Saltar al contenido
relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 41

mayo 16, 2021
Hombre en oscuridad

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

logo
¡YA A LA VENTA EN AMAZON!

Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Run, boy, run!

Si alguien había pasado por ello alguna vez, debía de haber llegado a la misma conclusión que él: resucitar no era una tarea especialmente sencilla.

Alain llevaba horas —minutos o quizás unos pocos segundos— luchando por salir de allí. Desesperado, arañó con todas sus fuerzas la masa elástica que parecía rodearlo hasta que por fin consiguió rasgarla. No estaba seguro de que realmente hubiera sido así, pero ante el temor de haber estado asfixiándose en cuanto pudo asomar la cabeza tomó varias bocanadas en medio de un grito triunfal.

Cuando pudo recobrar el aliento, abrió los ojos y por un instante creyó haber fracasado. La oscuridad que lo rodeaba parecía tan espesa como la que lo había recibido al atravesar la evanescencia. Sin embargo, pronto un resplandor fulgurante en el cielo lo iluminó todo y supo que de alguna forma lo había conseguido.

Lo que sus ojos le mostraban en destellos intermitentes y lo que su cerebro trataba de componer no terminaba de cuadrar del todo. En términos sencillos, parecía encontrarse en el interior de una caverna ancha y no muy profunda, excavada verticalmente en el suelo, que se dividía bajo tierra en grutas a más pequeñas. Desde donde estaba podía divisar el cielo nocturno, tapizado por las mismas nubes negras y centelleantes que le habían descrito Cintia y Alisa.

Sin embargo, lo que realmente era difícil de descifrar era lo que parecía suceder a su alrededor. Era como si todo el espacio que lo envolvía hubiera sido deformado para darle cabida. Su cuerpo parecía estar flotando, pero en realidad permanecía suspendido en aquella masa solida y maleable en la que se había convertido el aire que lo rodeaba. Tanto el suelo bajo sus pies como las paredes más próximas se corvaban hacia fuera e incluso la escasa luz que le llegaba procedente de aquellos relámpagos constantes parecía sufrir la misma deformación.

Con no poco esfuerzo, consiguió liberar un brazo, después el otro y cuando casi logró soltarse del todo, las leyes de la física con las que estaba más familiarizado hicieron lo que tenían que hacer y cayó al suelo.

Alain tragó algo de polvo y se vio obligado a toser un par de veces, después se giró pesadamente y como si de una película de terror barata se tratara, el siguiente relámpago descubrió lo que debía de ser el cadáver de una extraña criatura de gran tamaño. Asustado, Alain se arrastró hacia atrás y no pudo evitar soltar un alarido antes de comprender que ya no era una amenaza.

Aquella cosa había tenido la mala suerte de verse alcanzada por el extraño fenómeno que lo había llevado hasta allí. Su cuerpo se retorcía más allá de lo que su extraña fisonomía infería que era viable, pero aún se mantenía en pie, como si hubiera sido fulminada en un instante, conservada para la posteridad. Disponía de seis brazos terminados en un único espolón afilado y tenía dos bocas enormes repletas de colmillos —siempre presentes, por supuesto—, una en el pecho y otra en lo que sería la cabeza.

Aquella imagen perturbadora trajo el recuerdo de sus últimos instantes en la pesadilla diseñada para él al atravesar la oscuridad y tuvo un estremecimiento que lo llevó a abrazarse en medio de fuertes temblores.

Había sobrevivido. Lo había apostado todo a una teoría descabellada y había funcionado. Aquella idea no mejoró el descontrol de su cuerpo.

Alain trató de calmarse y se puso en pie, luego, hizo el mismo ejercicio de concentración que al cruzar la evanescencia y cuando se llevó la mano a la cintura descubrió aliviado que el cilindro metálico que había esperado conservar seguía allí.

Tomó el sable láser y desplegó su haz azul. Su peso ahora parecía más equilibrado, como si de alguna forma se viera mucho más natural en su mano. Alain lo movió varias veces y sonrió levemente antes de alzar el arma para iluminar la estancia.

La singularidad de la que acababa de surgir se hizo ahora más evidente. Todo el aire parecía ondularse a su alrededor. Alain dedujo que sería producto de su aparición en aquella realidad, como si de alguna forma se hubiera impuesto su presencia allí —gracias, sin duda, a sus anclas—. Esa debía de ser la forma en la que se transitaba de una realidad a otra en la oscuridad.

Con curiosidad, examinó su ropa y comprobó que ya no llevaba el traje antigravedad que llevaba puesto al embarcarse en aquella misión. Por el contrario, vestía un sencillo conjunto de jersey y pantalón vaquero, el mismo que había usado para la grabación de vídeo que se visualizaría en bucle en un monitor frente a sus familiares y amigos durante el anclaje. La idea era ofrecerles una imagen fácil de visualizar.

Aquello significaba que con suerte los cambios habrían tenido éxito. Ahora solo faltaba comprobarlo.

Un rugido a sus espaldas hizo que estuviera a punto de perder el sable, pero un instinto natural —recién adquirido— lo llevó a asirlo con las dos manos en posición defensiva y a encarar aquel nuevo peligro con una serenidad que lo sorprendió a él mismo.

Otra criatura similar a la anterior, pero de un tamaño algo inferior —ambas superarían los dos metros sin demasiado esfuerzo—, apareció a través de una de las grutas que se adentraban en las paredes. Aquello llevó a Alain a la conclusión de que debía de estar en el interior de alguna clase de nido, quizás similar a un hormiguero. La buena providencia lo había llevado a aparecer junto a una de sus entradas y no en las profundidades de su interior —o directamente bajo tierra—.

El monstruo abrió sus dos grandes bocas y dejó salir sendos pares de lenguas con los que Alain no dudó que podría ensartarlo si se lo permitía.

La primera reacción de la criatura fue abalanzarse sobre él, pero pudo esquivarla grácilmente rodando hacia un lado. Ni en su época como jugador federado de waterpolo habría soñado moverse así. ¿Significaba eso que Javi lo había conseguido? Eso todavía estaba por verse.

Alain balanceó el sable con una maestría inusitada. Con cada movimiento el haz de luz emitía un ronroneo eléctrico que cortaba el silencio.

La bestia, al ver el cadáver de su congénere, emitió otro rugido y después se irguió por completo sobre sus dos patas —lo que añadió medio metro más a su altura—, lo señaló con uno de sus apéndices terminado en garra y habló. O, al menos, eso supuso Alain, ya que sus palabras le resultaron completamente ininteligibles.

No sabía bien el por qué, quizás fuera una forma de protegerse ante el terror que le producían aquellos seres, pero hasta ahora había asumido que no eran inteligentes, el hecho de que aquel monstruo fuera capaz de hablar…

No tuvo tiempo para más elucubraciones, tal como había sospechado, la criatura utilizó aquellas lenguas como armas y las lanzó contra a él a una velocidad inimaginable. Sin embargo, lo que algunos llamarían instinto o, incluso, premonición le permitió prever su trayectoria y esquivarlas con facilidad. Frustrada, la bestia repitió sus ataques una y otra vez, pero Alain las evitó con giros, volteretas y satos acrobáticos imposibles.

Aquellas nuevas habilidades tenían un nexo común, un origen cuya máxima expresión debería permitirle, entre otras cosas… Alain trató de concentrarse y golpeó el aire frente a aquel monstruo con la palma de la mano. Inmediatamente después, la criatura salió volando hacia atrás y se estrelló contra una de las paredes agrietándola. Era como si acabara de utilizar…

—La Fuerza… —expresó en voz alta Alain—. Gracias, Javi. Te debo una…

Aquella era una referencia a una famosa saga de películas de ciencia ficción que tanto Javi como él tenían entre sus favoritas. Cuando ambos discutieron sobre qué habilidades imprimir en el anclaje, Alain sugirió la posibilidad de utilizar un icono predefinido y aquel era el resultado.

Alain cerró el puño y antes de que aquella bestia pudiera recuperarse del todo saltó varios metros por los aires y aterrizó atravesándola de arriba abajo con el sable. La hoja no tuvo ninguna dificultad para cortar su cuerpo y cauterizar la herida a su paso.

El cuerpo sin vida de aquel monstruo permaneció unos instantes en su sitio, como si no fuera consciente de lo que le acababa de suceder y acabó desplomándose en el suelo.

Alain suspiró aliviado y después contempló fascinado su arma. Luego contempló el cielo que destellaba constantemente.

Tenía que salir de allí. En condiciones normales le habría resultado imposible. Calculó que habría una veintena de metros hasta la superficie por una superficie vertical con pocos lugares donde agarrarse, sin embargo, ahora…

Alain guardó su arma y se dispuso a tomar impulso. En un primer intento, llegó a saltar hasta alcanzar algo más de la mitad de la altura que necesitaba. Al hacerlo y aterrizar sin problemas, soltó otro grito, pero esta vez de pura euforia. Era increíble lo que ahora se veía capaz de hacer. Volvió a intentarlo, pero esta vez con todas sus fuerzas y su cuerpo salió disparado mucho más allá de lo que necesitaba.

Por un instante antes de caer fuera de aquella garganta, tuvo una visión privilegiada de la zona. Tal como sospechaba, aquello debía de ser un nido con decenas de agujeros similares al que acababa de abandonar.

Cuando hubo aterrizado, comprobó que todo estuviera en su sitio. No parecía que se hubiera hecho nada. A pesar de lo mucho que había planificado todo aquello, aún no podía creer que fuera real.

Miro a su alrededor. Desde donde estaba solo podía ver varias cordilleras escarpadas entre las que se  salpicaban aquellas entradas excavadas en el suelo. Debía darse prisa y salir de allí, pero antes tenía que averiguar hacia dónde.

Rebuscó en el bolsillo del pantalón y sacó lo que buscaba. No era nada que ninguno de los tripulantes del Bloon hubiera llevado encima al cruzar la oscuridad, sino algo que todos habían acordado invocar. Era una brújula magnética de acero, pero esta, en vez de apuntar hacia un norte seguramente inexistente, señalaba en la dirección de la persona o lugar que su dueño tuviera en mente. Un pequeño mapa de bolsillo, sencillo de imaginar, que habían ideado para moverse en aquel lugar.

Alain pensó en Cintia e instantes después la aguja se movió hacia un punto en concreto. Movió el aparato en círculos y al comprobar que siempre se dirigía hacia el mismo lugar quedó satisfecho. El invento parecía funcionar. Solo rezó para que todos estuvieran bien. Hasta ese momento, todo parecía haber estado yendo  acorde a lo que tenía planeado. Solo esperó que siguiera así.

En ese instante infinidad de gritos, rugidos y voces como la que había escuchado de la criatura al pronunciar lo que había supuesto que eran palabras comenzaron a propagarse de manera creciente por toda la zona.

No tenía muy claro qué estaba sucediendo, pero calculó que habría cientos de aquellas criaturas quizás en su busca y echó a correr antes de que aparecieran y pudieran verlo.

Mientras huía, la misma canción que lo salvó de la locura de ser devorado vivo volvió a resonar en su cabeza:

«Run, boy, run!».

Jorge Serrano Celada