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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 39

mayo 2, 2021
Mujer rubia

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Mucho por averiguar

Varios días antes de que el mundo se detuviera ante la primera aparición del inexplicable fenómeno conocido como Evanescencia —la Nada, según los medios alemanes— y que se tragaría un restaurante a plena luz del día, Ana se dirigía nerviosa a su apartamento en Sants, un barrio situado al sur de Barcelona.

Durante la larga y tediosa jornada de trabajo entre facturas, albaranes y presupuestos, todos sus pensamientos habían estado centrados en la llegada de aquel momento. Eilene no había dado señales de vida desde su última conversación con ella el día anterior, ni siquiera cuando en un intento por hacer más llevaderas aquellas horas Ana le mandó un par de fotos tomadas a escondidas en el baño de la oficina. No importaba, al fin y al cabo esa era la relación que habían pactado.

Estaba tan nerviosa —y excitada— que le costó varios intentos acertar el camino de la llave a la cerradura del portal de su casa. Aquello le valió una sonrisa de resignación. ¿Cuándo había perdido el control de aquella manera? En su fuero interno sabía que precisamente de eso iba todo aquello. Desde que tenía memoria, toda su vida se había basado en el dominio de sus impulsos. Quizás por esa razón entregarse de aquella manera resultaba tan excitante.

Ambas coincidieron de manera casual —o eso pensó en aquel momento— semanas atrás en una página de citas. Eilene se hizo pasar por un hombre o, al menos, nunca dio a entender que no lo fuera y desde el anonimato le propuso un juego con unas reglas bien definidas en el que ambas se darían órdenes que tendrían que acatar bajo pena de castigo.

Lo cierto era que fueron pocas las veces que Ana intentó hacer uso de sus propias peticiones. Resultaba mucho más excitante dejarse llevar y llegado el momento de conocer a su compañero de juegos casi no le importó quien fuera con tal de que siguiera sometiéndola como hasta entonces. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que su dueño aquellos días era en realidad una mujer cinco años más joven que trabajaba como camarera en un centro comercial.

Desde entonces, Eilene hacía con ella lo que quería y Ana se entregaba complacientemente a sus deseos.

Era la primera vez que sus impulsos de echarse a la calle en uno de sus ya conocidos juegos de depredación sexual se veían adormecidos. No sucedía lo mismo con sus ansias de matar, aquellas que saciaba con la peor chusma que podía encontrar en la base de datos de la policía —a la que tenía acceso gracias a sus antiguos recursos en los GOE, el Grupo de Operaciones Especiales del Ejército de Tierra—, pero que ahora palidecían frente a la excitación de todo lo que estaba viviendo en aquel momento.

Al llegar a su piso, Ana comprobó que Eilene había dejado un paquete de plástico en la repisa del recibidor, tal como le había indicado. Lo abrió y soltó un jadeo al descubrir un conjunto cruzado de esposas de cuero para pies y manos.

Eilene había insistido en preparar aquella locura unos días antes mientras le acariciaba una pierna con el pie descalzo bajo la mesa de un bar y la contemplaba fijamente con aquellos ojos verdes en los que podía perderse. Ana no había podido negarse, como tampoco lo había hecho a ninguna de las órdenes anteriores que la habían llevado a ser tomada en los lugares más variopintos, en situaciones y de maneras que jamás habría imaginado.

Le había explicado que quería follarla a la vez que hacían alguna especia de güija o de ritual. No sabía los detalles, pero a esas alturas poco importaban realmente. Lo único que Ana deseaba era verse sometida de nuevo.

Dejó el bolso y el paquete a un lado y se dispuso a seguir las directrices que Eilene le había dado: apartó el sofá, que pesaba como mil demonios; retiró la mesita del centro; enrolló la alfombra que había debajo; se dio una ducha, durante la que tuvo que dedicar verdaderos esfuerzos para contener sus ganas de masturbarse; se colocó las esposas con cerradura de hebilla que su amante había comprado para ella —para las ataduras que las unían tendría que esperar a que ella se las pusiera— y, tras apagar las luces y encender varias velas, aguardó desnuda, de rodillas, en el espacio despejado del salón.

Durante los minutos siguientes —eternos— que transcurrieron hasta que Eilene apareció por la puerta, Ana llegó a quedarse adormecida, sosegada por la calma hipnótica de las lumbres que bailaban en las velas. Cuando escuchó el ruido de la puerta al abrirse, pegó un brinco y estuvo a punto de ponerse de pie, lo que habría contradicho las órdenes recibidas.

A diferencia de ella, Eilene no parecía haberse preparado especialmente para la ocasión, pero en cuanto la vio, dejó sus cosas y se acercó despacio.

—¿Así era como lo querías? —preguntó Ana mostrando las esposas de sus muñecas.

Eilene sonrió y tomó las ataduras de cuero que servían para unir las esposas.

—Me temo que aún te falta.

Después, se colocó detrás de ella, la obligó a llevar las manos a la espalda y la ató literalmente de pies y  manos. Desde donde estaba, Ana podía percibir el olor ya familiar a aceite y carne que siempre desprendía a su vuelta del trabajo, a pesar de no vestir ya el uniforme.

Tal como estaba, varios tirones premeditados le confirmaron que a partir de ese momento pasaba a estar completamente indefensa, a merced de Eilene. Un estallido de excitación hizo que todo su cuerpo se estremeciera ante la expectativa de ser tomada de aquella forma.

Eilene volvió a la entrada, donde había dejado varias bolsas, y regresó con un bote de cristal y una brocha.

—¿Me vas a redecorar la casa? —preguntó divertida Ana.

—Es para el sello —contestó Eilene—, hay que dibujarlo en el suelo. No te preocupes, luego lo quitamos.

Ana no entendía a qué se refería, era imposible que supiera que lo que aquella mujer llevaba en aquel tarro era sangre y que el dibujo que iba a pintar en el entarimado del comedor de su casa sería el mismo que a partir de entonces llevaría grabado en el antebrazo.

Cuando hubo terminado, Eilene se volvió hacia ella y se desnudó lentamente. Ana deseó cada centímetro de aquel cuerpo sinuoso y esbelto que fue descubriendo lentamente. Todo en ella parecía ser perfecto, como si hubiera sido esculpida con sus anhelos más íntimos.

Eilene se acercó a ella, la beso y luego, tras incorporarse, la atrajo hacia su sexo sin pasos previos ni rodeos. Ana accedió de buena gana y se sumergió bajo aquel monte de Venus perfectamente lampiño que la aguardaba. Su sabor, como en otras ocasiones, era sorprendentemente intenso, pero ya se había acostumbrado a él y lejos de resultarle desagradable la excitó aún más.

Instantes después, su ahora amante le tiró del pelo para apartarla y se colocó detrás de ella.

—¿De verdad quieres hacer esto? —le preguntó Eilene a la vez que comenzaba a acariciarla.

Ana accedió con un siseo prolongado y separó todo lo que pudo las piernas cuando la otra comenzó a masturbarla. Podía notar lo húmeda que estaba y la facilidad con la que aquellos dedos se adentraban en ella y se paseaban por las partes más sensibles sin fricción alguna.

—¿No ibas a hacer un ritual o algo? —dijo Ana sin demasiado interés en la respuesta.

Cerró los ojos y se concentró en el tacto de aquellas manos sobre su piel y sus partes más íntimas.

—Ya ha empezado. ¿No lo notas?

Por un momento, la voz de Eilene sonó diferente, como si fuera la de una persona más mayor. Ana intentó girarse, pero ella se lo impidió con otro tirón de pelo.

—No, no, no… No puedes girarte.

Inmediatamente después Eilene comenzó a sacudir la mano que tenía entre sus piernas con movimientos acelerados y bruscos, lo que arrancó nuevas oleadas de placer que la obligaron a gritar.

Mientras lo hacía, Ana pudo comprobar que la mano que ahora apretujaba sus pechos sin contemplaciones no parecía la de la mujer con la que había estado todas aquellas semanas. Era más gruesa y la piel presentaba manchas más propias de una persona avanzada.

¿Qué estaba pasando? ¿Se estaba volviendo loca?

Aquello había dejado de ser excitante y decidió que era hora de terminar con ello. Intentó incorporarse, lo que con aquellas ataduras era prácticamente imposible en esa posición, pero aún así Eilene se lo impidió echándose encima de ella y colocando una pierna a su lado para tener un mejor apoyo mientras seguía masturbándola.

El cuerpo de la persona que tenía detrás no era el de la mujer estilizada que había conocido hasta ahora, sino el de alguien mucho más grande y enorme. El muslo que podía avistar era grueso y flácido.

Ana volvió a gritar, pero en esta ocasión de rabia. No entendía lo que estaba ocurriendo, ¿acaso había alguien más aparte de Eilene? Pero era imposible, no había nadie más con ellas.

La mujer que ahora la retenía con fuerza no dejó de penetrarla con sus dedos y aquellos movimientos que en vez de sensuales ahora le resultaban obscenos y grotescos. Ana intentó golpear a su captora con la cabeza —con suerte podría acertarla en la nariz—, pero esta volvió a sujetarla del pelo. Estaba completamente inmovilizada.

—Estate quieta, ya casi está aquí —dijo la mujer que ya no era Eilene.

En el fragor de intentar liberarse, Ana no había visto lo que había venido acercándose lentamente. Una especie de serpiente enorme de color negro se arrastraba hacia ella desde el dibujo que había pintado Eilene en el suelo. Sin embargo, sus ojos no tenían nada de naturales y brillaban en un color rojo tan intenso que resplandecían en la oscuridad.

Ana soltó otro alarido e instintivamente trató de cerrar las piernas cuando aquel animal pareció reptar hacia ellas, pero la que no era Eilene se las volvió a separar bruscamente.

En su cabeza Ana se imagino que aquella cosa se adentraba en ella y todo su entrenamiento, toda su formación se vino abajo presa del terror. Sin embargo, el reptil se limitó a pasar debajo y a enroscarse alrededor de su cuerpo. Su tacto era resbaladizo y, en contra de lo que habría esperado, muy cálido, tanto que casi quemaba.

—Eres como todos nosotros —dijo aquella mujer mientras volvía a masturbarla—, tienes necesidades que otros no comprenderían si salieran a la luz. Apetitos que te torturan…

Apenas podía escuchar aquellas palabras. El contacto de aquella serpiente resultaba abrasador, pero no en el sentido literal de la palabra. Debía de estar haciéndole algo, porque ahora todo su cuerpo se retorcía por un hambre sexual que no había sentido jamás.

A pesar de que su parte más racional le gritaba que no lo hiciera, no pudo evitar dejar de luchar y someterse al único alivio que podía encontrar en aquellos dedos toscos que la subyugaban.

—Hazte suya y podrás tener todo lo que deseas…

Aquella mujer se empeñaba en seguir hablando, pero lo único que Ana quería de ella era que la penetrara más profundamente. Sus propios gemidos se confundieron con un «sí» que creyó pronunciar por alguna razón y del que casi no supo a qué respondía.

En ese instante, cuando su cuerpo estaba a punto de llegar al límite que anhelaba más que nada, algo la mordió en el antebrazo y un dolor agudo y profundo la sacudió por completo hasta hacerla perder la consciencia.


Ana se despertó de repente y miró el reloj despertador que tenía junto a una cama que apenas reconocía en una habitación igualmente desconocida. Eran las nueve menos cuarto de la mañana y ya había pasado más de un mes desde aquella noche que la torturaba en sus pesadillas cada día.

Se levantó y se acercó a la ventana. Por un momento pensó que las persianas debían de estar cerradas, pero lo cierto era que cuando allanó aquel piso la noche anterior, apenas se molestó en quitarse la ropa y meterse a la cama. Si alguien las había bajado, no había sido ella y, de hecho, algunas de las ventanas estaban incluso abiertas. Los dueños de aquel apartamento debían de haber abandonado el lugar precipitadamente.

Ana volvió a comprobar la hora. No era posible, debía haber amanecido hacía tiempo y, sin embargo, seguía siendo de noche. Antes de que pudiera preguntarse qué estaba sucediendo, varios sonidos de impacto comenzaron a tronar por todas partes. Sin duda, algo parecía estar cayendo del cielo sobre ellos.

En ese momento, Ana tuvo una imagen clara de lo que estaba sucediendo y decidió que no podía perder más el tiempo.

Sin vestirse, trató de localizar el portátil que había sacado de la oficina el día anterior. Todavía quedaba mucho por averiguar.

Jorge Serrano Celada