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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 43

mayo 30, 2021
Monstruo

Ilustración a cargo de mist XG.

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Crecer un poco más

A pesar del tamaño descomunal de Abadón, similar en altura al de un pequeño edificio de pocas plantas, el suyo no era en nada comparable al del propio Leviatán. Tal era así, que para hacer advertir su comparecencia ante el Padre debía acercarse lo suficiente y llamar su atención de manera apropiada.

El aspecto de Abadón era el de un gigante semihumano de figura estilizada con dos grandes cuernos zigzagueantes en la cabeza; afiladas protrusiones en los hombros y un par de alas similares a las de un murciélago en los antebrazos, que caían tras él arrastradas por el suelo. Tras sus espaldas flotaba un halo de fuego, cuyas llamas prendía a voluntad, y de sus caderas surgía una envoltura que cubría sus piernas, como si fuera la parte inferior de una túnica.

Su andar lento y constante lo hacía avanzar por las colinas escarpadas que conducían a los límites del Abismo. Aunque muchos se negaban a darle ese nombre, él había decidido adoptar el que los humanos designaran a su mundo en tiempos ya olvidados, un lugar de muerte y oscuridad.

Dejó atrás un bosque de árboles milenarios tallados en piedra —allí no había más vida que la que se arrancaban unos a otros apareándose y alimentándose—  con ramas afiladas que le llegaban hasta las rodillas y llegó a la Llanura infinita, donde el subconsciente del Padre levantaba las estatuas más íntimas que solo unos pocos como él habían tenido el privilegio de contemplar. Aunque la influencia del Padre se esparcía por todas partes modelando su hábitat tal como lo conocían, en aquel lugar, cerca de donde descansaba la cabeza de la serpiente, era donde su poder de creación reflejaba con mayor intensidad sus miedos y deseos.

De entre todas las imágenes que poblaban aquel lugar en diversos tamaños —muchas reflejaban acontecimientos pasados, como la batalla de Leviatán contra su hermano Baal, al que dio muerte desgarrando los cielos mismos; otras, las más recientes, representaban a la elegida de diversas formas—, la que más intrigaba a Abadón era una en la que aparecía Lilith, también hermana, exiliada hacía tanto que era apenas un recuerdo entre los más antiguos, sosteniendo una cría humana entre las manos y ofreciéndosela al Padre. ¿Qué significaría aquella escena? ¿Sería un recuerdo u otra cosa?

Abadón continuó su marcha hasta llegar a una estatua que se elevaba por encima de todas las demás sobre un pilar retorcido de piedra. En ella aparecía una humana desnuda de cabellos sinuosos y belleza sin igual, atravesada por la lanza de un hombre ataviado con pieles de animales. Aquella era su predilecta, porque sabía que de alguna forma debía de ser importante para el Padre. Otras desaparecían o se transformaban con el tiempo, pero aquella no, siempre protegida por una enredadera de cientos de miles de espinas que la rodeaban desde el suelo.

El que en otros tiempos recibiera el sobrenombre de el destructor siguió con aquel caminar pausado hasta que ya no hubo más esculturas ni nada que interrumpiera la imponente presencia del Padre en la lejanía.  Como en infinidad de ocasiones, Abadón se maravilló ante su magnificencia, solo apta tan de cerca para unos pocos. El cuerpo de la serpiente se extendía a ambos lados hasta perderse en la oscuridad e incluso desde aquella distancia se elevaba hasta casi tocar el cielo. Algunas de las aletas dorsales más altas llegaban, incluso, a arrancar jirones de las nubes más cercanas. Con cada resplandor eléctrico en el firmamento, las enormes escamas azuladas de su piel emitían innumerables destellos iridiscentes en un espectáculo sin parangón.

Como era de esperar, la serpiente no dio cuenta de su presencia, como él mismo ignoraría la de un grano de arena. Debía llamarla, hacerle ver que estaba allí.

Abadón cerró su puño y golpeó el suelo con una fuerza y velocidad inimaginables. El terreno se hundió bajo sus pies y la honda expansiva se extendió decenas de kilómetros a su alrededor. Cuando la nube de polvo que siguió a aquel impacto fue arrastrada por el viento, apareció en medio de un pequeño cráter de gran profundidad. Salió de allí y esperó.

Un tiempo incontable después, las fauces de la serpiente surgieron de entre las nubes, que se deshicieron en hilos a su paso. Sus ojos iluminaron en rojo todo lo que había ante ellos y él se dejó imbuir por su luz. El Padre por fin lo había visto.

Inmediatamente después, infinidad de rayos cayeron sobre aquel cuerpo inconmensurable y se desató una tormenta eléctrica de la que Abadón tuvo que proteger su vista para evitar ser cegado. Después, todo se oscureció y no hubo más rastro de la serpiente.

En ese momento, Abadón se arrodilló y esperó pacientemente. Una figura no mayor a la de un humano y con la misma forma apareció ante él. Su aspecto era el de una sombra cuyos contornos parecían desvanecerse en el aire. La diferencia de tamaño entre ambos hacía que ahora Abadón pareciera un coloso en comparación y, sin embargo, cuando los ojos rojos del Padre se elevaron hacia él, no pudo sentirse más pequeño.

La figura habló con una voz de una magnitud impropia de un ser de tan reducidas dimensiones y Abadón se estremeció.

—¿La habéis encontrado? —dijo Leviatán en palabras que ningún humano podría comprender.

Solo con su presencia a aquella distancia, Abadón tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para evitar que la figura se apoderara de su esencia. La misma por la que había tenido que luchar para llegar a ser el que era. No quiso imaginar lo que podría suceder si llegara a tocarlo.

—Así es, Padre. Una de mis langostas llegó a avisar a las demás, antes de desaparecer. No puede estar muy lejos.

—Tráemela, Abadón… La necesito…

El demonio inclinó aún más su cabeza y se llevó un puño al pecho en símbolo de devoción.

—Así se hará, Padre.

Después, la sombra se difuminó en la oscuridad y desapareció en un instante. Acto seguido, se desató un vendaval que amenazó con arrastrarlo cuando el cuerpo masivo de la serpiente ocupó su lugar y formó de nuevo aquel muro insondable que abarcaba los límites del Abismo.

Abadón se juró a sí mismo que acabaría con el sufrimiento del Padre. Si hiciera falta, iría él mismo a buscar a la elegida.

Su odio por los humanos creció un poco más.

Súcubo – Capítulo 43(c)Jorge Serrano Celada

Jorge Serrano Celada