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relatos Cielo Rojo

Relato corto – Jägerin 03

septiembre 29, 2019
Mujer con una rosa

 

Capítulo 03 – Reservarse para más tarde

Varios días después de su desliz en el tren, Ana, ahora sí, con una preparación previa, se disponía a iniciar aquel juego. Era la primera vez que mezclaba diferentes aspectos de su vida y aquello la emocionaba y aterraba a partes iguales. Sin embargo, sabía que era una consecución lógica.

Siempre que iba de caza, por decirlo de alguna manera, llevaba aquel abrigo de algodón, que disponía de una capucha lo suficientemente amplia como para ocultarle la cara. Le aportaba seguridad y creyó que aquella noche sería conveniente utilizarlo. El vestido corto que llevaba debajo, ceñido y con un escote pronunciado, la camuflaba algo menos. En realidad, eso no era del todo cierto. Como en todos los sitios, el lugar al que se dirigía tenía sus propias normas de estilo y aquella vestimenta representaba el disfraz perfecto. Rezó para que los tobillos soportaran, el tiempo suficiente, aquellos tacones a juego.

Tras bajarse del taxi, se cubrió la cabeza con el choto y se dirigió a un edificio solitario, situado a pocos metros de allí. Era una discoteca con enormes letras luminosas sobre la puerta, junto a la cual había un cartel gigante que ocupaba toda la fachada y en el que se anunciaba lo que supuso que sería el evento de la noche. Todavía era pronto y no había demasiada gente, pero sabía que, poco después, aquello estaría abarrotado de personas, con colas kilométricas.

Antes de entrar, aguardó unos minutos, como si esperase a que acudiera su cita, se tranquilizó y, después, atravesó las puertas, flanqueadas por dos vigilantes de gran tamaño. Uno de ellos le hizo el gesto de que se retirara la capucha y así lo hizo.

A pesar de la hora y aún lejos de la capacidad máxima de aquel lugar, la multitud comenzaba a ser abundante. El volumen de la música la golpeó con fuerza y, por un momento, estuvo tentada de taparse los oídos. Los focos del techo, que parecían sacados de algún escenario, desplazaban sus haces de luz por todo el recinto, con diferentes colores.

No era la primera vez que estaba allí. Ya había visitado aquel sitio varias veces, días antes, con la intención de evaluar y dejarse ver. Aquel día, en cambio, haría algo más que eso. Sólo de pensarlo, se le aceleró el pulso y un cosquilleo familiar le recorrió el cuerpo desde el bajo vientre.

Filtrándose entre la gente, consiguió llegar hasta la barra del bar; dejó el bolso y el abrigo convenientemente a su lado; se sentó en uno de los taburetes; pidió la bebida, de la que insistió que fuera sin hielos, y, como otras veces, esperó a que apareciera la persona indicada.

Saúl había perdido la cuenta de los días que llevaba persiguiendo a su presa. Conocía cada uno de sus hábitos y también los secretos que ocultaba. En cierta forma, ella era también una depredadora, aunque de un nivel distinto al suyo. Carecía de control o disciplina y se limitaba a mendigar, a unos y a otros, como una ramera. Él tomaba lo que era suyo por naturaleza. En la cúspide de la pirámide animal, nadie tenía que pedir por nada.

Aquella noche, ella había decidido volver a la discoteca donde la vio por primera vez. La madre de Saúl le había enseñado a ser metódico, a tener el mapa completo antes de dejarse llevar. A esas alturas, ya había cartografiado un maldito mapamundi de aquella mujer y había llegado el momento de actuar. Su respiración se aceleró ante aquella idea. Metió la mano en el bolsillo y apretó con todas sus fuerzas el objeto que allí guardaba. Un dolor, ya familiar, lo trajo de vuelta al «lugar tranquilo», el sitio de donde su madre le había enseñado a no salir nunca, hasta tenerlo todo controlado.

Sonrió y se decidió a entrar al recinto. El siguiente paso sería localizarla entre toda aquella gente, pero tenía una idea bastante clara de por dónde empezar.

Los candidatos no tardaron en llegar, como si hubiera algún cartel de bienvenida y ella sólo estuviera allí para atender a los clientes. Aquella similitud le resultó graciosa. Sabía que, entre todas las calificaciones que podría recibir si se supiera lo que hacía, la referencia a la profesión más vieja del mundo no tardaría en llegar. Cuando dejó el anterior trabajo, estuvo a punto, incluso, de planteárselo, pero llegó a la conclusión de que no era lo que quería. La satisfacción de sus necesidades requería de más alicientes, que los ofrecidos por una simple relación sexual.

El último en acercarse no estaba especialmente mal, pero, desgraciadamente, no era el que buscaba. Cuando le preguntó si podía invitarla a una copa —todos se habían puesto de acuerdo en hacerle beber—, ella se limitó a decirle, como al resto, que estaba esperando a alguien. La mayoría se alejaba, sin más, aunque, en una ocasión, le había tocado ser algo más insistente. El pobre no había salido muy mal parado. Nada que no solucionaran un poco de Ibuprofeno para la resaca y unas vendas para el esguince de falanges. Su padre le enseñó, bien de pequeña, a retorcer dedos como medida de defensa y se le daba bien.

Al cabo de una hora, más o menos, llegó la persona indicada. Era un hombre de mediana edad. Aparentaba unos diez o quince años más que ella. Sus ojos y la perfección de su mandíbula, seguramente, le habrían allanado el camino ante otras mujeres, en numerosas ocasiones. Sin duda, era la persona a la que había estado esperando. Por un momento, tuvo que obligarse a mantener la calma y, para ello, estuvo tentada de darle un sorbo al vaso, que ahora estaba casi vacío.

—Me he estado fijando —comenzó a decir él, como si entre los dos hubiera una conversación ya establecida—. Creo que han sido como…, ¿cinco tipos en la última hora?

Obviamente, se refería a todos los que habían intentado acercarse a ella. Era evidente que había estado observándola. Bien.

—Seis, en realidad —respondió ella.

—Cierto, me dejaba al que le has destrozado los dedos. ¿Cuántos de ellos te han intentado invitar a una copa?

Ella sonrió. Sabía lo que hacía. No era sólo apariencia.

—Todos y cada uno de ellos —dijo ella y, como para enfatizarlo, alzó su vaso y simuló darle un sorbo.

Él asintió y, luego, le ofreció la mano.

—Mi nombre es Saúl. Si dejas que me siente a tu lado, prometo no molestarte demasiado.

—Ana…, Ana Günther —dijo ella, a la vez que respondía a su saludo—. Y más te vale que sea así.

Aquella apostilla intencionada, al incluir su apellido, sirvió para que él la interrogara sobre su procedencia y así arrancar la conversación. Ella le explicó que era por parte de padre, quien había pertenecido a la KSK, el mando de las fuerzas especiales alemanas —«Kommando Spezialkräfte» —pronunció ella, con un acento perfecto. Se retiró tras el conflicto en Afganistán y, desde entonces, vivían en España.

A esas le siguieron más preguntas, que Ana respondió con verdades a medias, omisiones y alguna que otra mentira, en función de lo que necesitara para seguir el juego. Él parecía realmente interesado y eso era lo importante.

Una o dos conversaciones después, Ana se excusó, con la intención de ir al baño —ahí no mentía, después de más de dos horas sobre aquel taburete, necesitaba ir con cierta urgencia— y, mientras se marchaba, le pidió que le cuidara las cosas y que le sacara otra copa de lo mismo.

 


 

Hasta ese momento, Saúl no había encontrado la ventana adecuada para actuar, pero la muy estúpida acababa de ponérselo en bandeja. Después de que el barman le entregara las bebidas, sacó dos ampollas de Rohypnol de dos miligramos y vertió el contenido en el vaso de ella. El flunitrazepam tardaría alrededor de una media hora en hacer efecto y otra más en llegar a su máxima concentración. A partir de ese momento, podría hacer con ella lo que quisiera y no se acordaría de nada.

Poco después, ella apareció con aquel vestido que lo obligaba a esforzarse por mantener el control constantemente. A lo largo de la noche, no había dejado de imaginar que se lo destrozaba, arrancándole los tirantes y rasgándole la falda. Lo único en lo que podía pensar era en estrujarle aquellas tetas, que exhibía impunemente y en meterle la mano entre las piernas, para comprobar lo húmedo que tendría el coño. En vez de eso, se limitó a utilizar el llavero de nuevo y abrazó aquel dolor, con la seguridad que le daba el saber que pronto podría hacerle todo eso y mucho más.

Cuando ella se hubo sentado, le ofreció la copa que acababa de alterar. Con suerte, bebería pronto y se podrían ir de allí cuanto antes. Ella, sin embargo, al verla, la cogió y sacó los hielos que había dentro.

—Se me ha olvidado decirte que la quería sin nada —dijo con ellos en la mano.

Por un momento, pareció dudar sobre qué hacer con aquellos cubitos y después, para su sorpresa, se los lanzó a él, con un guiño de picardía. Instantes después, se le había formado una mancha parduzca en la entrepierna del pantalón, como si se hubiera orinado encima. Aquello debía de formar parte de su actuación para mendigar lo que quería.

En efecto, poco después, de manera torpe y burda, le tocó el paquete varias veces, mientras simulaba limpiarle con las manos. Cuando comprobó que él no se quejaba y que, en efecto, la tenía dura como una piedra, ella le sonrió y le recomendó que se limpiara con las servilletas que tenía detrás.

Era evidente que estaba satisfecha con el resultado, demasiado confiada como para prever lo que se le venía encima. Sacó varios papeles del pequeño dispensador y los utilizó para intentar limpiarse. No parecía que aquella mancha fuera a desaparecer, pero ya se lo pagaría más tarde y con creces. Después, alzó su copa.

—Un brindis de los largos por las relaciones que no se enfrían —dijo él, en clara alusión a lo que acababa de suceder.

Mientras ambos parecían competir por quien bebía más, Saúl calculó que la cantidad que acababa de ingerir sería más que suficiente.

—«Sólo un poco más» —se dijo a sí mismo y volvió a hacer uso del llavero.

 


 

Ana decidió avanzar un poco más. Fiel al juego, se acercó a él y, sin dejar de tocarle la pernera del pantalón, que ya había comenzado a secarse, le propuso, con un susurro al oído, colarse en los baños. Ella lo miró fijamente, muy de cerca, mientras esperaba su respuesta. Sin embargo, él declinó la oferta y le respondió que quizás fuera mejor esperar a que hubiera menos gente.

Ella dibujó una expresión de decepción en su cara, pero, o él no la vio o decidió ignorarla por completo.

Poco tiempo después, al ver que la conversación comenzaba a decaer y que ya no había mucho más que hacer, hizo ademán de levantarse, para tropezar sobre aquellos tacones imposibles y desplomarse sobre su acompañante. Él le preguntó si se encontraba bien y ella confesó que se sentía mareada. Lo achacó a la bebida, a la que no estaba acostumbrada y le pidió que, por favor, la ayudara a salir de allí.

Una vez fuera, sentada sobre el bordillo de la acera, como una adolescente tras una mala noche, con los zapatos asesinos y el resto de sus cosas junto a ella, él insistió, hasta la extenuación, en llevarla a casa en coche. Ella accedió y, poco después, estaba sentada en el lugar del copiloto de un Ford Kuga con las lunas tintadas. Las luces de fuera, al otro lado de la ventanilla, pasaban como si fueran luciérnagas que volaran en sentido contrario. Se descalzó e intentó hacerse un ovillo en el asiento.

—Bonito coche… —dijo ella arrastrando las palabras, tanto que apenas se la entendió.

Mientras se dirigían hacia la zona donde ella residía, él intentó entablar algo de conversación, pera ella se limitó a cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás. La empalagosa mezcla del olor a cuero de los asientos y el intenso aroma a pino del ambientador resultaba mareante.

Poco después y sin mediar palabra, la zarandeó varias veces, como si intentara comprobar si estaba despierta. Al ver que ella no respondía, comenzó a acariciarle el muslo. Su tacto era áspero, incluso a través de las medias. Rebasó varias veces el límite impuesto por la falda, pero sin adentrarse demasiado. Su timidez debía de tener un límite y, cuando se hubo cansado, le subió el vestido bruscamente y le separó las piernas. Ella, que no tenía la opción de moverse, apenas opuso resistencia y sólo pudo balbucear una protesta ininteligible.

—Vas a ver qué bien nos lo vamos a pasar —dijo él e, instantes después, restregó los dedos sobre la parte más íntima protegida por su ropa interior. Acto seguido, al parecer, insatisfecho con la delicada textura de aquella prenda de satén, se la intentó arrancar, con varios tirones que casi consiguieron sacarla del asiento. Cada vez que estiraba, soltaba un gruñido salvaje, más propio de un animal que de una persona. Al final, logró desgarrar la tela.

Desnuda de cintura para abajo, ella intentó bajarse la falda, pero sus tentativas fueron demasiado débiles. Él le apartó las manos con una sacudida y, después, le metió los dedos hasta el fondo. Ella soltó una exclamación y dio un manotazo al aire, que no sirvió de nada.

—Lo sabía, estás empapada… —dijo él, mientras se olía la mano que acababa de utilizar. Tras ello, volvió a bajarle la falda y luego la dejó tranquila.

Seguramente, querría reservarse para más tarde.

Jorge Serrano Celada

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