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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 33

marzo 21, 2021
Mujer en fábrica

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Ser cierto

Aunque pudiera parecer lo contrario, la caída desde una tercera planta podía doler bastante, especialmente si ocurría por sorpresa. Alma, que lo acababa de comprobar en primera persona, se concentraba en recuperar el aliento a la vez que se aseguraba de no tener nada roto y trataba de averiguar qué estaba sucediendo.

El reloj marcaba las cuatro de la mañana. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente?

Mara acababa de arrojarla por la ventana de lo que podría ser una casa o una fábrica abandonada. Había algo en aquel edificio de fachada deshojada, pero de un rojo reminiscente aún intenso, que le resultaba familiar. Ya lo había visto antes, pero no acertaba a decir dónde.

Miró a su alrededor y, a pesar de ser completamente de noche, comprobó que estaban en una antigua zona industrial y que detrás de aquel caserón adosado a un viejo pabellón parecía discurrir la ría. Al otro lado, se podía distinguir lo que sin duda sería parte de la margen derecha de Bilbao. Debían de estar en el extremo más alejado de Punta Zorroza, en la desembocadura del río Cadagua.

Desde luego, Mara había sabido escoger muy bien aquel sitio como patio de recreo para lo que fuera que tuviese en mente hacer con ella. Allí no había nadie que pudiera interponerse entre ellas como la última vez y, sin duda, no había donde esconderse.

¿Qué sentido tenía que se hubiera tomado la molestia de llevarla hasta allí solo para matarla? No terminaba de entenderlo, quizás formara parte de alguna clase de juego sádico que en esos momentos se le escapaba, pero ahora no tenía tiempo para preocuparse de ello.

Alma se puso en pie y se preparó para la llegada de Mara, que no tardó en aparecer tras los restos del ventanal por el que acababa de lanzarla. Aunque la visibilidad no era especialmente buena, pudo ver cómo la demonio se dejaba caer con cierta indiferencia y aterrizaba grácilmente en el suelo.

Pasados unos instantes, Mara hizo algo que no terminó de comprender: se quitó los zapatos y pateó el hormigón del suelo con los pies. Para cuando quiso darse cuenta de lo que estaba haciendo, se produjo un pequeño estallido y la súcubo apareció de repente a escasos centímetros sobre ella. Mara acababa de cubrir la veintena de metros que las separaba en apenas un pestañeo. Alma intentó esquivarla con un salto hacia atrás, pero como ya le había ocurrido en otras ocasiones, sin un punto de apoyo, su fuerza sobrehumana solo sirvió para hacerla patinar sobre el empedrado, como si estuviera sobre una superficie de hielo, y perdió el equilibrio. Por supuesto, su contrincante no desaprovechó aquella oportunidad y la pateó fuertemente en el pecho lanzándola por los aires.

Alma voló sin alas unos instantes antes de estrellarse y rodar varias veces como un trono por una pendiente. Cuando por fin consiguió detener, se puso a cuatro patas y tosió de manera descontrolada en medio de unas náuseas que amenazaban con llevarse lo poco que le quedara ya en el estómago. A pesar de su fuerza y resistencia, aquel dolor resultaba insoportable.

¿Qué podía hacer ante una contrincante que la superaba de manera tan aplastante?

Mara pareció caer junto a ella desde el cielo, esta vez sin hacer apenas ruido, y le empotró la cara contra el suelo. A pesar del dolor, aquella mano descubierta sobre su mejilla resultó tan abrasadora como la vez que intentó alimentarse de ella en el despacho de la doctora Bernal, sin embargo, esta vez no parecía tener detrás la misma intención.

—Todavía no me explico qué es lo que ha visto en ti —dijo ella con cierto tono despectivo.

Después, la agarró del pelo aliviando el deseo despreciable que había comenzado a fraguarse en ella y la obligó a mirar en dirección a la zona de naves que estaba a lo lejos al comienzo de la península en la que terminaba Punta Zorroza.

—¡No me vuelvas a tocar! —gritó Alma antes de que la otra volviera a agarrarle la cara.

Mara pareció acceder a sus deseos y se limitó a tirar con más fuerza de su cabello. Al cabo de unos instantes, Alma creyó ver una luz a lo lejos en la oscuridad. Parecía el haz de una lámpara, pero no estaba segura. De pronto, aquel resplandor dio un brinco y llegó hasta su altura recorriendo unos trescientos metros.

El dueño de aquella linterna parecía ser un hombre que se acercaba tambaleándose, muy alejado de la imagen que se esperaría de alguien capaz de acometer la proeza que acababa de realizar.

Alma no entendía nada de lo que estaba sucediendo.

De repente, aquel tipo se vio lanzado a rastras por el suelo hacia ellas, como si alguien lo hubiera empujado con una fuerza sobrehumana. Aquel hombre soltó un grito y trató de protegerse la cara. Cuando fue a incorporarse de nuevo, ya a escasos centímetros, algo invisible pareció caer sobre él y se desplomó de nuevo contra el suelo.

Alma no tardó en reconocer a aquel pobre diablo.

—¡Xabier!, pero ¿cómo es posible…?

Se trataba del chaval que habían ido a visitar a la cárcel de Basauri y que afirmaba haber sido poseído por Lilith, la otra súcubo que como Mara parecía estar buscándola para matarla, según les había contado él.

¿Era ella? ¿Acaso las dos trabajaban juntas? No. No podía explicar cómo, pero antes incluso de que la demonio comenzara a hablar, aun siendo incapaz de verla, Alma se vio sobrecogida por su presencia, como si desde donde estaba pudiera percibir su fuerza inconmensurable. Nunca había sentido nada semejante, ni siquiera ante Mara. No, no era del todo cierto; había habido otra criatura que la había hecho sentir tan pequeña como se veía ahora y tenía su marca en la cabeza.

—Por fin nos conocemos en persona —dijo una voz femenina frente a ella.

El sonido de sus palabras resultaba embriagador, como si ni siquiera necesitara tocarla para hacerla enloquecer.

—¿Quién eres? —preguntó Alma aun sabiendo la respuesta.

Aunque obviamente no llegó a verlo, pudo percibir un gesto de extrañeza en su interlocutora acompañado de una carcajada.

—Habría esperado que a estas alturas ya supieras quién soy. Está bien, mi nombre es Lilith; encantada.

Alma no creyó que aquel tono afable fuera a traer nada bueno. No tan en el fondo, aquella mujer le aterrorizaba de una manera que apenas podía explicar.

—¿Por qué no le dejáis marchar? —dijo Alma en referencia al chaval que seguía inmóvil—. Es a mí a quien queréis, ¿no?

Xabier protestó bajo lo que Alma presumió serían las posaderas de la demonio, que lo utilizaba de asiento, pero se mantuvo en silencio.

—Me temo que eso no va a ser posible —respondió Lilith—, verás, lo necesito para poder hablar aquí contigo. Es como la bola de mi grillete. —Volvió a reír, esta vez ante su propia ocurrencia—. Mara, déjanos a solas.

La demonio que acababa de apalearla la soltó, no sin antes propinarle otro fuerte tirón que la obligó a ahogar un quejido.

—Si la pierdes no esperes que vuelva a traértela intacta y en bandeja —dijo Mara antes de alejarse.

Lilith soltó un resoplido.

—Ay, Mara… No se lo tengas en cuenta, solo está celosa. Quiere follarme y tiene miedo de que vaya a quedarme contigo, pero yo ya tengo mi juguete —dijo la demonio con tono burlón. Xabier volvió a quejarse, probablemente, por algún golpe que acabara de recibir.

Alma se incorporó y resopló hastiada.

—¿Por qué no te dejas de chorradas, te quitas esa estúpida careta de sarcasmo fingido que, por cierto, Mara ya utilizó antes, y me cuentas de una puta vez por qué sigo viva?

Esta vez, Lilith no se rio a carcajadas ni tampoco soltó ninguno de los comentarios ocurrentes con los que parecía haberse aprovisionado antes de encontrarse con ella. Por un momento, Alma temió haber airado a la demonio y que aquel fuera a ser su fin, pero la súcubo pareció ignorar su afrenta.

—¿Qué sabes de Leviatán, de mí, del otro mundo…? —preguntó Lilith por fin, esta vez sin ningún atisbo de sorna.

Alma se puso en pie y comenzó a pasearse por el sitio. Ambas sabían que no tenía forma de escapar, por lo que no creyó que se sintiera amenazada por tomarse aquella libertad.

—Oscuridad, así es como llamamos al mundo del que supongo que venís —comenzó a explicar a Alma—. Sé que Leviatán quiere poseerme para ser invocado, signifique eso lo que signifique, y que todos sois demonios que os alimentáis… del sexo o eso creo.

»No tengo ni idea de por qué tú y la otra queréis matarme, pero sospecho que es porque sois enemigas de Leviatán, si es que algo así tiene sentido.

Xabier comenzó a moverse de nuevo, como si Lilith lo hubiera liberado de su peso y ella también pareció pasearse a su alrededor cuando comenzó a hablar.

—«Oscuridad», sí, es una buena forma de describir ese lugar —dijo Lilith. En su tono se podía percibir cierta melancolía—. Algunos, incluido Leviatán, hemos estado encerrados en ese sitio desde siempre, antes incluso de que este planeta existiera.

»En aquel entonces éramos todos iguales, indefinidos, con el potencial para ser cualquier cosa, pero sin nada en lo que reflejarnos y por tanto ignorantes. Entonces descubrimos vuestro mundo y nos maravillamos de él y de vuestra especie. Os vimos nacer… y os envidiamos, de la peor manera posible. Cada uno de nosotros nos moldeamos a vuestra imagen, pervertimos vuestros mayores deseos y los hicimos nuestros, hasta el punto de alimentarnos con ellos.

—¿Por qué? —preguntó Alma—. No tenemos nada de especial.

La voz de Lilith continuó hablando a su alrededor, unas veces a lo lejos, otras casi en susurros a su oído.

—Porque lo dais por sentado. Podemos recrear nuestro mundo a voluntad, construir maravillas que jamás podríais imaginar, desarrollar especies enteras para servirnos y, sin embargo, nos falta lo más importante, que vosotros sí tenéis: la incertidumbre.

Alma no pudo evitar una expresión de contrariedad.

—¿Qué significa eso?

—Imagina tenerlo todo, pero no poder descubrir nunca nada nuevo —prosiguió Lilith—, que nada de lo que te rodea pueda sorprenderte o entusiasmarte. Aquello nos fue destrozando y de entre todos el que se llevó la peor parte fue al que conociste como Leviatán. Era el único que no podía huir de alguna forma, siempre allí encerrado. Su voluntad se impuso a la de los demás y acabo desfigurando nuestro mundo a imagen de sus deseos, odios, miedos…

Aquella respuesta provocó una de las ya conocidas sonrisas sarcásticas de Alma.

—¿Quieres decir que toda esta mierda es porque estáis aburridos?

De pronto, Alma se vio en el suelo con Lilith encima de ella.

—¡Imagina vivir eones encerrada en una cárcel! —gritó Lilith con una furia apenas contenida que atemorizaba. Xabier, a su lado, se encogió en el suelo al escucharla—. Es algo más que vivir aburridos, estúpida humana ignorante.

Después Lilith se incorporó de nuevo.

—¿Y qué tengo que ver yo en todo esto? ¿Por qué Leviatán me necesita? —preguntó Alma confundida.

No terminaba de encajar las piezas de un puzle que sin duda le quedaba demasiado grande.

—Quiero que me ayudes a detenerlo —respondió ahora Lilith más calmada—. Te necesita para cruzar el portal y venir a este mundo.

—¿Por qué?, ¿por qué tiene que… poseerme? Si podéis conseguir hacer lo que queráis, ¿por qué no cruza, simplemente, y ya está?

Esta vez Lilith sí se permitió soltar una pequeña carcajada, pero no fue en absoluto fingida.

—Al definirnos a vuestra imagen, también establecimos la forma en la que podemos interactuar con vuestro mundo. Leviatán trató de aislarse de lo que le dolía y se encerró a sí mismo. Con el tiempo, algunos descubrimos que estas reglas también se podían ver alteradas e influenciadas por vuestras propias voluntades y creencias. En mi caso, puedo atravesar el portal poseyendo a uno de los vuestros y solo a uno, al que estaré siempre unida hasta que muera. —Xabier soltó otro quejido—. Otros, como Leviatán o incluso demonios no originales como Mara, dependen de ciertos rituales, en muchos casos ya olvidados, establecidos por vosotros mismos en base a vuestras creencias y con algo de nuestra influencia, por supuesto.

»Pero no puedo permitir que él lo consiga. Si logra venir aquí, lo destruirá todo; hará de este mundo un reflejo del otro.

—Sigo sin entender para qué me necesitas —dijo Alma, que no terminaba de asimilar toda aquella información. ¿Qué puedo hacer yo si apenas he podido enfrentar a Mara?

En esta ocasión, Lilith se aproximó por detrás y se pegó a su espalda, tanto que pudo notar sus pechos menudos apretados contra ella. Su aliento cosquilleó la piel de su cuello y por un instante volvió a sentir el mismo calor que la invadió cuando Mara la tocó con sus manos desnudas. El poder de aquella súcubo no se parecía en nada a lo que había conocido hasta ahora. Después se alejó y aquella extraña sensación desapareció como vino.

—Como ya sabes, mi primera intención era matarte, por eso mandé a Mara. Leviatán necesita tres tipos de sellos para poder cruzar: uno es el tuyo, otro el que portan sus siervos y un tercero que estará dibujado en algún lugar de esta ciudad. Si rompes dos de ellos, el portal que él necesita dejará de crecer y acabará por desaparecer. Pero ¿de qué serviría? Sería cuestión de tiempo que lo volviera a intentar.

—¿Entonces?

—Cuando viniste a visitar a mi humano vi algo en ti. Dime, ¿cómo conseguiste deshacerte de todos los demonios que controlaba la sierva de leviatán en la catedral roja? —pregunto Lilith poco después.

Aquella pregunta trajo el recuerdo de una imagen de sí misma que casi había olvidado, quizás relegada al sueño confuso que había sido su viaje a aquel mundo. Aquella catedral a la que ella se refería debía de ser a la que fue llevada por uno de los sinrostro y en la que se enfrentó a la bruja.

—¿Te refieres a Alma oscura? —preguntó ella casi sin esperar respuesta.

No, no podía ser cierto.

Jorge Serrano Celada