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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 44

junio 6, 2021
Hombre calvo

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Más fuerza que antes

Después de algo más de cuatro horas en aquella sesión, Javi estaba más que agotado, sin embargo no se atrevía a decir nada. Pese a las insistencias de los que más la conocían, la madre de Alain no se había despegado en ningún momento de la silla frente al televisor y sostenía la cuerda de anclaje como si de ello dependiera la vida de su hijo. En cierto modo, así era, aunque Javi no terminaba de creerlo. Aquello precisamente lo aterraba, porque si todo eso era real, tenía miedo de estar fallándole a su amigo. A pesar de  ello, había tratado de hacer lo que él le había pedido.

Cada cierto tiempo, Javi se sentaba junto a la madre de Alain, hacía el paripé agarrando aquella cuerda e intentaba imaginarse a Alain como un caballero versado en el uso del sable láser y la Fuerza. Aquella era la parte fácil, ya que había crecido con aquellos iconos desarrollados en multitud de películas, series y videojuegos. Lo otro que le había pedido Alain, sin embargo, le era mucho más complicado, porque prácticamente se lo tenía que inventar y la imaginación no era su fuerte.

Definitivamente, algo grave estaba ocurriendo. A ninguno de los que estaba en aquella habitación se le había escapado el hecho de que eran más de las nueve y media de la mañana y que seguía siendo de noche.

Mientras la lluvia golpeaba los paneles metálicos de las paredes con un repicar constante, decidió luchar contra la amenaza del sueño consultando el móvil. Las noticias eran confusas, pero en todas parecía señalarse que aquello debía de estar pasando en la mayor parte del País Vasco —un dibujo en un mapa trazaba un círculo gris que cubría toda Bizkaia, el oeste de Gipuzkoa y el noroeste de Araba—. Las imágenes en directo tomadas desde el aire de Bilbao y que a esas alturas debería estar en pleno proceso de evacuación mostraban la aparición de pequeños incendios en diferentes puntos de la ciudad.

Pero lo verdaderamente inquietante eran los numerosos testimonios de  avistamientos y ataques a manos de… Nadie sabía cómo calificarlos. Twitter ardía en discusiones sobre su naturaleza y procedencia, pero el hecho de que la mayoría coincidiera en su descripción —algunos aseguraban que debían de llevar máscaras, pero en todos ellos se hablaba de gente sin cara— lo hacía imposiblemente real. ¿Qué estaba pasando?

Javi deseaba con todas sus fuerzas acabar de una vez con todo aquello y regresar con su mujer y su hijo. Cansado de todo aquello, se disponía a sentarse otro rato sujetando aquella maldita cuerda cuando una explosión a lo lejos hizo que todos levantaran la mirada.

—¿Eso ha sido una…? —preguntó Nahia, la prima de Alain.

Javi se dirigió hacia las ventanas y comprobó que varios soldados corrían en dirección a la procedencia de aquella explosión. Ya no había ni rastro del vehículo que portaba el misil enorme que había visto antes. Los disparos comenzaron poco después.

Otra mujer, amiga de Alain, comenzó a sollozar —pero no su madre, que siguió impertérrita en su sitio, si acaso más concentrada aún que antes—.

—¿Nos están atacando? ¿Son esas criaturas que dicen en internet? —preguntó al que llamaban Larry.

Javi no supo qué contestar. Hacía un buen rato que la lógica había hecho las maletas y se había ido de vacaciones, así que en lo que a él respectaba cualquier teoría tenía barra libre.

Hubo más explosiones y Javi creyó escuchar lo que podrían ser disparos, pero no estuvo seguro.

Instantes después entró un soldado a la habitación y todos excepto la madre de Alain y el otro amigo de Alain, que en esos momentos ejercía de ancla, acudieron a su encuentro.

El soldado levantó las manos pidiéndoles que se calmaran.

—Todavía no sabemos qué está pasando, pero hemos decidido incrementar el número de efectivos en el edificio. Este es ahora mismo uno de los puntos prioritarios en la defensa de todo el campamento, así que pueden estar tranquilos —dijo el soldado con tono forzadamente calmado.

—¿El otro es donde tenéis el misil ruso que habéis traído antes? —preguntó Javi.

Los demás lo miraron con cierta extrañeza. Ni siquiera supo por qué de entre todas las cuestiones que podía plantearle a aquel chaval —no tendría más de veinticinco años— acababa de elegir aquella que ni siquiera venía a cuento, pero salió inconscientemente de su boca, como si hubiera estado creciendo en su subconsciente desde que contemplara la llegada de las tropas internacionales de la OTAN con aquel camión al frente.

El soldado titubeó por un momento. Era evidente que aquel tema debía de ser altamente confidencial y que su rango estaría lejos de recibir la autorización suficiente como para hablar sobre ello.

—Por favor, continúen con… lo que estaban haciendo y no se preocupen. Estamos aquí para protegerlos.

El soldado salió antes de que los demás pudieran protestar y después de mirarse unos a otros volvieron a sus sitios en silencio. Nahia, la prima de Alain acarició el hombro de la madre, pero esta ni siquiera se inmutó. La fuerza de voluntad de aquella mujer no tenía límites, al fin y al cabo estaba luchando por la vida de su hijo, significara lo que significase aquello.

Él también tenía a su familia allí, por lo que decidió que haría lo único que en aquellos momentos estaba en su mano para protegerlos: se sentó junto a la madre de Alain y agarró la puñetera cuerda, pero esta vez con mucha más fuerza que antes.

Jorge Serrano Celada

Súcubo – Capítulo 44(c)Jorge Serrano Celada