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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Jägerin 02

septiembre 22, 2019
Mujer a la espera del tren

 

Capítulo 02 – Ser tan estúpida

El ferrocarril se aproximó al andén con un gran estruendo que fue en descenso a medida que se iba deteniendo. Ana dejó pasar los primeros vagones, cuyas ventanas desfilaron ante ella como un caleidoscopio de instantáneas en las que se mostraba gente de todo tipo.

Aquella jornada había sido especialmente extenuante. Se daba cuenta de que su doble vida —o triple, ya no lo tenía claro— comenzaba a afectarle en el trabajo. A lo largo del día, había intentado, sin demasiado éxito, concentrarse en los asientos contables del mes que tenía pendientes. Una y otra vez, su cabeza había insistido en regresar a lo sucedido la otra noche, en aquel cine.

Al principio, había sabido mantenerlo bajo control, como los otros aspectos de su vida que también requerían de cierta atención. Sin embargo, cada vez necesitaba más y con mayor frecuencia. Mientras atravesaba la última puerta del vagón final, se preguntó qué sucedería si todas sus facetas se desorganizaran de aquella manera. No quiso pensarlo demasiado.

A esas horas de la tarde, al igual que ella, mucha gente regresaba de sus respectivos trabajos, por lo que no había sitios libres e, incluso, los que esperaban pacientemente de pie ocupaban los pasillos y la zona de acceso a las puertas. Ana no pudo avanzar demasiado entre aquel gentío y se agarró como le fue posible a la barra central, ya de por sí, bastante atestada.

Entraban en los primeros días de otoño, pero el calor todavía los sorprendía de vez en cuando. Aquella tarde, estaba siendo especialmente intenso y el ambiente en aquel tren se había cargado con la humedad acumulada por cientos de pasajeros que no dejaban de sudar. Ana no era como los demás y, de alguna forma, no le desagradaba del todo.

Todavía no sabía cómo compaginar la rutina de su trabajo con aquellas sensaciones contra las que no había competición posible. Después del giró dado a su carrera profesional, en el que pudo aprovechar el máster de gestión económica que había cursado en su anterior empleo, no se podía permitir el perder aquella oportunidad. Sabía que no era gran cosa, al fin y al cabo, la empresa de pinturas para la que trabajaba no tenía una gran facturación. Sin embargo, había sido la mejor opción para volver a sentirse libre, muy a pesar de los deseos de su padre.

—«A los muertos les da igual lo que hagamos, Ana» —se dijo a sí misma, en forma de nota mental.

Trató de alejar aquellos últimos pensamientos y decidió entretenerse observando al resto de pasajeros. Aquella trampa tendida por su propia mente terminó en el lugar del que se había propuesto distanciarse. Entre todas las personas de toda clase, procedencia y edad que la rodeaban, justo a su lado, había un chico que le llamó la atención. Más tarde, se preguntaría qué era lo que exactamente había destacado en él y su conclusión sería que simplemente el haber estado junto a ella. Aquella señal de descontrol la tendría en cuenta más tarde, sin embargo, ahora, no era consciente de ella.

En su cabeza comenzó a fraguarse el juego, como ella lo llamaba. Eso no era bueno, porque pocas veces conseguía detenerlo y, por primera vez, no lo había planificado previamente.

—«Será algo sencillo, casi como no hacer nada» —volvió a decirse a través de otro pósit mental.

El chaval parecía ser un universitario, a juzgar por la mochila que llevaba detrás. Ambos compartían la misma barra de sujeción, lo que podría haber sido considerado como otra señal —diferente de la que luego serviría para que se echara las manos a la cabeza— de que debía ceder a sus instintos.

La primera vez fue bastante sutil. Aprovechó el vaivén del tren y se echó hacia delante, lo suficiente como para que uno de sus pechos rozara la mano con la que el chaval se sujetaba. Él, como cabría esperar, hizo caso omiso. Apenas duró un instante, pero para ella fue como una pequeña inyección de adrenalina.

Volvió a intentarlo y, en esta ocasión, prolongó un poco más aquel contacto. Con cierta sensación de euforia, pudo percibir sus nudillos, a través del sujetador y la fina tela del jersey de cachemir que llevaba puesto. El chico carraspeó, como si pretendiera fingir normalidad, pero no apartó la mano.

Aquella invitación velada sirvió para que Ana viera renovados sus esfuerzos, por lo que decidió prescindir un poco de la actuación. Se aproximó de nuevo y, esta vez, no hizo ademán de retirarse. Por el contrario, comenzó a restregarse tenuemente, casi de manera imperceptible.

Él no tardó en responder y, sin soltarse, enfrentó uno o dos dedos contra la redondez de su pecho. Ana sabía lo que buscaba y no dudó en ofrecérselo. Cuando él consiguió dar con la pequeña protuberancia que ahora pugnaba por salir, temió que se le hubieran marcado tanto los pezones, que fueran visibles bajo la ropa. Extrañamente, aquello la excitó aún más.

No estaba segura de si sería conveniente dar el siguiente paso. Él chico se movía nervioso en su sitio y el peligro, rodeados de tanta gente, era más que palpable. Sabía que había miradas furtivas dirigidas hacia ella, como era habitual, pero no creyó que supusieran ningún problema. En vez de apostar por la precaución, se dejó llevar un poco más y, esta vez, acarició el pantalón de aquel chico. Fue un simple toque a la altura de la cadera, pero quería saber cuál sería su reacción.

El traqueteo del tren seguía midiendo el tiempo que tenían antes de la siguiente parada, que no era mucho.

Él volvió a ejecutar otro gesto de normalidad, pasándose el dedo por la comisura de los labios. A pesar de lo que estaba pasando, se le veía serio y algo pálido. Así todo, siguió en su sitio, quizás dispuesto a continuar con el juego.

Ella así lo entendió. Como si fuera de manera casual, dejó caer la mano por delante de él y la mantuvo ahí, expectante. Al parecer, el mensaje fue entendido y su entrepierna no tardó en llegar, con tímidos golpecitos que apenas permitían dar cuenta de nada. Tal como había hecho él antes, utilizó los dedos para explorar un poco más y cuando llegaron las siguientes arremetidas, consiguió percibir algo de la tensión que al parecer le había provocado.

No tenía sentido, pero Ana se vio invadida por una sensación de poder sin igual. Tuvo que morderse el labio para no dejar escapar un suspiro frente al resto de pasajeros. Sabía que era una manera absurda de excitarse, sin posibilidad alguna de resolución, pero aquel nivel de exposición resultaba en cierta forma liberador, en contraste con el control que debía de llevar el resto del tiempo.

Ana pensó en las formas de continuar con aquel juego, cada vez más peligroso. Quizás, ahora, podría dejar que fuera él quien la tocara. Su creatividad comenzó a volar y se imaginó sometida a tocamientos en las nalgas que iban más allá de lo permitido en aquel contexto. Sin embargo, poco antes de llegar a la siguiente estación, sus pensamientos se vieron interrumpidos por las señales, esta vez de alarma, que se dispararon en su cabeza.

Una adolescente, que había estado apoyada contra la puerta de enfrente, mantenía la cámara del móvil en su dirección. Probablemente ni siquiera estaría utilizándola, pero aquello sirvió para recuperar un poco de su cordura y traer de nuevo a la versión de sí misma que siempre planificaba todo lo que hacía.

Aunque no era su parada, en cuanto el tren se detuvo y se abrieron las puertas, Ana salió de allí, sin decir nada. No tuvo tiempo de ver la reacción de aquel chico, pero estuvo segura de que ambos volverían a verse de nuevo en sus respectivas fantasías.

Como en otras ocasiones, mientras se alejaba, aunque había demasiada gente en el andén, se aseguró de comprobar si alguien la seguía. Después, mientras subía por las escaleras, aprovechó para echarse una buena bronca por ser tan estúpida.

Jorge Serrano Celada

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