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relatos Cielo Rojo

Súcubo – Capítulo 45

junio 13, 2021
Autobús abandonado

 

Esta es la continuación de mi novela Íncubo, por lo que si no lo has hecho ya, te animo a que la leas antes de seguir con este capítulo.

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Lo que vas a leer a continuación es un borrador sujeto a cambios y sin apenas revisión. Si quieres disfrutar de esta novela en condiciones, te recomiendo que esperes a su publicación y puesta a la venta, tanto en formato físico como en digital. Si por el contrario quieres reírte un poco de un escritor venido a menos, disfruta del siguiente capítulo.

Lejos de terminar

Tras la aparición del sinrostro en la carretera, Emilio había acudido al encuentro de su hija mayor, Ariadna, para asegurarse de que estuviera bien y, de paso, evitar las posibles preguntas del conductor. Como era de esperar, su hija estaba aterrada y en cuanto lo tuvo a su alcance se le echó encima casi temblando.

Durante los minutos que habían seguido desde entonces, nadie había dicho nada. El policía vigilaba nervioso por la ventana, como si esperara que aparecieran más de aquellas cosas —hacía bien—; su mujer, a la que había podido contarle parte de lo vivido durante su desaparición —su violación, entre comillas, a manos del estudiante en el restaurante o el asesinato de la soldado en el campamento militar los dejó para otro momento— lo miraba con expresión interrogante, a sabiendas de que quizás fuera mejor mantenerse en silencio y Alfredo, el conductor, no le quitaba ojo desde el espejo retrovisor.

—Aita, ¿ese era uno de los monstruos sin cara que os secuestraron en el restaurante? —preguntó su hija mayor en voz alta de repente.

Emilio miró a Ariadna con expresión atónita. Una vez más, habían subestimado lo que su hija de seis años era capaz de asimilar. Era evidente que había escuchado parte o la mayoría de lo narrado a su madre mientras buscaban una forma de huir de la ciudad.

—¡No, cariño! —exclamó Saioa, aunque Emilio no tuvo claro si pretendía ser una respuesta o una orden a destiempo con la intención de que no dijera nada más.

En cualquier caso, ya era demasiado tarde. Todos tenían puesta la vista en él.

—¡Sabía que te conocía de algo! —dijo Alfredo mientras intercalaba su atención entre el espejo y los escasos metros visibles de carretera que los focos del autobús conseguían mostrar—. ¡Eres uno de los siete, los que desaparecieron con el restaurante!

El policía se puso en pie y se acercó lentamente a su sitio.

—Ahora que lo dices… ¡Tienes razón, yo también lo conozco, lo he visto por la tele! —gritó detrás la madre del niño de ocho años.

—¿Qué significa eso? ¿Tienes algo que ver tú con todo esto? —preguntó el policía con tono amenazante.

Emilio dejó a su hija y se levantó a su vez del asiento. Las insinuaciones del policía amenazaban con hacerle perder el poco control que le quedaba. Por alguna desquiciada razón, le vino a la cabeza la semiautomática de 9 milímetros que guardaba en el bolsillo interior de la chamarra con una única bala —la  que no descargó sobre la soldado— y tuvo miedo de sí mismo.

Saioa apartó debidamente a Elisa y le pegó un empujón en el hombro al policía, no tanto con la intención de apartarlo como de llamar su atención.

—¡Deja en paz a mi marido! Tú y los tuyos habéis estado persiguiéndolo y acosándolo durante el último mes. Lo habéis arrancado de su casa, de sus hijas y de mí. Si hay que buscar culpables, entonces es gracias a vosotros que ninguno de ellos haya podido avisarnos de nada de esto. ¡Así que vuelve a tu puto sitio y escucha lo que tenga que decir!

La intervención de Saioa tuvo el efecto deseado y sirvió para que todos se calmaran —incluido él mismo—. Elisa, la pequeña, comenzó a llorar asustada y su mujer la rodeó con los brazos para intentar tranquilizarla.

En aquel momento, Emilio amó un poco más a su mujer. Era consciente de que tenían mucho de que hablar —como por ejemplo sobre su escarceo con Alma y Alain en el baño del restaurante, del que algo le había adelantado—, pero parecía que aún podía contar con ella.

El policía asintió algo airado y volvió a su sitio, al igual que hizo el padre del niño de ocho años que también había acudido a la posible refriega.

—¡Ey, mirad! —dijo Alfredo señalando la carretera—. Hay luz.

El conductor tenía razón. En el horizonte cercano se vislumbraba algo de claridad, pero a diferencia de lo que cabría esperar, la luz que se proyectaba era blanquecina, lejos de los tonos rojizos que acompañarían a la salida del Sol.

«Normal, hace más de hora y media que ha amanecido», pensó Emilio.

Justo en ese instante, cuando aún no había tenido tiempo de sentarse correctamente, algo se estrelló contra el lado derecho del autobús haciendo que todo el autobús se tambaleara. Las dos ventanas delanteras estallaron en infinidad de cristales y solo la fortuna hizo que la que se situaba junto a Saioa y Elisa se limitara a resquebrajarse. El policía no tuvo tanta suerte y recibió parte de la metralla, al igual que la pareja de chavales que se sentaba al otro lado.

El autobús perdió su rumbo y, entre gritos de todos los ocupantes, Alfredo tuvo realizar varios giros experimentados del volante para recuperar el control. Finalmente consiguió enderezar el vehículo y comenzó a reducir la marcha, probablemente con la intención de asegurarse que todos estaban bien.

—¡No te pares! —gritó Emilio.

Aquello debió de servir para convencerlo y el minibús aceleró su marcha.

Emilio comprobó que tanto las niñas como su mujer, aunque asustadas, estaban bien y ahora sí, sacó el arma.

Un segundo golpe en la esquina trasera del mismo lado desestabilizó ligeramente el autobús, pero no lo suficiente como para que Alfredo no pudiera compensarlo rápidamente —quizás con otro conductor menos experimentado no habrían tenido tanta suerte—.

—Pero ¿qué es eso? —preguntó el padre del niño de ocho años.

—¡Alfredo, sigue hasta que salgamos de la oscuridad! —volvió a gritar Emilio.

Aquellas palabras hicieron rememorar todas sus pesadillas. La oscuridad volvía a traer los monstruos que creía haber dejado atrás y ni siquiera sabía si lo que le acababa de pedir al conductor serviría de algo, pero todos sus instintos le decían que tenían que salir a la luz.

El policía, lleno de rasguños por toda la cara, sacó a su vez otra arma y se unió a Emilio en el pasillo.

—¡Todo el mundo al suelo! —gritó con tono autoritario.

Un tercer golpe más acertado, esta vez en la esquina trasera de la izquierda, obligó a Alfredo a contrarrestarlo con nuevos giros y maniobras.

—¡Ya casi estamos! ¡Aguantad! —gritó Alfredo.

Emilio apuntaba el arma en todas direcciones, pero apenas veían nada, más allá del resplandor creciente al que se acercaban lentamente, como si fuera el final de un túnel infinito. El aire que entraba por las ventanas destrozadas silbaba con furia en sus oídos y le impedía captar nada que no fueran los gritos de los demás y su familia.

En un momento dado creyó captar algo de movimiento por el punto donde habían recibido el primer impacto y sin darse cuenta apretó el gatillo. El disparo, ensordecedor, se perdió en la nada y resonó por todo el interior del autobús arrancando nuevos gritos.

—¡Qué estás haciendo? —le gritó el policía mientras le obligaba a bajar el arma—. ¡Podrías darle a alguien! ¡Solo cuando lo tengas a la vista!

Emilio indicó que no tenía más munición y el otro se limitó a maldecir murmurando. Visto en perspectiva, era obvio que debía haberse mantenido alejado de aquella arma y haberse negado a cogerla cuando Ana se la hubo ofrecido, pero tampoco había tenido muchas alternativas. Así había sido su vida desde que pisara aquel restaurante, una suerte de sucesos en los que apenas había tenido margen de decisión.

Desarmado y sin posibilidad de enfrentarse a lo que los estuviera atacando, se agachó en medio del pasillo, pero sin llegar a tumbarse como los demás.

—¡Pase lo que pase, no dejes que te toque! —gritó al policía.

Justo en ese instante algo pareció trepar por el techo y el policía no lo dudó un instante: realizó varios disparos controlados asegurando cubrir la mayor parte del área. Desde luego, su postura y movimientos distaban mucho de la torpeza con la que él había manejado su arma. Era normal, al fin y al cabo, habría sido entrenado para ello.

El silencio solo roto por el viento entrante siguió ante la atención expectante del policía que esperaba con el arma levantada.

—¡No te confíes! ¡No creo que hayas acabado con él! —le gritó Emilio.

—¿Que no he acabado con él? Le acabo de soltar medio cargador. ¡Qué cojones es esa cosa? —dijo el policía.

Emilio comprobó cuánto les quedaba. La luz del día se recortaba de manera extraña a medio kilómetro, aproximadamente, de allí. Era como tener una sombrilla gigantesca sobre sus cabezas.

—¡Ya estamos! ¡Ya estamos! —insistió Alfredo.

Poco después, se produjo una explosión y un brazo de piel pálida abrió un agujero en el techo doblando el metal como si fuera cartón. Asió al policía por la pechera de la chaqueta y antes de que supiera lo que estaba pasando lo estrelló contra el techo con tal fuerza que consiguió arrancar parte de la cubierta.

El cuerpo del policía quedó incrustado en el techo completamente inmóvil.

Emilio ordenó a los que estaban a su altura, incluida su hija, que salieran de allí, pero todos estaban demasiado aterrorizados como para reaccionar a sus palabras. Decidido, localizó el arma del policía y apuntó hacia arriba imitando la postura que le había visto antes. Esta vez, intentaría hacer las cosas bien.

Escuchó algo de movimiento justo por encima de su cabeza y apretó el gatillo. Se oyó un alarido que tenía poco de humano y justo en ese instante la luz los inundó obligándolos a cubrirse los ojos. Aún así, Alfredo no detuvo el autobús y siguió avanzando, aunque a menor velocidad.

Emilio esperó durante lo que creyó que fue una eternidad y cuando pareció que no había más señales del sinrostro —o lo que fuera— acudió a comprobar cómo estaba su familia. Abrazó a sus hijas y a su esposa entre lloros y lamentos. No fueron los únicos en hacer lo mismo.

—Ya ha pasado, ya ha pasado —repitió Emilio una y otra vez.

Agradecido de poder tenerlas entre sus brazos, en su fuero interno supo que aquello estaba lejos de terminar.

Jorge Serrano Celada

Súcubo – Capítulo 45(c)Jorge Serrano Celada