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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 38

abril 25, 2021
Autobús

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Pasar nada

Emilio abrazó a su hija mayor con fuerza asegurándose de que estuviera bien y después consultó la hora. Según su reloj eran cerca de las ocho y media de la mañana. Miró por la ventana del minibús e intentó escrutar el cielo. Algo no estaba bien.

A su derecha, en el asiento al otro lado del pasillo, su mujer se aseguraba de que la pequeña, a la que tenía sentada sobre su regazo, tuviera bien puesto el cinturón. Detrás de ellos, otra familia formada por una pareja de su edad y un niño de unos ocho años hacía lo propio. Además de estos, los únicos pasajeros de aquel pequeño autobús de rescate eran un hombre de unos treinta que había asegurado ser policía nacional —aunque iba de paisano— y un chaval de unos veinte junto con la que parecía ser su novia y que apenas había abierto la boca. Por supuesto, también estaba el conductor, al que Emilio no podía dar las gracias suficientes por haberlos recogido.

Después de ser testigos de la situación caótica que se vivía en la terminal de autobuses, desde donde supuestamente deberían haberlos evacuado, Saioa y él habían decidido buscar medios alternativos. Su primera opción había sido recurrir al viejo Renault Clio prestado con el que Alma y Emilio habían estado huyendo durante el último mes, pero desgraciadamente la calle en la que se encontraba aparcado había sido bloqueada completamente por infinidad de vehículos que habían colapsado la salida de Portal de Foronda y cuyos dueños parecían haber tenido la misma idea que ellos.

En un acto desesperado, habían decidido dirigirse caminando hacia Portal de Gamarra, una salida anterior de menor afluencia; quizás desde allí pudieran subirse a otro de los autobuses de evacuación si tenían suerte y las vías estaban menos saturadas. Era una apuesta arriesgada, desde luego, pero ¿qué otra cosa podían hacer?

Lo cierto era que Emilio tenía en mente otra alternativa, aunque todavía no había tenido a bien compartirla con su mujer. Su reciente experiencia como prófugo le había servido para adquirir ciertas habilidades, aunque de manera rudimentaria, que podían ser útiles en estos casos. Si no hallaban ningún punto de evacuación en el que pudieran ser admitidos, estaba decidido a localizar un coche relativamente viejo e intentar robarlo, quizás arrancándolo con un simple destornillador o, si fuera necesario, puenteando los cables del encendido.

Gracias a la buena fortuna —cuya presencia últimamente según opinión de Emilio dejaba mucho que desear—, tras asistir atónitos al espectáculo de decenas de coches y autobuses también varados en la salida de Gamarra, se encontraron con el que ahora los conducía por diferentes calles secundarias intentando salir de Vitoria.

Alfredo, que así se llamaba el conductor, los llamó al encontrarlos perdidos cerca de la oficina de alquiler de vehículos para la que trabajaba. Según les informó disponía de un minibús de dieciocho plazas y estaba dispuesto a utilizarlo para salir de aquel infierno junto con algunos otros a los que también había invitado.

Ninguno de los dos accedió inmediatamente. Llegados a ese punto, el peligro de ser asaltados —o algo peor— era muy real, pero la sencillez que desprendía aquel hombre de baja estatura, con gafas y calva brillante no tardó en convencerlos. Incluso Emilio, que había visto deformada su desconfianza casi a nivel profesional durante las últimas semanas, tuvo que reconocer que aquella oferta parecía genuina.

El vehículo mencionado era una Mercedes Sprinter negra de gran tamaño que permanecía estacionada junto a una cochera, ahora vacía, de la empresa de autocares Hnos. Arriaga  y que había sido expoliada, según Alfredo, como tantas otras para proveer los autobuses necesarios para la evacuación.

Emilio dio varios golpecitos a su reloj con la esperanza de que reaccionara, pero no había nada en él que indicara que había dejado de funcionar.

—Saioa, —llamó a su mujer—, ¿qué hora tienes?

El interior de aquel microbús, aunque estrecho, resultaba elegante y el tapizado aún desprendía un fuerte olor a piel.

La esfera de la pulsera inteligente que él le había regalado el año pasado con la promesa fallida de que ambos se apuntaran a un gimnasio se iluminó en la oscuridad.

—Las ocho y media, ¿por qué?

Emilio se vio obligado a rebuscar en el bolsillo trasero de su pantalón —lo que con su tamaño y el escaso espacio entre asientos no era una tarea sencilla— y extrajo el móvil que Alma le había sustraído a la militar. Al contemplar la pantalla sintió un nuevo nudo en el estómago, al fin y al cabo, había asesinado a sangre fría a la dueña de aquel dispositivo y esas cosas no se asimilaban —en años— de la noche al día.

Ninguno de los dos relojes mentía. Según la pantalla de inicio, los esperaba un magnífico día de lluvias, pero ese era el problema. Hizo una consulta rápida por internet y volvió a mirar por la ventana.

—No puede ser —murmuró en voz alta.

—¿Qué pasa? —preguntó su mujer.

El policía, que había permanecido en silencio arrinconado en su asiento, se giró a ver qué sucedía.

—Es totalmente de noche, pero a estas horas debería haber amanecido ya —explicó Emilio—. Hace media hora que debería haber salido el sol.

El conductor no tardó en meterse en la conversación.

—Es esa mierda de ahí arriba. Seguro —sentenció Alfredo mientras torcía despacio hacia una calle por la que normalmente no podría haber circulado un vehículo de su tamaño. A ninguno de los presentes les preocupaba demasiado en esos momentos que pudieran amonestarlos con una multa.

—Todo esto es de locos. ¡De locos, joder! —exclamó el policía mientras golpeaba el reposacabezas de su asiento.

Saioa abrazó con fuerza a Elisa y él hizo lo mismo con Ariadna.

Si aquel hombre tenía razón, significaba que la oscuridad había crecido más allá de las expectativas que aquel coronel le había transmitido a Alma. Pero ¿tanto como para llegar hasta Vitoria? ¿Qué estaba pasando? Se preguntó cómo estaría Alma y estuvo tentado de sacar el teléfono desechable para volver a llamarla. Después, se lo pensó mejor: ahora tenía que concentrarse en su familia. Solo rezó para que todos estuvieran bien.

Unos cincuenta y cinco minutos después, Alfredo consiguió sacarlos de la ciudad por la comarcal A-2124 evitando la autopista. No habían sido los únicos en tener aquella idea y numerosos vehículos los acompañaban en aquel recorrido por la noche más cerrada que ninguno recordara. «Salvo que no es de noche», pensó Emilio para su propia intranquilidad. Los controles debían de haberse dado por vencidos ante el desbordamiento de aquella evacuación.

La primera en escuchar algo fue Ariadna, su hija mayor. Preguntó sobre aquel ruido y Emilio no supo a que se refería, hasta que él también lo oyó. Fue como un golpe sordo a poca distancia de la carretera. Después vino otro y luego varios más que los demás también pudieron escuchar. Sonaban a su alrededor, como si algo se estuviera estrellando en el suelo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Emilio. Por la ventana no se podía ver nada, solo una negrura infinita que ya de por sí no le gustaba nada. Aquella lluvia de impactos continuó varios segundos más y Alfredo preguntó si alguien veía algo. El niño de la pareja que tenían detrás dijo tener miedo y sus padres trataron de consolarlo.

Pasados unos instantes en los que aquel tamborileo constante llenaba el silencio al que todos parecían haberse visto sometidos, este cesó.

—¿Qué cojones ha sido eso? —preguntó el policía.

—Parecía como si algo estuviera cayendo del cielo —contestó el chaval de veintitantos.

Nadie más dijo nada. Emilio, que se había incorporado en su asiento, se dio cuenta de que tenía clavados los dedos sobre el respaldo delantero y se obligó a relajarse. Quizás no hubiera sido nada; podría haber sido cualquier cosa. No tenía por qué significar… No aguantó más y salió al pasillo ante las protestas de su hija mayor.

—¿Adónde vas? —preguntó Saioa.

Emilio se negó a contestar y se sentó junto al conductor.

—¿Has visto que ha sido eso? —preguntó Alfredo.

Emilio negó con la cabeza.

—Mira, sé que te va a resultar extraño lo que te voy a decir —comenzó a explicar él con no pocas dudas—, pero veas lo que veas, no te detengas por nada del mundo. Sigue hasta que veamos el sol.

Alfredo lo miró con cara de interrogación, pero no cuestionó en ningún momento lo que le estaba pidiendo.

—Yo te conozco, ¿verdad?

En ese instante, un coche los adelantó a gran velocidad. Con la escasa —nula— iluminación que había, era peligroso conducir así, pero el miedo servía para aflorar lo peor de cada uno.

Emilio fue a contestar a la pregunta de Alfredo con una suerte de negación poco elaborada, pero un chirrido de ruedas justo delante lo interrumpió antes de que empezara.

Alfredo activó instintivamente las luces de emergencia y se dispuso a bajar de marcha, pero Emilio le colocó una mano en el hombro y pareció asimilar lo que le acababa de pedir. En vez de reducir la velocidad, apretó el acelerador y asió con fuerza el volante.

Poco después, los focos de xenón del minibús iluminaron una figura erguida frente a ellos en la carretera. Parecía una mujer desnuda, pero Emilio no necesitó ver la ausencia de sus facciones para saber lo que era.

—Pero ¿qué…? —exclamó Alfredo.

El policía se les unió desde el pasillo.

—¿Es un accidente? —preguntó él sin mucho convencimiento.

—No te detengas —dijo Emilio casi en un susurro. Apenas se dio cuenta de que le temblaba la voz.

Alfredo aceleró aún más y esquivó a aquella no mujer sin dificultad.

La madre del niño de seis años soltó un alarido.

—¡La habéis visto! ¡No tenía cara! ¿Qué era eso!

Aquellas palabras se clavaron en el estómago de Emilio como un hierro al rojo.

—Nosotros los llamamos sinrostro…

No tuvo tiempo de dar más explicaciones. Una furgoneta los había estado siguiendo de cerca durante gran parte del trayecto, probablemente para no perder la estela de su recorrido en aquella oscuridad. Al ir tan pegada a ellos no tuvo tiempo de esquivar a la criatura y ninguno supo cómo, pero de repente pareció estrellarse contra algo y volcó hacia delante, para acabar dando varias vueltas de campana antes de acabar en la cuneta.

Los sollozos, lloros y lamentos comenzaron a extenderse por todo el minibús. Emilio los conocía muy bien, los había vivido durante días en aquel restaurante. Pero ahora había una gran diferencia y era que su familia estaba allí con él.

No, esta vez no se iba a venir abajo. No iba a permitir que nada les pasara.

Jorge Serrano Celada