Saltar al contenido
relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 27

febrero 7, 2021
Familia en la calle

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

logo
¡YA A LA VENTA EN AMAZON!

Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Preparado para hacerlo

Todavía quedaban más de siete horas para el inicio de los traslados establecidos en el Plan de emergencia ante riesgo desconocido definido por el LABI, pero debido a la avalancha de personas ya movilizadas, Emilio y su mujer decidieron seguir el ejemplo y no quedarse fuera.

A medida que dejaban atrás la calle Voluntaria Entrega ataviados con unas pocas mochilas —Emilio había insistido en ello— y de la mano de sus dos niñas, varios vecinos los adelantaron sin siquiera mediar palabra. Muchos de ellos corrían como si el fin del mundo estuviera cerca y Emilio no dudó de que en cierto modo tuvieran razón.

La lluvia que caía con fuerza inusitada tampoco facilitaba las cosas; cada vez que pasaban por un charco, Elisa, la menor, insistía en chapotear con sus botas para el agua recién estrenadas y su padre tenía que tirar de ella.

Emilio trataba de captar alguna noticia en la emisora del móvil, pero el tráfico de datos no parecía ir mejor que la señal de telefonía y al final desistió en su intento.

—¿Nada? —preguntó Saioa.

Emilio negó resignado. Su mujer no parecía tener tantos problemas con la mayor, Ariadna, que corría a su lado diligentemente con la cara apenas visible por la capucha del chubasquero. Después de todo lo que había pasado, aquella visión, la de su familia, aunque en huida ante un inminente fenómeno sobrenatural, resultaba  esperanzadora, como un sueño irreal al que casi había renunciado. Sin embargo, por eso mismo el miedo a perderlas de nuevo amenazaba con llevarlo a la histeria y ahora no podía permitírselo.

—Todas las comunicaciones están caídas. ¡Tendremos que guiarnos por lo que vayan diciendo al llegar allí! —dijo él casi gritando para hacerse oír sobre el sonido del torrente que caía sobre ellos.

—¿Qué está pasando? —preguntó ella sin esperar una respuesta concreta.

Al llegar a casa, Emilio apenas había tenido tiempo de dar explicaciones a su mujer y menos aún  delante de las niñas —¿cómo le contaba un padre a sus hijas que los monstruos existían de verdad?—. Todo lo que había hecho era abrazar y besar a las tres, deseando que el tiempo se detuviera allí mismo. Después, las primeras imágenes en la televisión de algunos de los puntos de evacuación atestados de gente los trajeron de nuevo a la realidad y se limitaron a ponerse en marcha.

Saioa sabía que no era el momento para hablar de lo ocurrido ni aclarar las miles de dudas que probablemente la estarían asolando y eso hizo que se enamorara un poco más de ella. La culpa y las dudas por haberse acostado con Alma en aquel baño de aquel restaurante quedaron casi relegadas al olvido de los hechos justificados.

Al llegar a Portal de Foronda, la principal vía de acceso a Vitoria, se encontraron con un dibujo desolador: el carril de entrada a la ciudad estaba totalmente colapsado por vehículos cuyos focos iluminaban la noche como una avenida en Navidad; alguno de ellos, incluso, había intentado atravesar por la mediana ajardinada y se habían estrellado contra alguno de los arboles que la poblaban; otros parecían haber sido abandonados.

Numerosos efectivos de la Guardia Civil y de la Ertzaintza intentaban dirigir un tráfico a esas alturas inexistente mientras detenían a todos los que intentaban salir de la ciudad por el otro carril.

Cerca de ellos, dos ertzainak custodiaban a un hombre herido en el suelo junto a su coche. Al parecer, era uno de los que había intentando huir de la ciudad a pesar de la prohibición de circulación. Visto lo visto, aquella medida no había sido ni mucho menos infundada. Al verlos, su mujer le dio a Ariadna y se acercó a ver.

—Saioa, ¡qué haces? —preguntó él a sabiendas de la respuesta.

Su mujer, doctorada en enfermería con varios artículos de investigación y apasionada de su trabajo, era sobre todo una cabezota cuya responsabilidad no le permitiría jamás ignorar a alguien que estuviera lesionado.

Los policías en cuanto la vieron intentaron detenerla, pero Emilio se apresuró a indicarles que era enfermera y que solo quería ayudar. Lo último que necesitaban era terminar también detenidos.

Mientras Saioa inspeccionaba la herida en la cabeza de aquel hombre, Emilio aprovechó la circunstancia para preguntar por el estado de la evacuación.

—La terminal de autobuses está totalmente hasta arriba —explicó uno de los agentes—. O nos mandan más gente o esto se nos va a ir de las manos. A este paso, no creo que se pueda empezar la evacuación a la hora que han dicho.

La terminal a la que hacía referencia aquel ertzaina era el punto de evacuación asignado a su zona y el lugar de destino al que se dirigían.

Minutos después, Saioa terminó de examinar a aquel hombre y dio el relevo a los sanitarios, que no tardaron en llegar. Antes de marcharse, los policías les recomendaron que no se acercaran demasiado al punto de encuentro.

Las palabras de los agentes cobraron especial relevancia cuando se aproximaron a la entrada principal que daba acceso a la terminal. Una muchedumbre de gente se agolpaba alrededor intentando entrar. Muchos de ellos discutían por mantener su posición y otros discutían y se enfrentaban a los agentes que custodiaban la entrada. El interior, al otro lado de la puerta no parecía estar mejor.

—No creo que sea buena idea entrar ahí —dijo Emilio a su mujer.

Saioa estuvo de acuerdo con él y decidieron seguir el  consejo de los policías.

Quedaban siete horas para la evacuación y la evanescencia tenía una superficie cuatro mil doscientos metros cuadrados.

Mientras buscaban resguardo de la lluvia, Emilio se planteó que quizás fuera hora de contarle a su mujer todo lo que le había sucedido durante el último mes.  Ni siquiera sabía si estaba preparado para hacerlo.

Jorge Serrano Celada