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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 32

marzo 14, 2021
Mujer rubia

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Sonreír aliviada

Desde donde estaba, Ana podía escuchar las protestas que debían de estar desatándose al otro lado de aquella avenida en la plaza Moyua, uno de los puntos designados para la evacuación que debía empezar en apenas unos noventa minutos. Por los gritos, no creyó que aquello estuviera ni mucho menos bajo control.

Ella, por supuesto, después de lo sucedido con Alma no había hecho uso de su libertad para abandonar la ciudad en su condición de no residente. Era lo suficientemente estúpida como para, a pesar de todo, seguir rebuscando en el fango de la pista que habían encontrado en el despacho de la doctora Bernal. ¿Y qué otra opción tenía? Aquella podía ser su única posibilidad de acabar con las pesadillas, como ella las llamaba. Por otro lado, a pesar de lo mucho que Alma pudiera odiarla en esos momentos, no estaba dispuesta a abandonarla.

Así que ahí estaba, enfrente de un edificio antiguo que en su segunda planta albergaba las oficinas de una empresa subsidiaria de otra que a su vez dependía de Telcobasque, una de las principales operadoras de telecomunicaciones en aquella comunidad autónoma.

La fachada de aquella edificación presentaba cornisas y molduras elaboradas que le otorgaban un aspecto en general solemne, pero la zona destinada al departamento que estaba buscando era sencilla, con apenas tres viejos ventanales que reclamaban a gritos una inversión en arreglos y mejoras.

El viento arreciaba con fuerza, pero al menos la lluvia les había dado un poco de tregua. Ana no se lo pensó más y se acercó al portalón que daba acceso a aquel bloque.

Como era de esperar, ninguna de las placas identificativas situadas en la entrada correspondía a la compañía que la había llevado hasta allí. Quienes fueran los que estuvieran detrás parecían haberse preocupado en no darse a conocer demasiado.

La puerta, forjada en hierro y con barrotes, estaba cerrada y no creyó que pudiera hacer uso del mismo truco que utilizó para acceder al despacho de la doctora Bernal. Sin embargo, a esas alturas había cosas por las que ya no era necesario preocuparse, por lo que sin mayor dilación utilizó el codo para romper el cristal tras las rejas, deslizó la mano por el agujero y giró el pomo desde el otro lado.

Una vez hubo subido las escaleras hasta el segundo piso trató de localizar la puerta que tenía anotada, pero le llevó varios intentos, ya que estaba completamente a oscuras —en ese tipo de edificios era habitual desactivar la iluminación fuera del horario laboral— y, como sucedía en el portal de abajo, la mano correspondiente no tenía ninguna indicación que permitiera reconocerla.

Ana sacó la ganzúa retráctil que Alma no le había dado la oportunidad de utilizar anteriormente y sujetó entre los dientes la pequeña linterna que había tenido a bien llevar consigo. Debía de estar algo oxidada, porque le llevó un par de maldiciones y varios minutos más conseguir que la cerradura cediera. Por un momento, mientras lo intentaba, creyó escuchar un ruido al otro lado, pero después de esperar prudentemente en silencio unos segundos, llegó a la conclusión de que habría sido su imaginación.

Como no podía ser de otra forma, el interruptor de la luz se limitó a emitir un leve clic sin hacer nada más cuando lo pulsó. Si habían desactivado por completo la corriente, su misión se iba a complicar considerablemente.

Ana suspiró y recorrió con el haz de la linterna aquella estancia. El pequeño círculo brillante fue estrellándose con las sombras que se resguardaban entre mesas de escritorio, monitores, archivadores y cajoneras. Tal como se percibía desde la calle, aquel sitio no era demasiado grande y el espacio parecía ser un problema para sus ocupantes, ya que había pilas de documentos, carpetas y clasificadores por todas partes.

 El deseo de volver a uno de sus juegos la atormentó de nuevo. El miedo y el cansancio —¿cuánto tiempo llevaba sin dormir?— hacían que aquel fuera el último lugar en el que deseara estar. Casi podía fantasear con las nuevas ideas que se agolpaban en su cabeza a la luz de sus nueva habilidad. Casi no había podido hacer uso de ella —lo había intentado consigo misma, pero no había parecido funcionar— y aquello la frustraba. Soñó con repetir la experiencia del cine. Quizás esta vez abordara a una pareja en vez de a un solo novio hastiado o, mejor aún, a todo un grupo. Lo cierto era que ya no había límite y aquello la asustaba.

Estaba en aquellos pensamientos, muy lejos de donde debía estar, cuando escuchó otro ruido, esta vez perfectamente audible, junto a uno de los puestos más alejados del que parecía ser el único despacho en aquel lugar. Ana señaló el punto con la linterna y creyó percibir cierto movimiento en una de las sillas más alejadas. Fue solo un instante, pero estuvo segura de no equivocarse: allí había alguien.

Instintivamente se llevó la mano a la funda sobaquera en la que guardaba la Smith & Wesson de 9 mm que se había traído por si acaso y se acercó lentamente.

Quien estuviera allí escondido no tenía por dónde escapar, pero aun así Ana se mantuvo prudente e intentó flanquear la mesa con la pistola en la mano.

Calculó el momento en el que creyó que encontraría a alguien agazapado bajo el escritorio y apuntó directamente con la linterna, dispuesta a deslumbrarlo, pero lo único que halló fue una papelera volcada con todo su contenido desparramado por el suelo.

Allí no había nadie y, sin embargo, estaba segura de haber visto algo. ¿Se estaba volviendo loca o…? La alternativa le gustó aún menos que la posibilidad de estar perdiendo la razón y decidió darse prisa.

Si tenía que empezar a buscar por alguna parte, pensó que lo mejor sería hacerlo por el despacho. Probablemente perteneciera a quien estuviera al frente de aquella empresa, por lo que si había información de valor, allí sería donde habría más probabilidades de encontrarla.

En realidad, lo único que diferenciaba a aquella dependencia del resto de la oficina eran las paredes que lo separaban, ya que su interior compartía el mismo caos y desorden que se evidenciaba en el resto. En la mesa no había ninguna fotografía ni nada que permitiera identificar a su dueño.

Ana suspiró aliviada al comprobar que el ordenador era un portátil, por lo que con suerte aún tendría batería para hacerlo arrancar. Se sentó en la silla, que era especialmente cómoda —tanto los equipos como el mobiliario de oficina contrastaban por su alta calidad con el resto de las instalaciones— y comprobó que el ordenador estaba protegido con contraseña. No importaba, ya se había imaginado que podría suceder algo así y había venido preparada.

Sacó un USB del bolsillo y lo pinchó en el equipo. Era tan sencillo como arrancar desde aquella memoria y reiniciar la contraseña correspondiente al usuario administrador del sistema operativo. Unos pocos segundos después tenía acceso a todo el contenido.

Durante los siguientes cuarenta minutos estuvo inspeccionando los documentos y correos almacenados en el portátil. En varias ocasiones volvió a escuchar nuevos ruidos desde el otro lado de la oficina, pero decidió ignorarlos o, mejor dicho, no seguir su juego, porque todos sus nervios parecían haberse disparado a la vez y clamaban que saliera de allí. Decidió hacerles caso y escapar con aquel ordenador.

Había encontrado nuevos hilos que seguir y, seguramente, un análisis más pormenorizado permitiría arrojar algo más de luz. Por lo poco que había podido ver, aquella empresa se dedicaba a la planificación del despliegue de conductos destinados a la fibra óptica, coaxial y otros fines, lo que podía explicar su relación con Telcobasque. No era ninguna experta en ese campo, pero sí había descubierto varias obras de gran coste llevadas a cabo desde el año 2000 en las que no parecía haberse realizado el despliegue del cableado posterior. Era como si se hubieran montado sin ningún motivo.

Había algo de lo que sí entendía y era de pinturas, al fin y al cabo trabajaba como contable en una pequeña empresa del gremio —los tiempos en el ejército quedaban ya bastante atrás y no podía vivir del aire—, y había ciertos pedidos que no le terminaban de encajar. Parte de las partidas económicas destinadas a dichas obras se habían gastado en tinta para el serigrafiado de las tuberías, pero Ana no podía reconocer ninguno de los códigos de producto ni la empresa proveedora.

Plegó el portátil y cuando se disponía a salir del despacho, la puerta se cerró de repente y casi la dio en la cara. Por un momento estuvo a punto de perder el equilibrio y dejar que el equipo se le cayera de las manos, pero no era la primera vez que se llevaba un buen golpe y pudo reaccionar a tiempo.

Intentó abrir de nuevo la puerta, pero esta no quiso ceder y tuvo que empujar varias veces con el hombro antes de conseguir traspasarla. Con cada impacto, cerraba los dientes y maldecía a la hija de puta que sabía que estaría detrás de aquello. Sin duda sería la misma que la venía aterrorizando desde que le ofreciera entrar en toda aquella mierda sin saber dónde se metía; la misma que se dedicaba a torturarla con alucinaciones en las que se ahogaba en el lavabo con mechones de cabellos que entraban por su boca, entre otras lindezas.

Cuando llegó al otro lado, dejó escapar una exclamación. Ya había contado con que no habría nadie que la estuviera esperando, pero no era imposible que hubiera estado preparada para lo que se encontró: todo el mobiliario había sido pulcramente apilado contra la entrada, de tal manera que era imposible salir de allí.

Por unos instantes, Ana perdió el control del que tanto se enorgullecía y presa del pánico intentó deshacer aquella barricada. Cada uno de los objetos en ella parecían estar cargados magnéticamente y era imposible moverlos.

Un sonido gutural detrás de ella acompañado de unos pasos que se acercaban poco a poco arrastrándose la llevó a soltar un grito de desesperación, pero aún así no se atrevió a mirar. Tras varios intentos, consiguió soltar una silla, que apartó sin miramientos, pero tenía por delante aún demasiadas cosas como para deshacerse de ellas antes de que…

«No dejes que me toque, no dejes que me toque», pensó para sí varias veces.

Se estaba perdiendo; lo sabía, pero después de todo lo que aquella puta le había hecho pasar era, en cierto modo, comprensible. No, no era del todo cierto. Ya no era solo su entrenamiento por parte de su padre y el ejército o su férrea —a veces— disciplina, ahora también disponía de un poder. No, huir no serviría de nada.

Ana se dio la vuelta lentamente cuando lo que fuera que la estaba acosando parecía estar a punto de dar con ella y descubrió que allí no había nadie.

—¿Adónde creías que ibas? —le preguntó de repente una voz de mujer al oído.

Ana dio un brinco sobresaltada y en ese instante tropezó con lo que parecía una de las mesas de escritorio que ahora habían vuelto a su sitio como si nunca se hubieran movido. No solo eso: la luz parecía haberse activado de nuevo y la oficina, que hasta ahora había estado completamente a oscuras, se iluminó en un color ocre acorde con el aire añejo del resto del edificio.

—Pero ¿qué…? —masculló Ana.

En la entrada no había ni rastro de la pila de objetos que le había impedido salir segundos antes. Esa puta había estado jugando con su cabeza de nuevo. Y, sin embargo, no había impedido que encontrara lo que había ido a buscar, por lo que aquellos poderes debían de estar limitados de alguna manera. Ya había llegado a esa misma conclusión en otras ocasiones. Sería algo similar a lo que sucedía con los suyos propios: podía activar los estímulos de placer de cualquier persona al máximo nivel de intensidad posible, pero siempre y cuando su víctima estuviera a la vista. Quizás en el caso de aquella mujer ocurriera algo similar o tuviera que ver con la distancia o cualquier otra cosa. En cualquier caso, en esta ocasión la había vencido.

Un sonido de impacto desde la calle atrajo su atención y se vio obligada a mirar por los ventanales. Aunque todavía era bien entrada la noche, la calle estaba bien iluminada y no tuvo problemas para distinguir la figura de una persona encapuchada que parecía estar observándola.

Quizás fuera su instinto o quizás la amplia experiencia forjada a base de duro entrenamiento, pero Ana consiguió resguardarse momentos antes de que todos los cristales reventaran en una explosión como si algo los hubiera arrollado.

Ana cayó al suelo y apenas tardó en recuperar ágilmente la posición. Un segundo choque se llevó por delante todos los armarios y mesas que había a su izquierda. Estos volaron por los aires como si apenas pesaran nada.

Ana no pudo evitar gritar lo que, por alguna razón, la llevó a la conclusión de que con ello acababa de delatar su posición. Rodó a un lado, justo a tiempo de evitar que su cuerpo acabara tan destrozado como el parqué del suelo sobre el que acababa de estar.

Otra colisión se llevó lo que quedaba de la fachada y parte de la pared que daba al despacho. Una vez más, Ana volvió a gritar y esta vez algo la atrapó por el pie. Parecía un tentáculo o algo parecido. Intentó arañar el suelo para impedir que la arrastrara, pero más de aquellas cosas la rodearon y la acabaron elevando por los aires.

Poco a poco salió flotando del edificio. Lo que fueran aquellas prolongaciones parecían ser invisibles y surgir de aquel tipo que seguía en su sitio sin inmutarse. Su tacto resultaba viscoso, pero firme, y se restregaban contra su cuerpo con una clara intención sexual. A Ana, versada consumidora de pornografía en general, no se le escapó el paralelismo entre aquella escena y las que se podían ver en numerosas animaciones eróticas de origen japonés.

Por un momento, Ana se preguntó si no resultaría apropiado morir a manos de un adolescente pervertido aficionado a los cómics japoneses —lo que no dejaría de tener su gracia— e incluso una parte de ella, la misma que deseaba volver a aquel cine a dejarse tocar por un extraño, fantaseó con la posibilidad de que aquellas cosas hicieran con ella lo que quisieran.

Aquella maldición formaba parte de ella y hacía tiempo que la había aceptado, por lo que lejos de reprocharse por pensar así en una situación como aquella se limitó a reír a carcajadas. No se había vuelto loca, pero además de verse en una situación propia del guion de un hentai de bajo presupuesto, aquella forma de atacarla había evidenciado lo poco que sabían —incluida la mujer de las pesadillas que, sin duda, solo había querido entretenerla hasta la llegada del otro— sobre lo que podía hacer.

En cuanto el de los tentáculos —al que aún no podía verle la cara— la bajó lo suficiente como para que no hubiera peligro de hacerse daño con la caída, Ana hizo uso de su nueva habilidad. Si tuviera que compararlo con algo, habría dicho que era como encender bombillas en el cuerpo de alguien. Con solo pensarlo, podía hacer que cada una de ellas —miles, ciento de miles— brillaran cada cual a más intensidad.

De pronto, Ana se vio liberada de aquellas cosas justo antes de que intentaran entrar en su boca y aquel tipo comenzó a retorcerse a suspirar en el suelo.

Hasta ese momento, nunca lo había intentado, pero en vez de sacar la Smith & Wesson y acabar con la vida de aquel pobre diablo, decidió experimentar y explorar el limite de aquellas bombillitas. El chaval, que resultó no serlo tanto —rondaría los cuarenta—, comenzó a gritar agónicamente y de pronto las luces en él que solo Ana podía ver comenzaron a estallar una a una o, al menos, esa era la imagen más aproximada a esa idea.

Al final, todas se apagaron, sin posibilidad de volverlas a encender y aquel hombre dejó de moverse.

Ana comprobó que, efectivamente, estaba muerto y tomó nota para futuras ocasiones de lo que podía hacer. Después, solo por confirmar lo que ya sabía, buscó en el ahora cadáver el tatuaje de Leviatán que ambos compartirían. Desesperada, le llevó un buen rato dar con él hasta que lo encontró grabado en su pene, como no podía ser de otra manera.

Al terminar, buscó el ordenador portátil, que se le había caído cuando el otro la soltó y comprobó aliviada que aún funcionaba. Después, se alejó de allí corriendo. No sabía cuánto tardarían en aparecer otros compañeros de marca ni pretendía averiguarlo.

Al menos, ahora tenía por dónde tirar y, sobre todo, había averiguado que aquella mujer no la tenía tan subyugada como pensaba.

Mientras se dirigía a su coche y los sonidos de las protestas a lo lejos crecían en intensidad, Ana sonrió aliviada.

Jorge Serrano Celada