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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 30

febrero 28, 2021
Prisión

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Montar una buena

No podía evitarlo y esa era la triste realidad. El fuerte olor aún impregnado en sus dedos evocaba un deseo que  le era imposible negar. A pesar del maltrato constante al que se veía sometido por parte de Lilith, Xabier no podía dejar de anhelar las apariciones en las que ella buscaba algo más que utilizarlo como un saco de boxeo.

Consciente de lo patética que era su situación, soltó una carcajada sin sentido y se golpeó levemente la cabeza varias veces contra la pared que tenía detrás —como si no la hubieran zarandeado ya lo suficiente—.

Estaba jodido y lo sabía. Sentado sobre el catre en la oscuridad de su celda, no sería la primera vez que se planteara el sentido de seguir con todo aquello. Lo único que lo motivaba era el sexo del que cada vez era más dependiente. Quizás eso fuera también otra forma de supervivencia, ya que le había servido para mitigar en parte el terror que Lilith le hacía sentir.

Sabía que era cuestión de tiempo que cualquier día a ella se le fuera la mano y acabara con su vida. Quizás por eso no había tomado aún la decisión de hacerlo él mismo —tampoco sabía cómo ni si sería capaz—.

De entre todas las numerosas estupideces que había hecho a lo largo de los años, escuchar a la doctora e intentar matar a Lilith se había llevado la palma. Si bien era cierto que antes de que todo se fuera a la mierda ya había atisbado algo de la crueldad de la demonio —aún recordaba el dolor en los huevos al negarse por primera vez a complacerla en medio de una clase—, en cuanto le clavó aquella navaja desató un infierno para el que nadie habría estado preparado.

Lilith seguía sin permitir que nadie más lo tocara, lo que le había servido para ganarse cierta reputación y evitar que otros reclusos —o incluso los funcionarios— se metieran con él. Pero más allá de eso, parecía encontrar cualquier excusa para golpearlo o retorcerle alguna articulación —la venda en su mano izquierda era buen testigo de ello—.

Los funcionarios médicos habían llegado a la conclusión de que las lesiones no eran autoinfligidas, pero nadie se explicaba qué ocurría y habían optado por olvidar el tema achacándolo a algún ajuste de cuentas que se destaparía en algún momento.

Y sin embargo, a pesar de todo, no podía dejar de soñar con aquel cuerpo desnudo e invisible, de pechos menudos y piel suave, que se alimentaba de él mediante orgasmos jamás imaginados y arrancados cuándo y cómo ella deseaba.

Aquella noche Lilith solo lo había obligado —si es que eso era necesario— a masturbarla sin tomar nada de él —por lo que había deducido, ella precisaba del contacto directo con su sexo para tomar lo que fuera que le arrebatara cada vez que lo follaba y lo dejaba agotado e inconsciente durante horas—. Quizás por esa razón ahora no podía dejar de pensar en ella, hasta el punto de que, aun sin reservas fisiológicas que le permitieran rendir sexualmente en condiciones normales, una tímida erección abultaba la ropa interior en su entrepierna.

Se había planteado hacerse una paja él mismo, pero lo cierto era que no creía que su cuerpo diera para más. Solo Lilith era capaz de exprimirlo hasta la extenuación —en más de una ocasión había temido caer fulminado de un infarto o algo semejante—. Había habido noches en las que ni siquiera había podido dormir por el dolor en los genitales. Cuando eso ocurría, Lilith solía dejarlo tranquilo una temporada, como si supiera que debía darle tiempo para que se recuperara antes de volver a utilizarlo.

El ambiente tampoco animaba a intentar encontrar un momento de intimidad. El resto de reos no había dejado de protestar durante toda la noche con golpes en las puertas y gritos de diversa índole. La mayoría exigían que los sacaran de allí, otros simplemente se limitaban a jurar e insultar.

Las cosas en la prisión de Basauri habían empezado a torcerse unas horas antes cuando el director anunció por megafonía que en su caso la evacuación dictaminada por el LABI tendría lugar sobre las dos de la tarde del día siguiente, unas nueve horas después del comienzo de las asignadas al resto de civiles.

Debido a la altura de la ventana que daba al exterior no podía verlo, pero la lluvia no dejaba de golpear los cristales con insistencia, como si tampoco estuviera de acuerdo con aquella decisión.

Xabier decidió que ya era hora de intentar dormir un poco. El cambio de instalaciones no creyó que fuera a mejorar en nada su situación, si acaso la empeoraría, pero nada de lo que hicieran sus compañeros presos serviría para acelerarlo. Era evidente que en este caso las ratas serían las últimas en abandonar el barco. Si por el camino aquella cosa que debía de estar sobrevolando medio Bilbao los tragaba, no sería él quien se quejara.

Se había recostado ya en el colchón de espuma que aún conservaba olores de su anterior dueño que no se atrevía a identificar cuando alguien le arrancó la colcha y lo sacó de la cama tirándole de la pierna. En el proceso no pudo evitar golpearse la barbilla contra el suelo, lo que añadiría otro moretón a los que ya coleccionaba en su cara.

Xabier comenzó a gritar agitando las manos para protegerse de su atacante. Por supuesto, aquello sería inútil. Aunque como siempre no podía verla, Lilith debía de haberse aburrido de esperar donde quisiera que se metiera cuando no lo estaba torturando o follando y había regresado para divertirse un rato.

—Lilith, no, por favor… No me pegues más —suplicó él a la oscuridad—. Puedes tomarme si quieres, todavía tengo fuerzas.

Por un momento, no sucedió nada más, después ella lo agarró de la muñeca vendada y lo arrastró hacia la puerta como si fuera un muñeco.

—Es hora de que hagamos un viajecito —dijo Lilith. A pesar del terror que le hacía sentir, su voz resultaba tan seductora como el resto de ella.

Xabier no entendía a qué se refería. En todo el tiempo que habían estado allí encerrados, Lilith no parecía haber demostrado ninguna intención de querer escapar de allí. Hasta entonces había asumido que aquella empresa habría sido imposible incluso para ella, pero cuando la puerta metálica de su celda se dobló como si fuera de cartón tras el estallido de un fuerte golpe, comprendió que hasta ahora, simplemente, no había querido hacerlo.

Un segundo impacto hizo que lo que quedaba de la puerta saliera disparada.

—Joder, qué débil soy aquí —masculló Lilith.

Acto seguido, Xabier fue arrastrado hacia el pasillo en el que se disponían las celdas de sus vecinos. El ahora amasijo metálico que había hecho las veces de frontera entre su cárcel y el exterior se había estrellado contra los azulejos de color blanco que recorrían la parte inferior de la pared frontal y había dejado un bonito boquete. El resto de las paredes y el techo seguían conservando aquel color amarillo que aún parecía más enfermizo a la luz ensombrecida de las lámparas de neón.

Xabier hizo ademán de ponerse en pie, pero Lilith lo agarró de la camiseta y lo llevó hacia la celda contigua a la suya. Inmediatamente después, el pesado cerrojo que mantenía la puerta cerrada se abrió por sí solo con un fuerte chirrido.

—Pero ¿qué estás…? —musitó Xabier.

No le dejó terminar su pregunta. Para cuando quiso darse cuenta, Lilith hizo lo propio con las demás celdas mientras lo llevaba de una a otra como un pelele —otro aspecto que Xabier había logrado deducir era que Lilith no podía alejarse demasiado de él, como si ambos estuvieran atados o algo similar—.

Desde que Lilith derribara la puerta como si hubiera hecho explotar una bomba, el silencio se había adueñado de aquel módulo. Sin embargo, poco a poco, a medida que las puertas se iban abriendo, los presos se iban atreviendo a salir asustados.

Xabier estaba convencido de que los vigilantes no tardarían en llegar, pero Lilith parecía estar preparando la distracción perfecta: un motín alimentado por la situación caótica que estaban viviendo. Por lo que acababa de ver —aunque realmente ya lo sabía—, Lilith podría haber huido por la fuerza en cualquier momento, sin embargo, parecía optar por una solución menos directa.

Por primera vez, además de deseo y pavor, Xabier se sintió intrigado por la demonio que lo torturaba día tras día y se dio cuenta de que apenas sabía nada de ella.

No tuvo tiempo para más elucubraciones, Lilith lo tomó del brazo y lo obligó a pegarse a la pared, como si esperara por algo. Más y más presos fueron saliendo al pasillo y a lo lejos comenzaron a escucharse los gritos de los funcionarios que cada vez estaban más cerca. Sin duda, se iba a montar una buena.

Jorge Serrano Celada