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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 31

marzo 7, 2021
Hinchado de globo

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Volver a temblar

Alain trató de divisar a lo lejos el resplandor de las luces bajo las que se cobijaría la ciudad que había añorado especialmente durante el último mes y que era su hogar. La noche cerrada y el fuerte torrencial de lluvia que caía a su alrededor apenas le permitían ver más allá de los límites del aeropuerto.

—¡Tenemos que ir ya! ¡Es casi la hora! —insistió su sempiterno escolta.

Ambos llevaban puesto un traje antigravedad como el que utilizaban los pilotos de las fuerzas aéreas y que impedían, según le habían explicado, que la sangre retrocediera hacia las piernas y el abdomen durante una fuerte aceleración vertical. Aquella había sido la pequeña concesión que Alain les había hecho a Marta y Julio tras su pretensión de ataviarlos con un traje espacial completo. Ninguno de los tripulantes —ni siquiera los militares— disponía del entrenamiento adecuado para embutirse en una indumentaria que podría superar fácilmente los cien kilogramos de peso, por mucha protección que fuera a otorgarles.

Nadie, ni siquiera él, sabía lo que se encontrarían al atravesar la oscuridad y aunque aquella incógnita lo molestaba especialmente, no le preocupaba demasiado su salvaguarda. Al fin y al cabo, el relato de Cintia y Alisa le había dejado muy claro lo que debían hacer o, mejor dicho, por lo que debían pasar.

Alain siguió al cabo Hernández por una de las pistas del aeropuerto de Foronda bajo la potente luz de los focos. Situado a unos diez minutos en coche de Vitoria, su ciudad natal, y a unos setenta kilómetros del campamento militar en Lujua, aquel punto había sido el elegido para el comienzo de la operación Fergusson que los llevaría hasta lo que los del IFT denominaban evanescencia.

Un escalofrío recorrió la espalda de Alain al divisar la vela de un globo blanco y semitransparente a medio hinchar que se elevaba varios metros por encima del suelo. En medio de aquel temporal, numerosos operarios se afanaban a su alrededor mientras terminaban de llenarlo de helio y mantenían gran parte de su estructura amarrada al asfalto sobre una pista improvisada de un material plástico.

A bastante distancia de allí, una grúa sostenía en el aire la góndola que los serviría de transporte; su forma recordaba a la de una hamburguesa gigante —algo irónico, teniendo en cuenta que su primera incursión en la oscuridad había sido en un restaurante donde las servían— de un color blanco reflectante, como el que se veía en  los dispositivos que utilizaba la NASA, con grandes ventanales ovalados de un material que parecía cristal polarizado.

Bloon, que así era como se denominaba aquel aerostato estratosférico, había sido diseñado por la empresa española Zero 2 Infinity para llevar a cabo vuelos turísticos que sobrepasarían los treinta y seis kilómetros de altura.

Aquel había sido el medio escogido para sobrevolar la oscuridad, que en esos momentos tendría unos dieciséis mil metros cuadrados de superficie, y dejarse caer sobre ella. Aunque aquellos números pudieran parecer enormes, lo cierto era que aquella misión era un equivalente a gran escala del consabido ejemplo de enhebrar un hilo en el ojo de una aguja. Los cálculos habían sido llevados a cabo minuciosamente entre la gente del IFT y los técnicos de la empresa propietaria de aquella aeronave.

En cuanto el cabo Hernández y él se acercaron al lugar, otro soldado acudió a su encuentro. Sin mucho éxito, trataba de protegerse de la lluvia y el viento con la mano. Se presentó como el sargento Fernández y, a pesar de los nervios que amenazaban con hacerlo vomitar, Alain tuvo que contener una carcajada al recordar los cómics de Tintín en una referencia que probablemente solo él pudiera entender y que aquellos dos acababan de servirle en bandeja.

Aquel sargento, que sería el encargado de coordinar la operación, les indicó que el resto de tripulantes los esperaba junto al tren de vuelo. Un total de seis personas conformaba aquel contingente: tres soldados encargados de garantizar el éxito de la operación y tres civiles que harían las veces de consultores. Políticos y burócratas podían calificarlos como quisieran, pero Alain sabía que en realidad Cintia y Alisa eran el verdadero músculo de aquella misión, los soldados solo eran el apoyo que con suerte servirían de algo más. En cuanto a él, no tenía muy claro que fuera el más adecuado para estar ahí, pero aún así había insistido en ello a pesar de las protestas de Marta y Julio.

Antes de empezar aquella locura, decidió saludar a sus dos antiguas compañeras de viaje hacia el inframundo. Desde su conversación en aquella celda, la tarde anterior, no había vuelto a hablar con ellas, excepto las cuatro palabras que había cruzado con Cintia esa misma noche antes de reencontrarse con los suyos. Al verlo, esta última se le echó al cuello y le dio un abrazo que él no tardó en corresponder. A pesar de todo lo que había pasado —y de lo que le quedaba por delante—, aquella mujer parecía conservar el calor y la ternura que él recordaba. Su prima no parecía compartir la misma magnanimidad y se mantuvo a cierta distancia con el ceño fruncido.

—Todavía estáis a tiempo de echaros atrás —le dijo a Cintia.

Ella negó con la cabeza.

—Estoy harta de ser la víctima. Si puedo hacer algo, quiero estar ahí —respondió ella con cierto brillo en los ojos—. Además, si con esto evito que Alma tenga que pasar por ello…

Al escucharlo, Alain evocó el nombre de su amiga y rezó para que estuviera bien. No dudó de que pronto se encontrarían y, como Cintia, él también quería estar preparado para cuando eso sucediera.

—¿Cuánto tardaremos en subir a ese agujero? —preguntó Alisa, que finalmente había decidido acercarse. Bajo los chubasqueros, ambas portaban el mismo traje antigravedad que él.

—Hora y media de ascenso. Después soltarán la cápsula y estaremos unos segundos en caída libre antes de que se abra el paracaídas y atravesemos…

Alisa se abrazó a sí misma.

—Tengo miedo.

A pesar de lo lanzada que se empeñaba en parecer ante los demás, lo cierto era que la prima de Cintia no dejaba de ser una veinteañera a la que le habían arrebatado varios años de su vida —o, mejor dicho, que se los habían devuelto—. Alain no podía ni imaginar lo duro que debía de ser algo así.

—Yo también lo tengo —respondió él. Después, enfrentó la mirada de ambas—. ¿Recordáis lo que hablamos ayer sobre lo que ocurriría cuando atravesáramos la oscuridad? —Ambas asintieron a la vez—. Confío en vosotras.

Cintia soltó un suspiro a medio camino de ser un sollozo. Odiaba poner el peso de aquella responsabilidad sobre sus hombros, pero no tenía otra opción. Luego pensó que durante el ascenso tendría que buscar la mejor forma de revelar aquello al resto de los tripulantes y eso no ayudó a calmar sus nervios.

Hasta entonces, había temido que al desvelar aquellos detalles la misión fuera cancelada, por lo que había optado, quizás egoístamente —aunque prefería pensar que de manera responsable—, ocultar aquella información.

Mientras el sargento les indicaba que había llegado la hora de subir a la cabina —hamburguesa—, Alain solo podía pensar en qué palabras utilizaría. Al fin y al cabo, no había una forma bonita de decir a los otros que debían morir.

Sus manos volvieron a temblar.

Jorge Serrano Celada