Saltar al contenido
relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 35

abril 4, 2021
Hombre calvo

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

logo
¡YA A LA VENTA EN AMAZON!

Perder la cordura

Sorprendido, Javi se pasó la mano por la calva más que incipiente y después comenzó a atusarse una ceja —como siempre hacía cuando estaba distraído— mientras contemplaba el espectáculo que la ventana de la pequeña habitación en la que los mantenían confinados tenía para ofrecerle.

Todavía era de madrugada, pero desde donde estaban se podían divisar las luces de los focos que salpicaban aquel campamento militar y parte del trasiego cada vez mayor de tropas que se había venido produciendo durante las últimas horas.

Según las noticias en el móvil, el Consejo del Atlántico Norte, asesorado por el Comité Militar, había decidido movilizar a unos veintiséis mil soldados procedentes de una treintena de países después de que el Gobierno español invocara en su rescate y con carácter de urgencia el artículo 5 del tratado de la OTAN.

Decenas de vehículos entraban y salían del complejo, pero de entre todos ellos destacaba un camión, fuertemente custodiado, con infinidad de ruedas y que portaba lo que, sin duda, parecía un misil enorme que llegaba, incluso, a sobresalir por delante. En uno de sus laterales se podía apreciar claramente el dibujo de una estrella blanca bordeada en rojo, lo que hizo a Javi sospechar sobre su procedencia.

¿En qué se estaban metiendo? Fuera lo que fuese, nada de todo aquello parecía querer cuadrar con la lógica aplastante de la que habitualmente solía valerse.

—Javi, ¿verdad? —lo interrumpió la prima de Alain (¿Nahia?)—. Nos acaban de decir que quedan menos de quince minutos para el aterrizaje. Es mejor que os vayáis preparando.

Javi suspiró, asintió y se dirigió hacia una de las tres sillas situadas frente al televisor vertical en el que se mostraba en bucle un vídeo a cuerpo completo de Alain.

Todo aquello había sido idea de su amigo, como no podía haber sido de otra forma, pero por una vez Javi dudaba de su buen criterio, al haberlo escogido para aquella tarea. El concepto del ancla y todo lo que les había explicado apenas unas horas antes le sonaba a magia y a fantasía. Se suponía que todos los que estaban en aquella habitación tenían la responsabilidad de mantenerlo vivo a través de la vivencia de sus recuerdos mientras él se adentraba en aquella cosa que había aparecido en el cielo y que se los había llevado un mes antes.

Nada de aquello tenía sentido, pero lo que Javi más temía era el hecho de que sus propias reticencias pudieran poner en peligro a Alain. ¡Por Dios, ni siquiera se consideraba una persona especialmente empática! ¿Cómo se suponía que iba a ser capaz de mantener en su cabeza una imagen coherente de una persona real? ¿Por qué él?

Y no solo eso. Su amigo, además, lo había elegido para aportar algo más, algo que ni siquiera tenía claro cómo plasmar.

Alain había insistido en que no era necesario que las anclas mantuvieran una imagen vívida de él en todo momento y que casi era un proceso subconsciente, como si los detalles se rellenaran por sí solos; sin embargo, para una mente analítica como la de Javi, aquella, si acaso, era una premisa en la que no confiaba demasiado —tampoco era que el resto le otorgara una gran certeza—.

A pesar de las recomendaciones insistentes de sus allegados para que descansara, la madre de Alain había ocupado una de las tres sillas desde el principio. Los militares, aunque no les permitían salir de allí excepto para las necesidades más obvias, habían habilitado algunas dependencias con camas fuera del edificio por si alguno quisiera hacer uso de ellas, pero en aquellas circunstancias era improbable que ninguno de los que allí estaba pudiera plantearse, siquiera, pegar ojo.

Alain había planteado turnos de media hora, de tal manera que siempre hubiera una o dos personas en aquellas sillas frente al televisor que hicieran de ancla mientras las demás descansaban. No era el caso de Javi, que sería como un extra que debería permanecer allí cada cierto tiempo para asegurarse de que en algún momento su aporte se acabara plasmando.

Javi se sentó junto a la madre de Alain, que le dedicó una mirada suplicante antes de aferrarle la mano momentáneamente y volver a agachar la cabeza en silencio. Parecía estar rezando y, a efectos, si lo pensaba bien, tampoco había demasiadas diferencias con lo que se suponía que debían hacer.

Sobre el regazo, la madre sostenía un trozo de cuerda que abarcaba las tres sillas. Pronto, apareció otro de los amigos de Alain —¿Larry?—, se sentó y tomó parte de la misma cuerda. Aquella había sido otra idea de Alain: las sillas al frente y aquella cuerda servirían, según él, para servir de foco. Nadie que no estuviera sentado allí y asiera aquella soga podría ejercer de ancla. Javi no terminaba de entenderlo, pero según su amigo, si así lo creían, así sería, como todo lo demás. Él también asió la cuerda y trató de formar en su cabeza la imagen que se suponía debía de imprimir en otro mundo al otro lado de un portal situado a más de diez mil metros sobre sus cabezas.

Aquello era una locura. Sí, definitivamente todos habían perdido la cordura.

Jorge Serrano Celada