuras en el sofá, sentada de cuclillas con las piernas bien abrazadas mientras las imágenes que apenas procesaba desfilaban reflejadas en su cara.

No reconocía aquel salón ni aquel piso, al fin y al cabo habían ocupado el primero que habían encontrado vacío —algo sencillo, teniendo en cuenta la orden de evacuación— a solo unas calles de donde se ubicaba la consulta de la doctora Bernal. Como era de esperar, sus intentos por encontrar moteles disponibles habían sido infructuosos. Nadie estaba dispuesto a quedarse, por lo que no habían tenido más opción que ejercer la apropiación indebida.

Aquello ahora no podía preocuparla menos. En su cabeza disputaba dos batallas, a cuál más agotadora: en la primera, más habitual, enfrentaba la rabia por perder otra vez a pesar de lo que era capaz de hacer; en la segunda, luchaba por mantener el control de su cuerpo.

Lo que Mara le había hecho, aun distinto en cierta forma a la influencia de Román aquel entonces, también había dejado sus secuelas. A diferencia de las de este último, no creyó que fueran permanentes, pero lo cierto era que había estado tentada innumerables veces de satisfacer el deseo que ahora la atormentaba. En su cabeza veía primero a Cintia junto a ella en aquel sofá, desnuda, magnífica, y la besaba para descubrir poco después que con quien realmente compartía esas fantasías era Mara, sonriente tras una expresión burlona.

El hecho de que aquel apetito sexual tuviera su foco puesto en aquella perra le servía para reafirmar su intención de no ceder. Sin embargo, sabía a ciencia cierta las consecuencias de no hacerlo; lo había vivido en sus carnes en aquel restaurante.

Varias veces había estado a punto de pedir ayuda a Ana, pero, por un lado, la vergüenza se lo había impedido y, por otro, aquella era una pelea que, definitivamente, no quería perder ante aquella zorra del demonio.

Decidió salir de aquel bucle y distraerse conversando con su compañera. Debía de estar en la cocina intentando averiguar algo sobre el destinatario de la misteriosa dirección de correo que habían encontrado en el despacho de la no tan buena e inocente doctora.

Antes de levantarse y apagar el televisor, observó, esta vez de verdad, las imágenes mostradas en el noticiario de algunos de los puntos de evacuación. Cientos de personas se apelotonaban a la espera de ser llamados. Aún quedaban varias horas para que comenzaran los primeros desalojos, pero la gente tenía miedo y no quería perder su posición. Alma no sabía cuánto tardaría toda aquella logística en irse a la mierda y verse desbordada por aquella marabunta.

Tal como esperaba, Ana permanecía enfrascada frente a su portátil, tanto que no la vio llegar. Cuando se dirigió a ella para preguntarle cómo iba, saltó como un resorte, asustada. Parecía nerviosa e inquieta. De hecho, la notaba de aquella manera desde la noche anterior en la casa rural. Quizás tuviera algo que ver con el silencio que parecía haberse apoderado de ella. Al principio había pensado que quizás estuviera enfadada por alguna razón, pero ahora creía que había algo más.

—¿Estás bien? —preguntó Alma.

Ana le restó importancia y le pidió que se acercará para mostrarle el resultado de su búsqueda.

—Creo que he encontrado algo —dijo ella señalando una entrada en la pantalla—. No había nada en redes sociales con ese correo, pero al utilizar un dominio propio, he podido tirar del hilo. La información del registro era privada, pero…, tachán…, el dominio comparte host con otro asociado a una empresa y tengo la dirección de sus oficinas…

Alma contempló a su compañera con ojos de estupor.

—Sabes que no tengo ni idea de lo que me estás hablando, ¿verdad? —respondió ella—. El que controlaba de esto era Emilio…

En cuanto mencionó el nombre de su amigo cayó en la cuenta de que no había revisado el móvil prepago que utilizaría para comunicarse con él en caso de necesidad. Teniendo en cuenta las circunstancias en las que lo había abandonado, tendría que haber estado más pendiente.

—¿Qué pasa con él? —preguntó Ana.

Alma sacó el teléfono del bolsillo del pantalón y comprobó que estaba apagado. Lo había desactivado antes de la visita a Xabier Iriondo en prisión. Al encenderlo saltaron varios mensajes de llamadas perdidas y soltó un par de juramentos.

—Es Emilio, me ha estado llamando y tenía el móvil apagado.

—¿Qué quería? —preguntó Ana con cierta vehemencia.

Alma soltó su habitual sonrisa sarcástica.

—¿Cómo voy a saberlo? Igual tiene algo que ver con el móvil de la soldado.

—¿De qué móvil estás hablando? —insistió Ana.

Nueve llamadas perdidas y un mensaje de voz. Aquello, definitivamente, no podía ser por haberlo abandonado en aquella casa. Seguramente había encontrado algo en aquel teléfono.

—Le quité el móvil a la soldado con la marca de Leviatán —comenzó a explicar mientras intentaba devolverle la llamada a Emilio—. Mierda, no me coge… Se lo dejé a Emilio para que intentara desbloquearlo y que me llamara si encontraba algo.

Ana se puso en pie lentamente.

—Que hiciste ¿qué…?

—Me ha dejado un mensaje de voz. Voy a ver qué dice.

Alma se llevó el teléfono al oído mientras contemplaba a su compañera que, por alguna razón, parecía estar algo contrariada. Quizás estuviera molesta por no haber confiado en ella para algo así. Lo cierto era que no lo había hecho con mala intención, simplemente, su compañero de huida había sido siempre el encargado de esas cosas y casi se lo había asignado por inercia. Si eso era lo que le había estado molestando a Ana todo ese tiempo, hablaría luego con ella…

La voz de Emilio sonaba inquieta y casi sin aliento, como si se dirigiera a algún sitio apresuradamente mientras hablaba.

A medida que las palabras de su amigo se fueron articulando en su cabeza, Alma comenzó a perder las pocas fuerzas que le quedaban hasta el punto de casi dejar caer el teléfono de su mano. Contempló a la que creía que era su amiga y mentora, la que le enseñó a sobrevivir de muchas maneras; no solo en situaciones extremas, sino también a sí misma, a sus miedos, su propio desprecio, y lo único que pudo hacer fue preguntar.

—¿Por qué…?

Ana no era estúpida, al menos no tanto como ella. En cuanto hizo aquella pregunta supo perfectamente a qué se refería. Emilio acababa de explicarle que en el móvil de la soldado había registrado un número que se repetía varias veces y a cuya llamada pareció responder la persona que ahora tenía enfrente.

¿Cómo había podido estar tan ciega? Ana había sido la que les había convencido de que se dejara atrapar por los militares con la supuesta intención de obtener información sobre sus perseguidores; el mismo día que la oscuridad había hecho acto de presencia una vez más. Aquella coincidencia no se le había pasado por alto, pero había quedado relegada al olvido entre todo lo demás.

El ataque de la soldado, todas esas muertes, la criatura, incluso posiblemente Mara y Lilith; todo ese tiempo Ana había estado detrás de ello.

—¿Por qué? —volvió a preguntar, pero esta vez su tono comenzaba a reflejar la ira y el dolor que se adueñaban de ella.

Ana suspiró y retiró la manga de la camiseta que cubría su antebrazo. Alma tuvo que ahogar un lamento al contemplar el mismo pentagrama rodeado por un círculo que había visto en la soldado y que ella misma tenía grabado en su cabeza. Este, al igual que el que portaba la militar que la atacó en en el campamento, carecía de los símbolos elementales que sí disponía el suyo. El sigilio en el centro con la cruz sobre el símbolo del infinito la identificaba sin lugar a dudas como una perra más de Leviatán —por ese razonamiento, quizás ella misma también lo fuera—.

—Hay cosas que no sabes de mí, de quién soy, de lo que soy —comenzó a explicar Ana.

—¿Una perra traidora?

A esas alturas la rabia de Alma exigía de todo su autocontrol para no lanzarse sobre ella, pero necesitaba saber, encontrarle un sentido a todo aquello.

—No…, no lo entiendes… —dijo Ana—. No sabía lo que querrían a cambio. Cuando me lo ofrecieron, yo, simplemente…

—¡No sé de qué me estás hablando!

Cada palabra que pronunciaba aquella mujer a la que ahora apenas podía reconocer encendía aún más las ganas que tenía de abalanzarse sobre ella. Si no tenía cuidado podría hacer algo de lo que se lamentaría más adelante. A todo eso tampoco ayudaba lo que Mara le había hecho; apenas podía pensar con claridad.

—Alma, todos los que llevan esta marca son asesinos, violadores, pirómanos…, todos comparten algún trastorno psicopático.

—Pero tú…

—Yo no soy diferente —explicó Ana—. Desde pequeña he tenido ciertas tendencias hacia el sexo y la muerte que he tenido que aprender a controlar o, mejor dicho, a encauzar.

Alma tuvo que apoyarse en la encimera que tenía detrás para evitar que las piernas le vencieran y se fuera al suelo. Cada vez entendía menos lo que estaba escuchando.

—Entonces, ¡tú también eres una asesina? ¡Es eso lo que me estás diciendo? —gritó Alma confundida.

Su cabeza era un maremágnum de emociones y deseos. Sus dedos se clavaron con tanta fuerza en el mármol sobre el que ahora se sostenía que lo resquebrajó sin darse cuenta.

—En cierto modo, sí —respondió ella sin un ápice de remordimiento—, pero me dedico a cazar a los que son como yo.

Alma no pudo evitar soltar otra de sus sonrisas sarcásticas. ¿Se consideraba una maldita heroína por ello? No estaba segura, pero creía recordar que Emilio y Alain solían hablar de una serie en la que se planteaba algo similar. ¿En eso se había convertido su vida, en una historia barata de un guion televisivo?

No, la realidad era que alguien en quien había confiado ciegamente la había traicionado. Por su culpa Emilio había salido herido y habían muerto centenares de personas en aquel cuartel. Tenía que detenerla. Sí, definitivamente, y lo haría con mucho gusto. Había escuchado suficientes estupideces por un día y si tenía que usar la fuerza —destrozarla—, qué se le iba a hacer.

Aunque en cierto modo era consciente de que algo no andaba bien en su cabeza —la influencia de Mara quizás fuera más allá del deseo despertado por ella—, no pudo controlarse. Se puso en pie de nuevo y se agachó ligeramente, dispuesta a ir a por quien la había engañado.

—No lo hagas. No quiero hacerte daño —rogó Ana.

Aun enajenada, Alma sonrió ante la idea de que aquella traidora pudiera creerse capaz de vencerla. Experta en combate o no, su fuerza y velocidad estaban muy por encima de las de cualquier humana. Iba a arrancarle la cabeza.

Alma se lanzó a una velocidad inimaginable y empotró a Ana contra los estantes que había detrás. Los azulejos de la pared se resquebrajaron y su víctima se vio obligada a soltar todo el aire de sus pulmones por el impacto.

—¡Cómo has podido? —gritó Alma de nuevo. Agarró a Ana por el cuello y esta vez la lanzó hacia la entrada atravesando aquella pequeña cocina. El portátil y varios objetos que había por el camino salieron igualmente volando.

Ana se puso en pie tambaleándose.

—No estás en tus cabales. Mara te ha hecho algo, ¿verdad? Te está controlando —dijo Ana sin resuello.

Mara, Mara, Mara… Alma no podía quitársela de la cabeza. Pero eso no importaba, solo tenía que detener —matar— a otra perra de Leviatán. ¿Cuántos iban ya? No los suficientes.

Alma saltó de nuevo, pero esta vez su contrincante parecía estar preparada. A pesar de que su velocidad no se redujo ni un ápice, Ana consiguió interceptarla con una maestría que nunca había sido capaz de imitar y la inmovilizó en el suelo. A pesar de la diferencia de fuerza, Alma se vio incapaz de moverse cuando le retorció el brazo sobre su espalda.

—Te dije que necesitabas más entrenamiento —le susurró Ana al oído. Después se levantó, pero para su sorpresa, Alma se vio incapaz de moverse ante lo que empezó a desatarse por todo su cuerpo—. No me has preguntado qué es lo que obtuve de ellos…

»Supongo que esto de las habilidades va con el subconsciente de quien las recibe. Si eres un violador, serás capaz de enajenar sexualmente a otros, si te apasiona destripar a la gente, obtendrás algo que te lo haga más fácil. En mi caso no ha sido diferente.

Alma se encogió sobre sí misma y comenzó a jadear.

—En mi caso —continuó Ana—, me obsesiona el deseo y las situaciones en público. Supongo que por eso puedo hacer lo que puedo hacer.

Apenas podía escuchar sus palabras. Alma se retorcía por un placer en oleadas crecientes de cada vez mayor intensidad, pero que no tenían un origen definido. Era como si alguien le estuviera estimulando cada uno de sus puntos erógenos sin siquiera tocarla.

Poco a poco su cuerpo comenzó a moverse de manera acompasada, sin control, y con ello su respiración se fue acelerando hasta que no pudo evitar los subsiguientes gemidos.

—Siento hacerte esto, pero creo que lo necesitas para librarte de lo que te ha hecho Mara —explicó Ana a cien mil kilómetros de distancia.

A pesar de que no había nada que lo requiriese, Alma separó las piernas y continuó agitando sinuosamente sus caderas mientras se llevaba las manos a la cabeza y se tiraba del pelo. Pronto los gemidos se convirtieron en gritos apenas contenidos. Era como si cada punto que pudiera anhelar ser acariciado recibiera una atención amplificada por mil que apenas podía soportar.

Cuando llegó el momento culmen, Alma se arqueó hacia arriba y ahogó un quejido incapaz de manejar aquel nivel de éxtasis.

Finalmente todo terminó y entonces la abordó un agotamiento y cansancio que apenas le permitieron mantener los ojos abiertos. Mientras se perdía en el camino hacia la inconsciencia, acertó a escuchar las últimas palabras de Ana.

—Lo siento, cariño. Lo siento de verdad. No quería traicionarte, pero la bruja me obligó a hacerlo. Todavía lo hace… Voy a ir a por ella; acabaré con esa zorra. Tú vuelve con tus amigos, te van a necesitar.

Después tuvo la vaga sensación de que Ana se inclinaba para besarla en los labios, pero no pudo asegurarlo, porque el olvido hizo presa de ella.

Solo quería descansar.

Jorge Serrano Celada