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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 28

febrero 14, 2021
Mujer luchando

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Muy real

Como en otras ocasiones, el pozo levantado a lo lejos con unas pocas hileras de piedras desordenadas y rodeado de oscuridad sirvió para que Alma comprendiera que aquella era otra de sus pesadillas. Desde donde estaba, desnuda en el suelo, podía divisarlo bocabajo mientras Cintia se aposentaba entre sus piernas separadas y la hacía arder con la boca.

A pesar de sus vanos intentos por advertir a su compañera de que algo no estaba bien, se vio incapaz de retirarse y por el contrario sus caderas aprehendieron el ritmo con el que aquella lengua y aquellos labios exploraban su sexo.

Casi al igual que en una premonición, un brazo surgió de aquel hoyo construido en piedra, como si alguien escalara desde su interior. Aquella escena tan familiar, pero desubicada en sus recuerdos, la arrastró al pánico y, sin embargo, de su boca solo pudo obtener varios gemidos en respuesta a aquellas caricias.

Instantes después aquel cúmulo de guijarros estaba a solo unos centímetros de su frente, como si siempre hubiera estado ahí, y aquel brazo cubierto de mugre se estiró hasta casi alcanzar su cara.

Inmovilizada por las reglas de aquel sueño, Alma golpeó el suelo con los puños tratando de avisar a Cintia, que seguía inmersa en sus quehaceres, mientras sus propios jadeos se iban acrecentando en una mezcla de terror y deseo.

Quien surgiera de aquel agujero siguió avanzando y detrás apareció una mujer cuyo rostro quedó oculto tras una melena oscura y descuidada. Aquellos cabellos cayeron sobre su cara, impregnados en un líquido viscoso de color indefinido que olía a muerte.

Alma quiso gritar, pero en vez de eso permitió que su amante la tomara de las nalgas en una de sus acometidas y separó aún más las piernas.

Por alguna razón, en vez de apartar la vista y evitar el horror que vendría al contemplar los ojos de aquella criatura que se aproximaba más y más, se mantuvo expectante, entre temblores de miedo y placer.

Cuando aquel ser se acercó lo suficiente como para avistar su cara, Alma soltó esta vez un quejido de pavor al descubrir que era Cintia.

Libre, ahora, de las ataduras que la retenían, se incorporó y descubrió que quien la poseía en formas que solo había reservado para la que ahora la contemplaba desde el pozo no era Cintia. Ana le sonrió desde entre sus muslos y para cuando se echó sobre ella era Leviatán.

—¿Qué quieres que te haga ahora? —dijo, pero esta vez con el aspecto de Mara.

Después, simplemente se desvaneció o eso creyó, porque aunque no podía verla aún sentía su peso sobre ella. No tardó en percibir el aliento de Lilith contra su piel.


A pesar de la pesadilla que acababa de atormentarla, Alma no se despertó de repente, sino de forma gradual ante las caricias de unos dedos aterciopelados sobre su mejilla.

Su percepción de la realidad se vio trastocada al contemplar a Mara encima de ella y por un momento creyó estar aún inmersa en su sueño. Cuando comprendió que aquella sonrisa cínica con la que la contemplaba era muy real, trató de apartar aquella mano, pero la otra se la agarró antes con fuerza. Alma comprobó que la llevaba enguantada.

—Necesito que te portes bien y te vengas conmigo —dijo Mara con expresión seria.

Alma intentó quitársela de encima, pero la otra la tenía inmovilizada con su peso.

—¡Suéltame! —gritó Alma desesperada.

No podía volver a pasar lo mismo, no estaba dispuesta a dejarse humillar de nuevo.

—Si no haces lo que te digo, me vas a obligar a hacerte daño y luego voy a tener que dar explicaciones —insistió Mara.

Alma apenas podías escuchar sus palabras, todos sus sentidos estaban concentrados en encontrar la manera de quitársela de encima. Entonces rememoró la facilidad con la que Ana —el recuerdo de la traición de su amiga despertó otro lamento para el que ahora no tenía tiempo— había conseguido derribarla a pesar de la diferencia de poder entre ambas y comprendió que se había estado limitando a sí misma.

El miedo ante la inconmensurable fuerza de aquella demonio le había impedido hacer las cosas como sabía. Para empezar, con poder o sin él, Mara no dejaba de tener el cuerpo de una mujer de unos sesenta kilos y eso no era nada para ella.

Para sorpresa de su contrincante, Alma sujetó a su vez el brazo con la que la retenía y después solo tuvo que elevar la cadera con fuerza hacia un lado para hacerla rodar y quitársela de encima. Había practicado aquel movimiento numerosas veces. En teoría, después debía aprovechar la confusión de su agresora para golpearla en la cara y en la entrepierna —más efectivo si fuera un hombre—, pero en vez de eso, la agarró del abrigo y la lanzó hacia el techo con una facilidad casi reconfortante.

Varios trozos de escayola se desprendieron con el impacto y cayeron junto a Mara, que a pasar de todo logró aterrizar de pie.

Antes de que pudiera reaccionar, Alma la golpeó en el pecho con el puño aplicando toda su fuerza. Mara salió despedida a través de un salón que se había librado del fragor de la pelea anterior y acabó estrellándose contra el ventanal que daba a la calle. Su cuerpo salió despedido destrozando el cristal y gran parte del muro exterior.

A pesar de que ya era de noche y de que gran parte de la gente había acudido a las zonas de evacuación, Alma pudo escuchar diversos gritos y expresiones de asombro procedentes de la calle. Cuando se asomó por el enorme boquete dejado en la fachada del edificio, comprobó que varias personas se habían reunido alrededor del cuerpo de Mara. En cuanto la vieron, comenzaron a señalarla y algunos sacaron los móviles para grabar la escena.

—¡Apartaos de ahí! —gritó Alma a aquel gentío.

Sabía perfectamente que aquello no sería suficiente para acabar con Mara. Si se veía acorralada, no sabía lo que podría hacer a toda esa gente.

Sus advertencias tuvieron el mismo efecto que en la Cintia de sus pesadillas y los que estaban más lejos se fueron acercando a la presunta herida, que comenzaba a moverse.

Cuando Mara se incorporó pesadamente, hubo más exclamaciones de asombro y para entonces, aquello era una fiesta de móviles y flashes.

Alma fue a advertirlos de nuevo, pero para entonces ya fue tarde. Mara agarró de la camisa a un hombre que tenía cerca —más preocupado en grabarla que por ayudarla— y le atravesó el esternón con los dedos lentamente, como si su cuerpo fuera de mantequilla. Aquel pobre diablo gritó durante segundos que resultaron eternos antes de morir y ser lanzado a un lado con desdén.

Los demás, al verlo, comenzaron a gritar y se alejaron de allí, pero aún hubo quienes perseveraron en su propósito de no perder ni una sola toma con el móvil.

Alma tuvo ganas de sacarlos a rastras de allí, pero no tenía tiempo que perder. Aquella podía ser su última oportunidad.

A pesar de su fuerza, las leyes de la física, de las que tampoco sabía demasiado, eran incontestables —al menos las que no tenían que ver con lo que podía hacer— y seguía necesitando un punto de apoyo para poder sacar todo su potencial. Como ya había descubierto por las malas en alguna ocasión, no podía lanzarse sin ton ni son adonde quisiera y llegados a ciertas velocidades o fuerzas contrarias se convertía en poco más que una pelele que solo sabía resbalar por el suelo. Lo del superhéroe capaz de detener un tren con las manos desnudas no parecía ajustarse demasiado a la realidad —significara lo que significase aquello—.

Con un pequeño salto, Alma se agarró a un saliente que tenía encima y lo utilizó para incorporarse y elevar los pies contra la cara externa de la pared. No estaba segura de si la estructura aguantaría, pero rezó para que no acabara deslomada en el suelo.

«Solo un impulso, solo un impulso» —pensó antes de lanzarse con todas sus fuerzas contra Mara.

Si algo bueno había tenido el pequeño espectáculo de Mara era que había conseguido apartar a la mayoría de la gente, al menos lo suficiente para lo que quería hacer.

Lo que más tarde mostrarían los diversos vídeos que se multiplicarían por la red con cientos de miles de reproducciones era a una mujer de pequeña estatura asomada desde el hueco dejado en el frente de un edificio, producto quizás de alguna explosión. Instantes después parecía subirse a la pared y desde ahí se lanzaba contra el suelo a una velocidad tan inimaginable que desaparecía en un borrón de la pantalla. Acto seguido se producía un fuerte estallido y todo lo que quedaba era una humareda que ya no permitía ver nada más. La mayor parte de los comentarios dudarían de que aquello fuera real.

Y sin embargo, a pesar de lo impactante de sus movimientos para el resto de los mortales, Alma no tuvo más remedio que enfrentar la cruda realidad. Mara había detenido su puñetazo con una única mano absorbiendo parte del impacto que logró formar un pequeño cráter en el suelo a su alrededor.

Antes de que pudiera reaccionar, Mara la volvió a tomar por el cuello y la elevó en el aire.

—Gracias por la cobertura —dijo la demonio en referencia a la polvareda que ahora las mantenía ocultas a ojos extraños—, pero creo que es hora de que vuelvas a dormir.

Dicho esto, le estampó la cabeza contra la tierra descubierta por el impacto: una, dos, tres, cuatro veces. En la quinta, Alma ya no pudo contar más y se desvaneció.

Para cuando el viento y la lluvia, cada vez más fuertes, consiguieron despejar el ambiente ya no había ni rastro de las dos mujeres que habían protagonizado aquella escena imposible. Solo los destrozos en el suelo y el cadáver ensangrentado del más curioso de todos ellos sirvieron como evidencia de que lo que decían aquellos testigos había sido muy real.

Jorge Serrano Celada