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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 34

marzo 28, 2021
Bloon Zero2infinity

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Incapaz de moverse

Aquella extraña quietud que se respiraba tanto dentro como fuera contrastaba con la tormenta de pensamientos que se había desatado en su cabeza. Alain trataba de divisar algo a través de uno los cinco grandes ventanales ovalados de los que disponía la cabina, pero apenas eran las cuatro y media de la mañana y las nubes lo cubrían todo bajo sus pies. Llevaban algo más de una hora de vuelo y, a pesar de todo, lamentó que aquel viaje no hubiera tenido lugar en otras circunstancias más favorables; aquellas vistas habrían sido magníficas.

El interior del armatoste en el que los seis viajaban ahora en silencio resultó parecerse más a un dónut que a una hamburguesa. La parte central estaba ocupada por una gruesa columna que se anchaba en ambos extremos y que probablemente sirviera para el almacenamiento de sensores, mecanismos y otros instrumentos. El resto consistía en un espacio bastante amplio —lo suficiente como para que alguien de su altura pudiera ponerse de pie sin dificultad—, con seis sillas dispuestas simétricamente y un saliente en las paredes que hacía las veces de banco y sobre el que ahora descansaba tratando de aislarse de los demás.

Los otros cinco tripulantes de aquel viaje único en globo parecían tan ausentes como él mismo. Durante el comienzo del ascenso todos habían estado más animados, probablemente ante la novedad de una experiencia como aquella, pero en cuanto la oscuridad —la de verdad, no la del tipo que traía monstruos— de la noche les robó cualquier atisbo paisaje, los miedos y las dudas fueron haciendo mella en todos.

En esos momentos, gran parte de la maquinaria mental de Alain estaba dedicada a encontrar la mejor forma de explicar a los que aún no lo sabían lo que les esperaría nada más aterrizar, pero todavía no sabía cómo hacerlo.

Un chasquido del walkie-talkie que sostenía casi sin darse cuenta en las manos le anunció que iba a producirse una nueva comunicación con los de la base en Lujua y que probablemente significara que se estaba quedando sin tiempo.

—Alain, habéis superado los diez kilómetros de altitud. Llegaréis al punto de destino en unos quince minutos —dijo la voz distorsionada de Marta desde el otro lado de la radio.

Aquellas sencillas palabras provocaron gestos y expresiones de desasosiego entre los presentes que el sargento Fernández al mando de aquella operación decidió atajar inmediatamente.

—Muy bien, equipo, todos sabemos lo que tenemos que hacer —dijo a la vez que se levantaba para hacerse oír—. En cuanto atravesemos la evanescencia y aterricemos, permaneceremos agrupados en el interior de la góndola hasta que Cintia y Alisa nos traigan de vuelta. A partir de ahí, ya sabéis cuál es el objetivo: afianzar habilidades, definir perímetro y defender la zona hasta que podamos establecer un camino de vuelta a casa.

Mientras que el cabo Hernández y el soldado de primera Medina —el otro integrante restante del contingente militar— respondían enérgicamente al llamado de su superior Cintia le dirigió una mirada interrogativa y Alain se vio obligado a interrumpirlos.

—Sargento, hay algo que tengo que decirles…, deciros… —Alain tomó aire un par de veces—. No va a funcionar así.

 El soldado se acercó a él intrigado, probablemente más acostumbrado a cambios de última hora en sus misiones de las que le gustaría.

—¿Qué es lo que no va a funcionar así?

—La misión…, el aterrizaje… —respondió Alain—. Hay algo que no he contado… En cierto modo porque sabía que si lo hacía nadie habría dado carta blanca a la operación, pero tampoco porque aunque lo supierais no iba a cambiar nada…

El soldado Medina lanzó un juramento en el que anunciaba su intención de depositar sus heces sobre la madre de alguien.

—¡Cállese soldado y déjele hablar! —ordenó el sargento a su compañero, después se dirigió de nuevo a él—. Estás divagando. ¿Qué cojones te has guardado?

Alain se tomó otra pausa para elegir las palabras que hasta ahora no había sabido encontrar.

—Como ya os han explicado, al cruzar al otro lado de la… evanescencia, no aterrizaremos exactamente en el plano o mundo en el que están los monstruos que nos atacaron…

—Sí, lo sabemos —lo interrumpió el sargento—. Es una especie de limbo en el que estaremos hasta que ellas —dijo señalando a Cintia y Alisa— nos saquen de allí y nos lleven a ese lugar. Es lo que se supone que hizo  la otra de vuestro equipo con vosotros cuando estabais en ese restaurante. Créeme, no tengo ni idea de lo que eso significa, pero es lo que nos han explicado y hay detalles que no necesito saber.

—Estos igual sí —dijo Alisa con cierta sorna.

Cintia le dio un codazo a su prima.

—No creo que aterricemos juntos —indicó Alain—. De hecho, no estoy seguro de que la palabra aterrizar siquiera aplique. Una vez que atravesemos el portal, cada uno de nosotros, excepto Cintia y Alisa, estaremos por nuestra cuenta en ese… limbo.

Otro juramento del soldado Medina y otra orden de silencio por parte del sargento.

—Alain, ¿qué significa eso? —preguntó el cabo Hernández con el que en cierta forma había llegado a establecer algo parecido a la amistad en sus horas como su escolta; quizás por esa razón se hubiera presentado como voluntario para aquella misión.

—No creo que en realidad haya ninguna diferencia entre lo que llamamos limbo y el otro mundo —explicó Alain—, creo que ambos son lo mismo… —Como era de esperar, ninguno de sus oyentes supo a qué se refería—. Cuando alguien atraviesa la oscuridad necesita de lo que llamamos un ancla para mantenerse, por decirlo de alguna forma, consciente.

—Por eso han trasladado a nuestros familiares y amigos a la base —dijo el cabo.

Alain asintió.

—Efectivamente. Sin ellos, al entrar en la oscuridad nos apagaríamos y acabaríamos como vegetales. Es lo que le sucedió a uno de los nuestros en el restaurante cuando la atravesó por accidente.

Cintia soltó un chasquido con la lengua en un claro desacuerdo respecto a que aquel suceso provocado por Román fuera calificado de accidente.

—Pero ahí hay algo que no cuadra —prosiguió Alain—. Si hubiera dos mundos, uno en el que caemos al cruzar con un ancla y otro en el que habitan los monstruos, ¿cómo vamos de uno a otro? ¿Cómo consiguieron ellas abandonar ese limbo? —dijo señalando una vez más a Cintia y a Alisa.

—Fue la otra, ¿no?, la que arrasó con el acuartelamiento de Soyeche —dijo el soldado Medina.

—¡Alma jamás habría atacado a nadie! —lo encaró Cintia.

Alain decidió ignorar aquella provocación.

—¿Y cómo lo hizo ella?

El soldado bocazas se encogió de hombros.

—Se supone que es lo que no sabemos, lo decían los informes —respondió el sargento Fernández—, pero eso no importa mientras tus compañeras puedan llevarnos de regreso.

—No creo que eso sea posible —explicó Alain—. Estrictamente hablando, los que nos quedamos en el restaurante no atravesamos nunca la oscuridad. A efectos prácticos, el interior del Carl’s Jr no se diferenciaba en nada de nuestra realidad, salvo que había sido desplazado y aislado por la evanescencia. Creo que por eso Alma pudo llevarlo al otro mundo y a nosotros con él, de otra forma, habría sido imposible. Por esa misma razón, los monstruos podían atacarnos desde su lado. No tendría sentido si tuvieran que atravesar ese limbo para lograrlo.

El sargento negó con la cabeza.

—Lo siento, pero no entiendo nada de lo que dices. ¿Qué quieres decir, entonces, con que no hay diferencia entre un lugar y el otro?

—La verdad es que apenas lo entiendo yo —respondió Alain—, pero creo que el mundo al otro lado de la evanescencia está conectado al nuestro y dibuja la realidad en base a la suma de todas las voluntades existentes… La del ancla está limitada al permanecer en nuestro mundo, pero aún así es capaz de influir sobre la persona que cruza si se enfoca lo suficiente. Sin embargo, la que realmente prevalece es la de quien entra al otro lado. Eso es lo que llamamos limbo y que nosotros, desde el lado del restaurante, percibíamos como una oscuridad constante.

»El otro mundo, el de los monstruos, creo que es el resultado de la voluntad de alguien más. —En ese punto de su explicación sufrió un estremecimiento al pensar en la criatura colosal con forma de serpiente que apareció ante ellos—. Alguien lo suficientemente poderoso como para imponerse o prevalecer a la de todos los demás…

Aquella explicación provocó un breve silencio entre todos. En ese momento, la cabina —hamburguesa-dónut se bamboleó ligeramente sometida a los fuertes vientos que soplaban a aquella altura.

—Sigues sin explicar cómo vamos a ir a ese mundo que mencionas. Por lo que dices, vamos a estar separados y es imprescindible que nos agrupemos para poder regresar y, además, la misión no serviría si nos quedáramos en ese limbo —dijo el sargento—. ¿Cómo salimos de allí?

Alain volvió a mirar a sus compañeras y después se dirigió de nuevo a los soldados.

—Tenemos que morir…

Como esperaba, aquella revelación provocó estupefacción y varias protestas, no solo del soldado bocazas.

—Alain, creo que es hora de que te expliques de verdad —dijo el cabo Hernández.

—Alma nos lo explicó cuando huíamos de la catedral —habló, esta vez, Cintia—. Al llegar a ese limbo que mencionáis, fue atacada y acabó malherida. Ella también llegó a la misma conclusión que Alain: si se eliminaba de la ecuación, su consciencia, la que sabía que iba a morir, desaparecería y solo quedaría la de su ancla que aún asumía que estaba viva. Nos contó que poco después despertó intacta en… el mundo de los monstruos.

—Lo que creo que sucedió —añadió Alain— fue que Alma acabó en un limbo provocado por ella misma y sus peores temores, quizás también los míos, por la descripción que les dio de él. Al morir, la realidad en la oscuridad se sometió a la voluntad del mundo creado por ese alguien y la de Alma a la mía, que la mantuvo viva y creo que con poderes.

Aquella era demasiada información, sobre todo antes de una operación tan importante y de la que carecían casi de ningún tipo de experiencia. Sabía que tenía que haber contado todo aquello antes, pero las probabilidades de que no hubieran accedido a llevarla a cabo habrían sido muy altas y eso los habría condenado a todos. Era cuestión de tiempo que las criaturas de pesadilla que presenciaron en el restaurante vinieran a atacarlos y cuando eso sucediera no habría armas o ejércitos capaces de detenerlos.

Alain volvió a recordar la imponente imagen de aquella serpiente monstruosa: Leviatán. ¿Quizás por eso necesitaban que la evanescencia fuera tan grande, para poder atravesarla? Pero antes debían hacerse con Alma o eso intuía por las palabras de Román y lo relatado por Cintia y Alisa.

No, lo sentía mucho, pero había hecho lo que tenía que hacer.

—¿Qué es lo que tenemos que hacer, entonces? —preguntó el soldado Medina—. ¿Esperar hasta que nos destrocen? No he venido hasta aquí para dejar que me maten.

El sargento le pidió que se calmara.

—¿Qué es lo que va a pasar exactamente cuando crucemos ese agujero? —preguntó el sargento Fernández.

—Cintia y Alisa aparecerán directamente en el otro mundo junto con la cabina en la que estamos —respondió Alain—. Ellas ya han sido definidas, por llamarlo de alguna forma, y sabemos que una vez que se regresa de la oscuridad ya no es posible realizar más cambios; además, ya han estado en el otro mundo y se han sometido a su realidad.

—¿Y los demás? —preguntó el cabo.

—La voluntad de cada uno de nosotros se impondrá a la realidad por defecto y cada uno acabaremos en nuestro propio mundo, donde seremos atacados por nuestros mayores temores o, mejor dicho, por los de nuestras anclas y los nuestras.

»Mi recomendación es que evitéis desplazaros en la medida de lo posible. No tengo nada que lo avale, pero cuanto menos nos alejemos, más probabilidades habrá que aparezcamos cerca de Cintia y Alisa, que nos defenderán hasta que estemos preparados.

»Lo mejor para eso es que… —Al pronunciar estas últimas palabras, Alain señaló la pistola que portaba el soldado Medina—. Un tiro en la cabeza, nada más llegar. Creo que es lo más limpio y lo que menos interferirá con la realidad impuesta por el ancla. Rápido y sin sufrimiento.

Esta vez los tres soltaron sus respectivas maldiciones.

Un nuevo chasquido en la radio sirvió para salvarlo de las consecuencias de aquellas últimas revelaciones.

—Alain, hemos comenzado a soltar el helio; en dos minutos soltaremos el anclaje —dijo Marta a través del aparato—. Es hora de que os abrochéis los cinturones… Alain, suerte. Corto y cierro.

No hubo tiempo para más explicaciones. Todos sabían lo que vendría a continuación y los nervios ahogaron cualquier palabra. Todos ocuparon sus puestos en los asientos y se abrocharon los arneses de sujeción.

Los segundos de espera se volvieron horas hasta que de repente varios pistoletazos en el techo dieron lugar al comienzo de la caída libre. La góndola acababa de separarse de la vela del globo y durante unos segundos el vértigo de aquella aceleración los llevó a todos a gritar sin excepción. Instantes después el paracaídas de la cabina se abrió y fue como si alguien los hubiera detenido de repente.

«Pero no es cierto. No nos hemos parado. Vamos a cruzar la oscuridad», pensó Alain.

Después, todo se volvió neg…


La nada, así lo había descrito Alma o eso le dijeron Cintia y Alisa, y no estaba lejos de ser verdad. Alain estaba rodeado por una negrura difícil de explicar y, sin embargo, podía verse a sí mismo sin dificultad. Se miró la mano y comprobó que su contorno, como el resto de sí mismo, parecía difuminarse poco a poco, como si se estuviera evaporando. No creyó que aquello significara nada en especial y hasta lo que podía asegurar se sentía igual que siempre.

No había ni rastro de la Bloon, la cabina en la que habían viajado, ni del resto de tripulantes.

Sabía lo que tenía que hacer y, en cierto modo, había estado deseando experimentarlo por sí mismo. Se llevó la mano al cinturón del pantalón y… Allí estaba, era increíble, un cilindro metálico con varios botones y detalles en color negro.

A pesar de las circunstancias, no pudo evitar soltar una carcajada y blandió aquel objeto como si fuera una espada. En realidad era un sable. Pulsó uno de los botones y un haz de luz azul se desplegó allí donde habría ido la hoja.

Agitó aquella arma y el sable láser emitió un ronroneo con cada sacudida que arrancó otra sonrisa en su cara.

Cuando se estaban preparando para la misión, el cabo Hernández, David, le había ofrecido una pistola, pero él se había negado. Desde un principio, había tenido claro cuál sería su equipamiento.

Pasada la euforia de aquel experimento exitoso llegó el momento de afrontar lo siguiente que debía hacer: suicidarse.

Su corazón palpitaba a gran velocidad, probablemente a las suficientes pulsaciones para ahorrarle el trabajo y fulminarlo de un colapso si continuaba así mucho tiempo.

Replegó la hoja del sable láser y se colocó la empuñadura apuntándola al pecho. Solo tendría que pulsar el botón de nuevo y la hoja acabaría en un instante con su vida.

Decidió hacerlo a la cuenta de diez y cuando iba por el tres se detuvo. Una luz a lo lejos llamó a su atención. Sabía lo que eso podía significar, su subconsciente o la de sus anclas habrían plasmado en esa realidad algo sacado de los infiernos. Sin embargo, desobedeció sus propias indicaciones y movido por la curiosidad se acercó lentamente.

No supo decir cuánto, pero cuando hubo caminado lo suficiente, algo distinto a la ansiedad de una muerte inminente se apoderó de él. Si tenía que definirlo de alguna manera, sin duda, sería miedo, simple y puro terror. Sacado de sus propias pesadillas, las que lo perseguían desde que fuera recluido en la prisión de Alcalá cada noche, el Carl’s Jr se levantaba frente a él con las puertas abiertas y bien iluminado.

Casi preso de un ataque de ansiedad, Alain se vio incapaz de moverse.

Jorge Serrano Celada