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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 40

mayo 9, 2021
Mujer que entrena

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Lo haría

Alma tosió varias veces y se tumbó bocarriba sobre el suelo de cemento. No podía más. Apenas era capaz de sostenerse en pie y le faltaba el aliento. Desde que recibiera aquellos poderes, no había vuelto a sentir el agotamiento o la debilidad y, sin embargo, ahora no recordaba haber estado tan cansada y dolorida en toda su vida.

La lluvia había vuelto a hacer acto de presencia, lo que dificultaba aún más sus intentos inútiles por huir de Mara. Las gotas de agua caían sobre sus mejillas como si fueran pequeños aguijones. Tenía la ropa tan empapada que se le pegaba a la piel y tenía tanto frío que había comenzado a tiritar.

Aquello no conducía a ninguna parte. Mara no había dejado de apalearla durante toda la noche. Ni siquiera sabía qué hora era, pero el cielo estaba tan negro como cuando despertó desorientada en aquel solar abandonado, por lo que aún debía de ser de madrugada.

La demonio se encontraba a unos diez metros de distancia, lo que en términos de sus capacidades significaba que podía alcanzarla en un instante y así lo hizo. Como había venido sucediendo hasta entonces, se escuchó un estallido y Mara cayó inmediatamente sobre ella propinándole un puñetazo en el estómago que, una vez más, la dejó sin respiración.

Alma se dobló sobre sí misma y trató de coger aire. El dolor era tan intenso que se abrazó a cualquier posibilidad de perder la consciencia, pero esta se negó a abandonarla.

Al igual que en las anteriores ocasiones en las que se había visto especialmente desvalida, Mara aprovechó la oportunidad para pasearle un dedo por la mejilla. Aquel contacto bastó para arrancarle un jadeo. Aunque estaba lejos en intensidad de lo que experimentó cuando la tocó en el despacho de la doctora Bernal y que la hizo enloquecer, aquellas simples caricias bastaban para hacerle perder el control momentáneamente.

Alma respondió pateando al aire, se quitó a Mara de encima y se volvió a levantar pesadamente. Si la intención de aquella malparida era hacerla reaccionar, lo cierto era que aquello funcionaba.

—Ah, vamos. ¿Cuánto más vamos a tener que seguir así? —dijo Mara evidentemente cansada de seguir con aquel juego—. ¡Cuánto tiempo voy a tener que seguir pateándole el culo a la putita? —gritó esta vez dirigiéndose al lugar en el que esperaba pacientemente Xabier, el juguete —ya no se le podía calificar de otra manera— de Lilith.

Alma vio alimentada su rabia una vez más. Quería destrozar a aquella demonio, humillarla como había venido haciendo con ella durante toda la noche. Sin embargo, la diferencia de poder era tan grande, que ni ella misma se veía capaz de hacerlo. Así todo, pateó el suelo como le había visto hacer a la otra innumerables veces y aprovechó el punto de apoyo para lanzarse contra la demonio. La intención era buena, pero plagada de dudas, por lo que Mara no tuvo problema alguno para interceptarla. La atrapó por la pechera de la camiseta y la estrelló contra el suelo.

—Ven aquí, cariño, si sé que te gusta —dijo Mara con una sonrisa sádica antes de volver a acariciarle la mejilla.

Esta vez la demonio no se limitó a un leve roce y se recreó jugueteando con sus labios. Alma no pudo evitar retorcerse. El cansancio y la tensión acumulada de cada uno de aquellos contactos la hacían cada vez más vulnerable. Una parte no muy escondida de sí misma deseó rendirse y entregarse a aquel anhelo, pero otra más feral ardió de rabia por verse sometida una vez más.

Si tan solo pudiera volver a experimentar algo del poder que la embriagó en aquella catedral. Lilith creía que aún lo guardaba en su interior, pero después de ser maltratada tantas veces por aquella hija de puta, Alma empezaba a dudar de que fuera cierto.

Mara, que la mantenía inmovilizada contra el suelo con un solo brazo, continuó paseando sus dedos por su piel con total impunidad. Si seguía de aquella manera, pronto no sería más que un despojo babeante incapaz de controlarse.

Estaba harta de todo aquello: de su indefensión, de las traiciones —aún no había podido asimilar lo que le había hecho Ana—, de las culpas, del miedo… Por una vez quería ser ella la que aterrorizara a los demás. Sí, como aquella vez…

Por un instante, quizás de manera similar a lo que sucedió en aquel despacho mientras la misma demonio que ahora la torturaba hacía lo propio, Ama se vio insuflada de una fuerza de la que no supo su procedencia, pero le dio igual. Agarró el brazo con la que la demonio la sujetaba y se lo quitó de encima con facilidad. Mara la miró sorprendida y antes de que pudiera decir nada, Alma la golpeó en el pecho con tal fuerza que salió volando. La demonio logró caer de pie y aunque no pareció estar especialmente herida se palpó el punto donde había recibido el golpe como si no entendiera lo que acababa de suceder.

Aquella oleada de poder pareció abandonarla como vino, pero Alma no pudo evitar soltar un grito de euforia ante aquel pequeño triunfo.

—¡Que te jodan! —le dijo a la demonio entre carcajadas mientras dedicaba todos sus esfuerzos a intentar mantenerse en pie.

Mara iba a responder cuando un golpe seco a lo lejos la interrumpió.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la demonio.

Instantes después algo se estampó contra el taller de fachada roja que tenían detrás, a pocos metros de donde estaría Lilith. Después hubo otros más.

Aquellos sonidos de impacto comenzaron a sucederse con mayor frecuencia y a grandes distancias a su alrededor. Era como si todo Bilbao estuviera sometido bajo una lluvia de meteoritos o algo similar, salvo que no se veían estelas de fuego ni se producían explosiones a su caída, solo aquellos golpes secos como los que haría un saco de arena al estrellarse.

Tanto Alma como Mara miraban atónitas en todas direcciones. Los golpes se sucedían una y otra vez y en ocasiones venían acompañados por explosiones de cristales.

Cuando su frecuencia comenzó a remitir solo quedó el sonido monocorde de innumerables alarmas de coche que protestaban a la vez.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Alma.

—Eso significa que nos estamos quedando sin tiempo —respondió Mara mientras se acercaba al lugar junto al taller en el que había caído lo que fuera que hubiese venido del cielo.

Xabier se vio arrastrado literalmente de allí para ser alejado mientras con su linterna intentaba alumbrar la supuesta zona de impacto. El haz de luz dibujó un gran círculo amarillento sobre la fachada del edificio que se fue retorciendo con cada una de las sacudidas involuntarias de su dueño, hasta que, en un momento dado, se centró en un punto junto al suelo en el que algo parecía moverse lentamente.

En un principio, Alma pensó que podría tratarse de una persona, pero enseguida comprendió que ningún  humano podría haber sobrevivido a aquella caída y menos aún moverse en esas condiciones. Fuera lo que fuese, su cuerpo estaba totalmente destrozada y parecía un amasijo de carne y huesos quebrados. Sin embargo, poco a poco aquella cosa parecía ir recobrando la compostura.

Uno de sus brazos, que apuntaba al cielo totalmente fracturado, se retorció sobre sí mismo hasta recomponerse por completo y se apoyó en el suelo mientras el resto de extremidades volvía a su estado original.

Instintivamente Alma dio un paso hacia atrás cuando aquel ser consiguió levantarse. Su aspecto, perfectamente reconocible, despertó en ella un terror del que no había sido consciente hasta ahora, oculto entre el olvido de sus pesadillas y comenzó a balbucear.

La criatura tenía las formas de una mujer desnuda de gran altura, pero carecía de pechos y, por el contrario, lucía un enorme miembro colgante que bailaba entre sus piernas con cada uno de sus movimientos. Sin embargo, lo que realmente hizo palidecer a Alma fue su cara ya conocida sin facciones, lo que en su momento les valió a esa cosa y a los suyos que los supervivientes del restaurante desaparecido los bautizaran como sinrostros.

—No, no puede ser —musitó Alma mientras daba más pasos hacia atrás.

El monstruo no tardó en fijar su mirada —si eso tenía algún sentido— en ella y en cuanto lo hizo su no-cara se abrió por la mitad y comenzó a chillar. Aquel grito, totalmente fuera del registro humano, atravesó el silencio solo cortado por las alarmas que aún se escuchaban a lo lejos. Apenas duró unos segundos, porque Mara se abalanzó sobre el sinrostro y le atravesó el pecho con el puño. La criatura cayó fulminada ante el poder incontestable de la demonio.

Alma perdió cualquier atisbo de fuerza en las piernas y se dejó caer de culo. Su corazón palpitaba a gran velocidad.

Minutos después, comenzaron a escucharse sonidos de disparos y explosiones a lo lejos, y en varios puntos la ciudad se iluminó bajo lo que más tarde comprendió que serían diversos incendios.

En un  momento dado incluso creyó percibir gritos, pero ya no estuvo segura de si eran reales o producto de su imaginación. Pensó en sus amigos y un temor diferente al que la había dominado en los últimos minutos se apoderó de ella. Hizo amago de ponerse en pie, pero alguien a quien no podía ver se lo impidió. No tardó en ver a Xabier cerca, calado hasta los huesos como ella y aterido de frío. Ni siquiera lo había visto llegar.

—Si quieres salvarlos, tendrás que tomártelo más en serio que hasta ahora —dijo la voz aterciopelada de Lilith frente a ella.

Alma miró inútilmente hacia donde debía de estar ella, a sabiendas de que no podría percibirla y simplemente asintió. La lluvia seguía maltratándola de manera incesante, pero ya no le importaba. Lilith tenía razón, si quería ser de ayuda y proteger a los suyos, debía hacerse más fuerte.

Se puso de nuevo en pie y se dirigió a Mara.

—¿A qué estás esperando? ¿Es que me tienes miedo?

La otra negó con la cabeza, atónita ante su reacción y sonrió levemente.

—Como desees.

«Hacerse más fuerte», sí, lo haría.

Jorge Serrano Celada