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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 37

abril 18, 2021
Hombre en la oscuridad

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Acabar muriendo

Había sido un imbécil; lo sabía. No era la primera vez que pecaba por exceso de confianza, pero en esta ocasión podría costarle la vida. Alain se dirigía en medio de aquella nada que lo engullía hacia el único punto del que quería huir. Cada paso que daba hacia a aquel supuesto restaurante era más involuntario que el anterior, como si aquella luz tras la que se escondía la peor de sus pesadillas lo atrajera más allá de todo raciocinio: su propia lámpara antihumanos.

Si lo pensaba bien, quizás para cuando hubo decidido alejarse de su propio plan y no atravesarse el pecho con su nueva arma, aquel lugar ya lo había atrapado sin saberlo. Ese sería un bonito consuelo cuando lo que le esperaba dentro de aquel restaurante ficticio lo destrozara de maneras que ni siquiera se atrevía a imaginar.

El objetivo era morir, sin duda, y no dudaba de que en aquel lugar no lo esperaría otro destino diferente, pero había algo que no les había contado a los demás; un temor que por infundado y peligroso no tenía sentido compartir: Alain creía que si se exponían demasiado a sus propios temores en aquel sitio, si se dejaban llevar por el terror más básico hasta perder el control, cabía la posibilidad de que sus voluntades se impusieran a las de sus anclas hasta el punto de anularlas y por tanto morir definitivamente.

No había nada que confirmara tal sospecha y podía carecer de fundamento, pero también podía suceder que por temerla la estuviera haciendo realidad. Nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran las reglas que gobernaban en la oscuridad.

Para quien pudiera observar a Alain en medio de aquella negrura, su caminar no tendría nada de extraño, simplemente el de un tipo normal que se dirigiría apaciblemente a algún sitio —quizás a comer una Original Big Angus con doble de queso en su sitio preferido—. Sin embargo, para él cada pisada era una lucha perdida, no contra su cuerpo, sino contra la parte de su cabeza que lo obligaba a seguir avanzando.

El restaurante, cada vez más próximo, parecía formar parte de un diorama en el que solo se representaban parte de los edificios adyacentes, pero con una exactitud que asustaba. Desde donde estaba ya podía entrever el interior del Carl’s Jr, impoluto y bien iluminado, mientras la estrella sonriente que daba paso al logotipo del local le daba la bienvenida a su propia muerte.

Siguió avanzando lentamente, sin dejar de gritarse a sí mismo que se detuviera, una y otra vez. Las puertas de la entrada estaban abiertas de par en par, por lo que ni siquiera pudo luchar por evitar traspasarlas. En cuanto lo hizo, un olor familiar a carne y a fritanga capaz de despertar su apetito lo invadió al instante.

Sabía lo que vendría después, lo había vivido en sus pesadillas decenas de veces, por esa razón no se dejó engañar y siguió peleando inútilmente. Era consciente de que poco a poco su control sobre sí mismo o sobre lo poco que le permitía aquel lugar se iba diluyendo en un mar de pánico. Aun así, encontró algo de espacio para intentar racionalizar lo que le estaba sucediendo. A lo único a lo que se veía coaccionado realmente era a ese caminar constante. Por lo demás, podía mirar a su alrededor o incluso sostener su espada, que por suerte no había dejado caer en ningún momento.

Cuando estaba a la altura del mostrador idéntico frente al que un millón de años atrás Emilio, Alma y él habían pedido la que sería su última comida normal, las luces se apagaron de repente y todo quedó en la más absoluta oscuridad. Casi instintivamente, Alain desplegó el haz de su sable y su resplandor azulado fue tragado por sombras alargadas que bailaban con cada uno de sus movimientos entre infinidad de esquinas y recovecos.

Su avance inapelable no le permitía girarse del todo, pero una y otra vez intentaba encarar con su arma cada conato de movimiento que parecía dibujarse en la periferia de su visión.

Cuando el hedor a podredumbre, el que sabía que realmente subyacía en aquel lugar, sustituyó al que lo había recibido en un intento inútil por atraerlo engañado, escuchó unos jadeos que tardó varios instantes en comprender que eran suyos.

El pasillo al que se encaminaba y que daba paso al comedor principal parecía ahora una garganta por la que ni siquiera la fuerte iluminación de su linterna improvisada apenas podía atravesar. A medida que se adentraba por él tenía la impresión de que se iba alargando y estrechando, más y más.

Los primeros chasquidos llegaron antes de que llegara a lo que debería haber sido el espacio principal de aquel restaurante y que ahora parecía una caverna de gran tamaño en la que todavía se intuían las columnas, mesas y decoración que habían formado parte de la estructura original. Algunos de los ladrillos pintados en blanco sobre los que anteriormente se leerían frases como «Meat & Fire» caían en en el suelo desplazados por una suerte de roca caliza que parecía rodearlo todo.

Alain no tenía un miedo especial a las arañas, pero había llegado a la conclusión de que su mente había escogido aquella metáfora como una manera de representar su fobia —bien fundada— a regresar y ser tragado de alguna forma por aquel lugar.

Los chasquidos se acrecentaron y las primeras patas, bien afiladas, se clavaron lentamente desde el techo a su alrededor. Todavía no era capaz de visualizar a la criatura a la que pertenecían —aunque en su mente tenía una imagen bien clara— y simplemente se perdían en las tinieblas a las que el fulgor azul no alcanzaba. Su grosor era mayor al del brazo de un adulto y disponían de numerosos segmentos que a diferencia de los del animal al que imitaba se ramificaban en apéndices más delgados.

Alain comenzó a tener problemas para respirar, probablemente afectado de una taquicardia que con suerte se lo llevaría antes de que esa criatura lo devorara.

Sus pasos continuaron su avanzar irremisible y más de aquellas patas fueron cerrando el camino tras de él —como si tuviera alguna oportunidad de huir—. Apenas podía contar su número, que superaban por mucho las ocho que habría cabido esperar de una criatura de aquella especie.

Su gran imaginación, aquella de la que tan orgulloso se sentía, lo iba a matar. En sus sueños, Alain siempre se veía arrastrado al fondo de aquel restaurante, donde habitaba una grotesca monstruosidad arácnida con intención de despedazarlo. Como sucedía en todas las pesadillas, nunca llegaba a ser testigo de su propia muerte y acababa despertándose antes, pero en esta ocasión no había nada que pudiera evitar aquel destino. Iba a morir y de la peor forma posible.

Alain agarró con fuerza el sable láser, dispuesto a cercenar algunas de aquellas extremidades, pero se encontró con otra limitación como la que lo obligaba a caminar hacia su depredador. A pesar de su desesperación, simplemente no podía encontrar las fuerzas necesarias para atacar. Aquel era un enfrentamiento totalmente trucado. No tenía ninguna posibilidad.

Poco después, el resto de aquella cosa se vio expuesta a la luz fría de su sable: garras, dientes, uñas, ojos negros y brillantes. Alain supo que su mente, incapaz de soportar lo que le deparaba, estaba a punto de romperse. Si eso sucedía sabía que sería su final y que no habría vuelta atrás —y si no debería ser así, daría igual, porque era lo que él creía—. Quizás por eso hizo lo que hizo: apagó el sable y comenzó a cantar, lo más alto que pudo, a gritos, casi como si intentara tapar los sonidos de los chasquidos de aquellas mandíbulas gigantes que había vislumbrado segundos antes.

Run, boy, run! This world is not made for you. Run, boy, run! They’re trying to catch you…

Aquella canción de Woodkid le había servido incontables veces para darle las energías que necesitaba y ahora sería su propia ancla a la cordura. Algo lo elevó por los aires y siguió entonándola a pesar de lo que vino después.

—Run, boy, run! Running is a victo…

Sus propios gritos lo interrumpían de vez en cuando, pero en todo momento se aferró a la música que lo acompañaba durante aquella agonía.

En un momento dado se preguntó qué sería el sonido que podía escuchar de fondo bajo sus propios alaridos que aún trataban de seguir la letra que le costaba recordar y sonrió al darse cuenta que sería aquella cosa al devorar su carne.

Eones después Alain acabó muriendo.

Jorge Serrano Celada