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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 26

enero 31, 2021
Mujer tatuaje

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Aquel lugar

La lluvia era algo a lo que nunca había terminado de acostumbrarse, pero difícilmente habría estado preparada para un aguacero como aquel. El abrigo había comenzado a traspasar algo de humedad por las costuras y sus mejores zapatos estaban empapados, arruinados en un charco de meados o de alguna otra inmundicia. A pesar de su actual condición precaria, aquella incomodidad era casi lo que más le molestaba, solo superada por el hecho de haber dejado que esas escorias la dejaran en aquel estado.

Mara se tambaleó y se dejó caer apoyada en el hombro sobre una pared mugrienta.

Desconocía qué era lo que le habían hecho aquellas dos, pero fuera lo que fuese había consumido toda su energía de un plumazo. Sospechaba que había sido obra de la rubia, pero aún desconocía cómo una perrita faldera de Leviatán había acabado peleando codo con codo con la prometida.

Mara sonrió al comprender que probablemente la futura muñeca hinchable de Leviatán no supiera nada. Quizás pudiera utilizar eso y divertirse un poco la próxima vez.

De pronto, alguien tropezó con ella y acabó derribándola en el suelo. ¿Hasta ese punto la habían debilitado? El otro, que iba ataviado con varios bultos sin mirar por donde iba, se giró brevemente y siguió su camino apresuradamente. El resto de la turba que pasó junto a ella tampoco hizo amago de detenerse y, simplemente, la esquivaron cuando no tuvieron más remedio.

Ganado, no eran más que ganado, impregnados en miedo.

El hambre ocupaba todos sus pensamientos, tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no abalanzarse sobre el primero que pasara junto a ella. ¿Y por qué no? La flor de loto en su hombro apenas estaba abierta. Podía sentir cómo su nexo se debilitaba poco a poco.

Cuando estaba a punto de degustar a la prometida, la otra le provocó algo similar a lo que ellos podían hacer, pero sin necesidad de tocarla. Sin duda, aquella habilidad resultaba especialmente peligrosa para los de su especie. Incluso entre los suyos solo el más fuerte se alimentaba del más débil. Aquella mujer había dado con el poder para imponerse a todos ellos. Por supuesto, no creyó que fuera consciente de ello, pero debía eliminarla cuanto antes, solo por si acaso.

Se levantó de nuevo, no sin poco esfuerzo, y continuó avanzando en medio de la noche a la espera de una oportunidad para alimentarse. Al cabo de un tiempo, esta vino en forma de un pequeño bar aún abierto al comienzo de una calle cuya pendiente ya amenazaba con hacerse más cuesta arriba de lo que realmente estaba. Su estado de debilidad resultaba patético.

Al entrar, un fuerte olor a vino rancio y alcohol barato inundó su olfato. El local era especialmente oscuro, probablemente pensado para servir de picadero, pero en esos momentos, con varias luces inapropiadamente encendidas, no parecía estar ambientado para acoger a nadie.

En un principio Mara pensó que no había tenido suerte y que estaba vacío, pero poco después apareció el que sería el dueño, un hombre que rondaría los cincuenta con una camiseta negra demasiado apretada para las deformaciones que el exceso de cervezas había acumulado en él. En otras circunstancias, habría estado lejos de ser su primera elección, pero dadas las circunstancias no estaba en posición de ponerse exquisita. Lo que daría en esos momentos por el vigor de un adolescente.

—Eh, no, no. No está abierto —dijo él a la vez que se acercaba a ella rápidamente—. Con la que hay, como comprenderás, no estoy para atender a nadie. Solo estoy organizando el género antes de pirarme, así que lárgate de aquí y búscate otro sitio donde cocerte.

Aquel tipo la agarró del brazo e hizo ademán de arrastrarla fuera del bar. Mara apenas tenía fuerzas para sostenerse en pie, menos aún para resistirse. En mejores condiciones, aquel ser inmundo no le habría supuesto ningún reto, pero tal como estaba no tardaría en acabar tirada de nuevo en la calle. Debía actuar rápido.

A pesar de que la mayoría de los hombres solo podían ser, realmente, estimulados mediante el contacto de sus genitales, eso no quitaba para que los medios humanos fueran también útiles, por lo que Mara se abalanzó sobre él y lo besó en los labios. Él pareció al principio confundido, pero no tardó en ceder y comenzó a mover la lengua en su boca como si escarbara la tierra con ella.

Su aliento resultaba repulsivo y solo le provocaba ganas de destrozarle la mandíbula con las manos, pero el hambre era demasiado fuerte como para echarse atrás —aunque a esas alturas tampoco habría podido evitarlo—. Aquel desecho la empujó contra la barra del bar y prácticamente le arrancó el abrigo. Después comenzó a manosearle las tetas.

—Joder, qué zorra eres y qué buena estás —dijo él casi sin resuello mientras le descubría un pecho para lamerlo.

Durante aquellos encuentros, la energía asimilada en el acto sexual no era el único aliciente que motivaba a los suyos. El placer, convertido en una necesidad vital, también era un ansia a tener en cuenta, pero aquella basura no parecía que fuera a ser capaz de saciarla en aquel aspecto.

Mara se lo quitó de encima como pudo y ahora fue ella la que lo empujó contra el mostrador. Él protestó unos instantes, pero en cuanto ella inició el ritual de desabrocharle el pantalón, no hubo más quejas.

El desazón provocado por la desafortunada elección de su víctima alcanzó su momento cumbre cuando descubrió un pene semierguido apenas mayor que el ancho de su mano.

—¿A qué esperas?, chúpala —dijo él agarrándola del pelo y atrayéndola hacia sí.

Mara dio cuenta de la pequeña cosa amorfa y en cuanto lo hizo al menos consiguió que adoptara una firmeza adecuada. Él soltó un juramento seguido de un jadeo.

—Joder, cómo me pones —vomitó nuevas palabras. ¿No tenía ninguna forma de hacer que se callara?

Se introdujo aquel pene en la boca y se dejó insuflar por la primera oleada de vitalidad recibida con un gemido.

Apenas necesitó tres vaivenes para que él se corriera —por supuesto, sin avisar—, pero lejos de apartarse, Mara degustó el maná secretado por aquel ser despreciable como si fuera lo más exquisito que hubiera probado nunca. Su sabor amargo y algo salado era una delicia solo presente entre los humanos. Sin embargo, aquello distaba de ser suficiente.

—Lo siento, pero tendrás que conformarte con eso —dijo él e intentó volver a subirse los pantalones.

La poca energía obtenida, aunque lejos de calmar su voracidad, sirvió para proporcionarle un atisbo de su fuerza, más que suficiente para subyugar a aquel despojo.

Esta vez, fue ella la que le tiró del pelo y lo obligó a retirar las manos.

—No, no. Todavía no hemos acabado —dijo ella mientras devolvía aquella ridícula polla a su estado de erección.

Él se limitó a asentir, asustado y a la vez excitado. Mara se colocó de espaldas a él, se bajó los pantalones y esperó ansiosa a que los torpes intentos de él por atinar el camino hacia su sexo con su pequeña herramienta dieran por fin sus frutos. Cuando por fin lo consiguió, Mara recibió con una carcajada el flujo de calor que la embriagó a medida que le succionaba la vida a aquel hombre.

Entre los suyos había quienes podían controlar aquella asimilación, pero ella era de todo o nada, cuando follaba, simplemente, lo tomaba todo.

Tuvo que concederle cierto mérito al diminuto utensilio de aquel tipo al conseguir arrancarle algunos gemidos de placer, pero para cuando comenzó a calentarse de verdad el puerco se vino abajo y exhaló sus últimos jadeos antes de desmayarse. De ahí al subsiguiente paro cardíaco sería cuestión de segundos.

Mara dejó escapar un gruñido de frustración. Aquel aperitivo había distado mucho de ser suficiente, pero al menos le había dado las fuerzas suficientes para buscar algo que realmente mereciera la pena.

Cuando se disponía a terminar de vestirse, alguien la agarró de la nuca y…


Un destello iluminó unas nubes más negras que la noche por la que viajaban y Mara no tardó en reconocer aquel lugar. Era su mundo, del que había huido desde que surgiera la humanidad y su forma, como la de muchos otros, se consolidara en reminiscencia a la de ellos.

Parte de su cuerpo, el de verdad, el que no aceptaba, parecía surgir de la espalda de Laura, su huésped, desde una instantánea bidimensional y descolorida, como una pantalla indefinida en la que se representaba el bar del que acababa de ser extraída. Si bien su extremo superior podría confundirse con el de una humana, el resto estaba compuesto por diversos segmentos cuyos apéndices eran en realidad brazos de mujer, con un aspecto que recordaba al de un ciempiés. En los anillos superiores, como en una mala parodia, disponía de pechos por la zona ventral que parecían anunciar su condición femenina.

Mara aulló al verse arrastrada a aquel sitio y ser obligada a contemplarse de nuevo.

—Vamos, deja de patalear… ¿O he de decir bracear?

Lilith permanecía de pie junto a ella mientras la sujetaba por el cuello. El cuerpo desnudo de aquella demonio, a diferencia del suyo, había sido agraciado con la belleza humana y era el de una mujer joven de formas perfectas con pelo largo y liso, cuyo único indicio inhumano eran sendos pequeños cuernos redondeados en la frente.

Al verla una vez más, comprobó que aún albergaba por ella los viejos celos y deseos que, más allá de su incuestionable poder, habían hecho que se sometiera a ella.

Algunos demonios, los más antiguos como ella misma, tenían la capacidad de pasar al mundo humano por sus propios medios. En su caso utilizaba la posesión mediante un pacto sellado con el tatuaje de una flor de loto, un requerimiento fraguado por el fervor de algunos humanos siglos atrás. Para Lilith, sin embargo, era tan sencillo como desearlo a voluntad, eso sí, limitada a la proximidad de un único humano elegido y siempre invisible a los demás. Por otro lado, podía obligar a otros a regresar, como hacía ahora con ella. Le bastaría tirar un poco más para que el nexo con su huésped se rompiera definitivamente.

—¿Por qué me has traído? —preguntó Mara cuando se hubo calmado.

Lilith sonrió deslumbrante.

—He cambiado de idea. Ya no quiero que mates a la prometida.

El hambre que apenas había saciado con el dueño de aquel bar la llevó a verse sobre aquel cuerpo menudo y esbelto. Se imaginó acariciando aquella piel tersa y blanca, saboreando cada uno de sus rincones.

—Mara, Mara, Mara… No me estás escuchando —dijo Lilith con gesto compungido—. ¿Qué es lo que te ha hecho esa mujer? Estas muerta de hambre. —Aquellas últimas palabras las pronunció con una voz seductora capaz de embelesar los sentidos—. ¿Quieres que te alimente un poco?

Mara casi tembló ante aquella idea.

—Si haces eso, yo podría…

—¿Podrías matarme? —dijo entre carcajadas Lilith, casi como si fuera una niña—. No seas estúpida, no podrías aunque lo intentaras.

Acto seguido, Lilith la besó en los labios y un torrente de fuerza abrumó cada poro de su piel. Hasta entonces su percepción de la diferencia de poder entre aquella demonio y los demás había estado basada en la intuición, pero al verse expuesta a aquel calor abrasador descubrió la magnitud de la distancia que los separaba y se vio totalmente sobrecogida.

—¿Y bien?, como iba diciendo —continuó Lilith al finalizar—, necesito que busques a la prometida y que me la traigas.

Mara jamás había sentido tanta vitalidad, casi se sentía colmada, algo que era casi nuevo para ella, siempre anhelante de más.

—¿Para qué quieres que te la lleve? —contestó Mara—. ¿No sería más sencillo que la matara y así cerrar el portal?

Lilith volvió a sonreír y Mara se preguntó cómo sería disponer de ella de verdad. No tenía claro que siquiera pudiera soportarlo.

—No, he visto algo en ella… Te indicaré dónde podrás encontrarla.

—Pero ¿cómo te la llevo? —preguntó Mara—. Tu humano sigue en prisión. No puedo llevarla solo hasta allí contra su voluntad.

Lilith pareció dudar unos instantes.

—Sí, tienes razón. Supongo que ya es hora de que Xabier salga de allí… De todas formas, pensaba hacerlo antes de que los trasladaran.

»Bueno, agur.

Con aquella extraña despedida, Lilith la liberó el cuello e inmediatamente después volvió a estar en el cuerpo de Laura, de pie en aquel bar. Por un momento, sintió la necesidad de acariciarse la cara y palpar aquel cuerpo espléndido que en nada se parecía al suyo.

Minutos más tarde recibió una llamada al móvil de Laura a cobro revertido desde la prisión de Basauri a nombre de Xabier Iriondo.

El humano que Lilith utilizaba para permanecer en aquel mundo le dio una dirección basada en las indicaciones aproximadas que ella le había dado. No era el lugar exacto, pero no creyó que le costara dar con la putita de Leviatán. Xabier, con su habitual tono inanimado, insistió en que no podía hacerle daño.

Lástima. Se preguntó qué habría visto Lilith en ella.

Renovada de energía, Mara abandonó aquel lugar.

Jorge Serrano Celada