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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 42

mayo 23, 2021
Avión militar

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

A por ellos

Marta soltó un grito cuando una explosión a lo lejos casi la llevó a dejar caer el teléfono por el que estaba hablando. Permaneció a la espera, expectante, por si pudiera haber más réplicas o averiguar qué estaba sucediendo —aunque ya lo sabía perfectamente, los datos no mentían— y segundos después pudo escuchar el sonido de innumerables disparos —o eso creyó que eran— procedentes del mismo lugar. La voz de su interlocutora al otro lado de la línea apenas era audible sin el manos libres, pero por su tono y las veces que repetía su nombre era evidente que había llegado a captar algo.

Cuando se llevó de nuevo el móvil a la oreja necesitó varios segundos antes de poder hablar. Sus manos temblaban como si sufriera una hipotermia severa y aunque la temperatura exterior era considerablemente inferior a los valores medios esperados en aquella época del año —consecuencia de que la luz del sol fuera bloqueada por la evanescencia— sabía que aquello nada tenía que ver con el frío.

—Marta…, Marta, ¿estás ahí? —insistía aquella voz—. No sabemos lo que está sucediendo, pero al parecer hemos perdido la conexión con Marta Nieto, que, como sabrán, es investigadora del Instituto de Física Teórica y que se encuentra desplazada en el campamento militar que el Ejército de…

—Estoy aquí… —la interrumpió ella en susurros, como si tuviera miedo de que pudieran encontrarla.

La presentadora del especial informativo de Radiotelevisión Española sobre la evanescencia —de la que no lograba recordar su nombre— no tardó en acosarla a preguntas.

—No sé lo que está pasando —intentó responder Marta—, solo sé que ha habido una explosión y se oyen disparos. Creo que han llegado hasta aquí.

—Nos están llegando infinidad de imágenes que muestran que en gran parte del País Vasco sigue siendo de noche… ¿Sabe qué es lo que está ocurriendo? —insistió la presentadora del informativo.

—Es un eclipse solar… La evanescencia está tapando el Sol, al igual que lo haría la Luna. Lo cierto es que ha crecido exponencialmente más allá de lo que esperábamos… Aunque el verdadero problema es su decrecimiento. Hace media hora su tamaño se ha visto reducido desde los siete mil kilómetros cuadrados a los dos mil quinientos, más o menos como lo había previsto…

—¿Y por qué está pasando eso? —preguntó la presentadora—. También hay innumerables testimonios de lo que parecen ataques coordinados a la población, pero las descripciones son confusas. Puede aclararnos…

—¡Marta, qué haces aquí todavía? —Julio acababa de entrar en la tienda visiblemente agitado. Una segunda explosión lo llevó a agacharse instintivamente—. ¡Tenemos que salir de aquí, ahora! ¡El coronel quiere que vayamos a los módulos donde están refugiadas las anclas!

Sin darse cuenta, Marta comenzó a hiperventilar. Por un momento se vio totalmente superada por el pánico, pero pasados unos segundos logró sobreponerse y salió de allí con su compañero.

Mientras huía de la carpa en la que prácticamente habían pasado toda la noche —la de verdad— monitorizando el vuelo del Bloon recordó que aún mantenía la llamada abierta con la presentadora —de la que seguía sin recordar su nombre—.

—¡Avisad a todo el mundo, por favor! ¡Que nadie se acerque a las criaturas! ¡Que huyan lo más lejos posible o a sus casas! —En ese momento, Marta recordó los relatos de Alain sobre los ataques sufridos por aquellos seres en el restaurante—. ¡Y que no dejen que los toquen!

Acto seguido, Marta colgó el teléfono. Sabía que sus palabras habrían resultado de todo menos coherentes, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Ahora solo podía concentrarse en sobrevivir. Sus peores temores se habían hecho realidad: treinta minutos antes, los sensores habían captado incontables llamaradas en el horizonte de la evanescencia como la observada poco antes del ataque a la base militar de Soietxe.

Los monstruos existían de verdad, nada de todo aquello era una fantasía, y ahora habían venido a por ellos.

Jorge Serrano Celada

Súcubo – Capítulo 42(c)Jorge Serrano Celada