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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 29

febrero 21, 2021
Pomo puerta

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Al otro lado

Mientras ascendía por las escaleras exteriores que conducían al segundo piso, Alain tuvo tiempo de maravillarse una vez más con la capacidad de quienes acababan de levantar un asentamiento como aquel en tan poco tiempo. La construcción modular a la que estaba accediendo era un edificio de dos plantas con tejado voladizo. La fuerte borrasca desatada horas antes por las bajas presiones debidas a la oscuridad provocaba que la lluvia resonara por toda la estructura metálica con cadencia hipnótica.

En cuanto atravesaron la entrada, Alain se sacudió el chubasquero y esperó a que el cabo asignado como su escolta lo guiara.

El interior no podía ser más sencillo y consistía en un pasillo flanqueado por varias dependencias. Su destino parecía estar al final.

—Es aquí —dijo el soldado señalando una de las estancias.

Alain asintió y en cuanto colocó la mano en el picaporte pudo escuchar los murmullos de quienes esperaban al otro lado. Un fuerte temblor se apoderó de él y se vio obligado a retirarse para tomar aire.

Durante el último mes había soñado con aquel momento infinidad de veces y, sin embargo, ahora no se veía capaz de hacerle frente.

—Tú tampoco sabes qué decirles, ¿eh?

Como él, Cintia acababa de entrar a aquel edificio escoltada por otro soldado que a su vez la conducía a otra de las habitaciones. Aún llevaba puesto el gorro del chubasquero, probablemente en un intento por mitigar el impacto de su aspecto castigado durante todos esos días de pruebas y encarcelamiento.

—Sabes que en el caso de tu prima y tú no tenéis por qué hacer esto, ¿verdad? —explicó él—. Según las pruebas que hemos hecho, después de regresar ya no hay vuelta atrás. Es definitivo.

Cintia asintió.

—Aun así quiero volver a verlos… Ya sabes, por si es la última vez —respondió ella con cierta melancolía.

En aquel instante Alain se odió por ser responsable de aquella posibilidad. Aquella mujer había sufrido más de lo que cualquiera podría soportar y, sin embargo, ¿qué otra cosa podía hacer? Tanto ella como su prima eran dos piezas claves en la operación que iban a llevar a cabo. Los primeros minutos podían ser cruciales —su información sobre lo que les esperaría nada más entrar era vaga e inconexa— y disponer de dos miembros con habilidades desde el principio era una ventaja de la que no podía prescindir.

—Cintia…, siento que tengas que pasar por todo esto.

—Yo también…, pero es mi decisión, no tuya. Todos estamos aquí haciendo lo que tenemos que hacer —respondió ella justo antes de entrar en el cuarto que le correspondía.

Incluso desde donde estaba, Alain pudo escuchar los gritos de conmoción que se desataron tras su entrada en aquella sala. La entereza demostrada por Cintia lo inspiró a hacer lo mismo: devolvió su mano a su posición original en el pomo de la puerta y lo giró.

Expresar en palabras la emoción que lo abrumó al ver a sus familiares y amigos más cercanos le habría resultado imposible. Como no podía ser de otra manera en él, las lágrimas fluyeron libres en sus mejillas y por un instante se vio a sí mismo como una presa resquebrajada que ya no soportaba más presión.

Su madre acudió a socorrerlo cuando cayó de rodillas en el suelo y ambos se abrazaron como si se hubieran reencontrado tras años de ausencia —en cierto modo, así era—.

Un vistazo rápido por encima del hombro de su madre le sirvió para divisar a su prima Nahia y a algunos de sus mejores amigos. Todos ellos se acercaron para abrazarlo o sacudirle cariñosamente la cabeza o el hombro.

Tras unos minutos en los que lo único que pudo hacer fue dejar que todo aquel ánimo embalsado fluyera por fin, llegaron las primeras preguntas.

—Alain, no me entiendas mal, eh. Me alegro un montón de volver a verte, pero ¿por qué nos han traído a mi familia y a mí aquí? Se supone que los autobuses salen en menos de cinco horas —preguntó Javi, uno de sus mejores amigos y también cercano a Alma y a Emilio. Si no hubiera sido por temas de trabajo, probablemente habría acabado aquel día encerrado con ellos en aquel restaurante.

Alain se apartó de su ama, que así era como llamaba a su madre, y trató de recomponerse en la medida de lo posible.

Además de Javi, su prima y su madre, otros amigos como Sofía, que era casi como una hermana para ella, Ander o Iñaki —al que todos llamaban Larry por su apellido, Larrondo— esperaban una respuesta a aquella pregunta, pero en ninguno percibió el más mínimo atisbo de reproche. Todos confiaban en él, incluso antes de aclarar por qué estaban allí.

Detrás de él, un televisor apagado de gran tamaño se disponía verticalmente, tal como había indicado.

—A ver…, casi no sé por dónde empezar y tenemos mucho de qué hablar —dijo Alain tratando de buscar las palabras adecuadas que le permitieran dar algo de sentido a todo lo que tenía que explicar—. Todos sabéis lo que es un ancla, ¿verdad…?

Aquella pregunta, tan extraña y cargada de un significado que todavía no podían entender hizo que todos lo miraran con extrañeza.

El fragor de sus pensamientos, probablemente acuciados por toda aquella carga de hipersensibilidad, le recordó que aún le faltaba la última toma de su medicación contra el déficit de atención. Le volvía a costar pensar con claridad.

Sin duda, aquella sería una mochila que no le importaría perder al cruzar al otro lado.

Jorge Serrano Celada