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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Jägerin 01

septiembre 15, 2019
Jägerin - Jorge Serrano

 

Capítulo 01 – Irse de la sala

Ana tenía dos secretos bien guardados. Uno de ellos era la razón por la que llevaba alrededor de cuarenta y cinco minutos esperando, en el recibidor de aquel cine, a que apareciera la persona indicada. En otras ocasiones, no había discriminado demasiado por género, pero, aquella noche, parecía buscar algo más específico.

Los puestos de venta con comida no estaban lejos, por lo que, a pesar de que a esas horas de la madrugada la asistencia de gente era escasa, en el ambiente todavía se percibía el olor a palomitas, condensado a lo largo del día. Delante de ella, frente a la pared, un cartel enorme de cartón troquelado anunciaba una segunda parte de un largometraje que desconocía y del que no sentía el menor interés.

Sacó del bolso varios folios doblados y los extendió con cuidado sobre una mesita alta y redonda que había junto a ella. Eran entradas impresas, correspondientes a las sesiones de las diferentes películas que se emitían aquella noche. Comprobó la hora y desechó aquellas que ya habían empezado.

Un grupo de tres jóvenes, seis o siete años menores que ella, se dirigió hacia el punto de entrada, donde los esperaba el revisor que controlaba el acceso a las salas de proyección. Al pasar por delante, le dedicaron varias miradas que no se esforzaron en disimular. Después, intercambiaron algún comentario jocoso entre ellos, con codazo de complicidad incluido. Por un momento, se planteó aquella opción, pero, después, la desechó. Demasiado complicado y no era exactamente lo que estaba buscando.

Unos veinte minutos después, cuando los tacones de las botas comenzaban a torturar sus pies, apareció una pareja agarrada de la mano. Tendrían, más o menos, su misma edad. Al llegar al punto donde las cintas delimitaban la zona accesible sólo mediante pase, se detuvieron y él comenzó a inspeccionarse los bolsillos. Era obvio que había perdido las entradas. Ella lo miró con un gesto de desaprobación e hizo un comentario que Ana no pudo distinguir, al que lo siguió un resoplido de impaciencia. Por el desgaste con el que se dirigían el uno al otro, parecían llevar un tiempo juntos.

Definitivamente, él era lo que había estado esperando aquella noche.

Ana se acercó, poco antes de que él localizara los tiques y se los entregara al empleado que debía comprobarlas. Como era habitual, tras la revisión, les indicaron la película, la hora y la sala a la que debían acudir. Ana localizó la entrada correspondiente de entre el taco de folios y la utilizó para su propio acceso. Misma película, misma hora, misma sala.

Sin dejar de visitar los baños, en parte para hacer tiempo, esperó hasta que la hora de comienzo de la película hubiera pasado y, después, se decidió a entrar. Las puertas eran más pesadas de lo que parecían y, en cuanto las atravesó, se vio abrumada por el volumen del sonido emitido por los altavoces.

La pantalla en la que se proyectaba la película era enorme y abarcaba todo el frente de la estancia. En aquellos momentos, la escena exhibida desbordaba una claridad demasiado intensa para su gusto, por lo que decidió esperar al pie de las escaleras que conducían a las filas de asientos. La oscuridad era su aliada y lo mejor era tratar de pasar desapercibida.

Aprovechó la ocasión para intentar localizar a la pareja que estaba siguiendo. No lo tendría difícil, ya que, por lo que había podido observar, aquella noche, apenas había habido una gran afluencia. En efecto, pudo contar unas siete personas distribuidas alrededor de la zona central. Tuvo suerte de que su objetivo hubiera decidido situarse unas filas más atrás, donde no había nadie.

Cuando la oscuridad se volvió algo más acogedora, subió por las escaleras, simuló que consultaba el número de fila y escogió el asiento contiguo al del chico con problemas para localizar entradas. Ninguno de los dos le prestó demasiada atención, aunque la de los resoplidos no pudo ocultar un gesto de reproche, probablemente por aquella interrupción. Instantes después, como era de esperar, entró alguien más a la sala, pero no pasó de las primeras filas, por lo que no supuso ningún problema.

Antes de sentarse, se quitó la chaqueta de cuero que acompañaba al vestido y la dejó a un lado, junto con el bolso. Ambos podrían servir de ayuda más adelante, pero, por ahora, prefería tener el camino libre.

Como en cualquier expedición de caza, la aproximación era muy importante y debía realizarla con precaución. Sin prestar demasiada atención a la pantalla, su principal interés estaba centrado en su acompañante involuntario. Era atractivo, aunque no lo suficiente como para permitirse prescindir de cualquier otra cualidad que pudiera tener. Obviamente, no era algo que fuera a poder valorar, pero tampoco le importaba demasiado.

Varios minutos incontables de metraje después, él se apoyó en el reposabrazos que ella había dejado libre y Ana no dudó en hacer lo mismo. Aquel simple roce, piel con piel, sirvió para que se le acelerara el pulso y la invadiera una ola de excitación. Por supuesto, él intento apartarse, pero el estrecho soporte sobre el que descansaban no dejaba demasiado sitio para la intimidad y la huida resultaba demasiado incómoda. Ana disfrutó de aquel calor robado, como si fuera una caricia mucho más intencionada.

De una manera algo menos sutil, aproximó su pierna a la de él y, cuando ambas se tocaron, él respondió con un pequeño respingo. Volvió a intentarlo y, esta vez, él se mantuvo en el sitio. Las botas de Ana eran altas, pero no tanto como para impedir el contacto directo con aquella rodilla desnuda bajo el pantalón corto.

Con aquel gesto, caía otra barrera entre ambos. A pesar de ello, Ana podía percibir la rigidez con la que él se mantenía en su posición, como si tuviera miedo de moverse y evidenciar aquellos acercamientos involuntarios. No le quedaba más remedio que avanzar y exponerse. Era arriesgado, por supuesto, pero eso era lo que lo hacía tan excitante y, sin duda, adictivo. La humedad que había comenzado a empapar su ropa interior era prueba suficiente.

Su corazón palpitaba con fuerza. No era su primera vez en aquella situación, pero, como siempre, podía ser la última. Por fin, se decidió a dar el paso y, con el dedo índice, comenzó a trazarle pequeños círculos, sobre el dorso de la mano. Al principio, él no respondió, como si aquel gesto pudiera pasar desapercibido. Ella se preparó mentalmente para salir de allí ante la menor señal de peligro. Poco después, él la correspondió con caricias similares. Entrelazaron las manos y se permitió soltar un suspiro de alivio.

Con media película ya recorrida y lo que necesitara para huir antes de que terminara, el tiempo apremiaba. Ana le tomó la mano y la condujo hacia el dobladillo de la falda. El dudó por un instante, pero, enseguida, comenzó a desplazarse por el interior del muslo. Poco a poco, fue arrastrando el vestido, hasta dejar al descubierto parte de la ropa interior. Ana se recostó sobre el asiento y se abrió un poco más para facilitarle el camino. Después, tomo el bolso, que era de un tamaño considerable, y lo colocó sobre su regazo.

Mientras él iniciaba sus masajes, que profundizaban cada vez más a través de su ropa íntima, ella decidió retribuirle de la misma forma. En esta ocasión, utilizó la cazadora para cubrir parte del otro asiento y obtener la cobertura perfecta. Deslizó la mano por debajo, hasta alcanzar lo que estaba buscando y oprimió suavemente. Él se vio obligado a recomponerse en su sitio, a lo que su pareja respondió con una mirada fugaz que les sirvió como señal de advertencia.

Los dedos que la atormentaban decidieron retirar la barrera que se interponía ante ellos y avanzaron con diligencia. Aquello sirvió para distraerla de sus tareas, que tuvo que obligarse a retomar.

Con no pocos esfuerzo, Ana consiguió desabrocharle el botón del pantalón y descorrer la cremallera. Abarcó aquel sexo, despacio, desde su parte más firme hasta más vulnerable y se lamentó de no tener la oportunidad de poder degustarlo. Por un momento, se arrepintió de haber escogido a alguien con acompañante.

Aquellos dedos maliciosos le llevaban bastante ventaja y alternaban sus juegos en su interior con movimientos circulares alrededor de su punto más sensible. Se permitió dejar escapar un jadeo, casi inaudible, y, después, comenzó a jugar ella también. Con hábiles movimientos de muñeca, cada vez más rápidos, y que apenas evidenciaban lo que hacía, descubrió que su resistencia parecía ser mayor que la de él. Tan inmóvil como había sabido estar ante sus tocamientos previos, él alcanzó el orgasmo en absoluto silencio. Un calor húmedo inundó su mano y ese fue su único indicio de ello.

Ana temió que, ya satisfecho, él abandonara su actual empresa, pero, al parecer, había sabido elegirlo bien, y continuó masturbándola. En su cabeza, casi podía escuchar el sonido de aquellos dedos al introducirse en ella, como el de unas botas al saltar sobre un charco. Cerró los ojos y, de la manera más disimulada posible, se acarició un pecho. Deseaba que fuera él quien lo hiciera, pero la excitación del peligro en público tenía aquellas limitaciones.

Poco después, ella también llegó al final y tuvo que apretar los dientes para evitar gritar o contornearse. Una vez que hubo pasado, se contempló la mano, aún embebida en la esencia de él, y, tras dudar un instante, se lamió los dedos. Era la primera vez que lo hacía y, por alguna razón, aquel sabor fuerte y salado, en vez de rechazo, renovó sus ansias por continuar. Sin embargo, era tarde y no creyó que él fuera capaz de más.

Sin mediar palabra, recogió sus cosas y se levantó, dispuesta a marcharse. Él hizo ademán de retenerla, pero ante el temor de verse descubierto, se contuvo y ella se alejó discretamente.

Mientras descendía por las escaleras, temió que pudieran abordarla en cualquier momento e instintivamente apretó los puños y aceleró el paso. Sin embargo, no ocurrió nada. Estaba exhausta y lo único en lo que podía pensar era en llegar a casa, darse una ducha y quizás terminar lo que no había podido continuar.

 


 

Cuando ella pasó a su lado para abandonar la sala, Saúl ejerció el control del que tanto se enorgullecía y supo mantener la compostura. Le hervía la sangre por dentro y se sentía como un depredador ante la proximidad de su presa. Sin embargo, su madre le había enseñado a dominarse y a ser paciente. Cualquier descuido sería inaceptable.

Aflojó el puño de la mano y dejó ver lo que parecía ser el llavero de una esfera, con pequeños pinchos a su alrededor. Aunque no era visible en aquella oscuridad, la piel aún mostraba las hendiduras dejadas por aquel objeto. La mayoría de la gente huía siempre del dolor, pero, para él, era otra herramienta más. Eso era algo que también había aprendido de su madre.

Un minuto después, él también se fue de la sala.

Jorge Serrano Celada

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