Saltar al contenido
relatos Cielo Rojo

Relato corto – Jägerin 04

octubre 6, 2019
Mujer encapuchada

 

Capítulo 04 – Trofeo

Al poco de llegar a su domicilio, Ana fue obligada a salir del coche y a ponerse en pie. Mientras se dirigían al portal, no tuvo más remedio que apoyarse en su captor. Cualquiera que los hubiera visto, habría pensado, simplemente, que ella estaba indispuesta.

Al llegar a la puerta, él le abrió el bolso y rebuscó hasta dar con las llaves. Ya en el ascensor, sin nadie más que los molestara, la apretó del cuello y, separándole las piernas de nuevo, volvió a meterle aquellos dedos inmisericordes.

—Sé que lo estás disfrutando —dijo él, dejando escapar perlitas de saliva que se estrellaron contra su cara. Era como si ahora se tratara de otra persona completamente diferente. Después, le lamió el cuello y la cara.

Una vez que llegaron al apartamento, la arrastró hacia el amplio espacio de la sala, dejó caer sus cosas y la arrojó, bocabajo, sobre el reposabrazos del sofá. Ella no pudo hacer otra cosa que permanecer allí tendida. La sensación familiar de la tela, sobre la que había descansado tantas veces, ahora parecía estar fuera de lugar.

Lo primero que hizo él fue asegurarse de que nadie pudiera verlos a través de las ventanas. Todas las persianas estaban bajadas, por lo que no tuvo de qué preocuparse. Después, se permitió curiosear un poco.

—Vaya choza que tienes montada —dijo él, mirando a su alrededor.

Cogió un cuadro de fotos del estante situado junto al televisor y le preguntó si el que aparecía en él, enfundado en un traje militar, era su padre.

—Sí, por supuesto que sí —se respondió a sí mismo—. Seguro que el soldadito es tu puto héroe. Igual hasta te lo tiras cuando tu madre no os ve…—. Después, dejó caer la fotografía al suelo y se aproximó a ella por detrás.

Hubo un momento de silencio, al que lo siguió el sonido de quien se desabrocha los pantalones, hasta que finalmente se echó sobre ella. Desde donde estaba, podía oler su aliento, rancio y a la vez mentolado, a pocos centímetros de su cara.

—Dime, puta, ¿te tiras a papi? —dijo él a su oído y después la penetró con un gruñido. Sin contemplaciones.

Ella se vio obligada a dejar escapar un grito y, como respuesta, él la agarró de la melena y tiró hacia atrás cruelmente.

La embestía profundamente, con ferocidad, como si buscara hacerle daño. De vez en cuando, le manoseaba los pechos o le propinaba azotes ensañados, que resonaban por toda la habitación.

Cuando se hubo cansado de aquello, salió de ella, jadeando, y, por un momento, ella pensó que quizás habría terminado. Sin embargo, una mano apareció de la nada y tanteó la zona escondida entre sus nalgas. Supo lo que eso significaba y, anticipando lo que vendría después, cerró los ojos con fuerza.

—Esto te va a gustar —dijo él otra vez a su oído.

La sodomizó con los dedos, horadándola como si pretendiera allanar el camino, sin embargo, cuando creyó que aquello sería sólo el comienzo, la alzó del sofá bruscamente y la dirigió hacia su dormitorio.

—Creo que es hora de ir a un lugar más íntimo —dijo él.

Ya estaba. Ana sabía que, tras esa puerta, sería el fin.

A pesar de lo que su víctima pudiera suponer, Saúl aún permanecía en su «lugar tranquilo». Sólo se había distanciado un poco, nada más. En cuanto entraran en aquella habitación y tuvieran todo el tiempo para los dos, ella descubriría su verdadera naturaleza.

Mientras intentaba abrir la puerta, se relamió los labios ante la inminente liberación que suponía el dejarse llevar. Perder, por fin, el control al que se veía sometido, día tras día.

Intentó girar el picaporte, pero no cedió. Después, comprobó que tenía una cerradura. ¿Quién ponía cerradura a la puerta de una habitación? Se giró hacia ella y la abofeteó con todas sus fuerzas. Sin su apoyo, ella cayó al suelo irremediablemente

—¿Qué escondes aquí, zorra? ¿Dónde está la llave?

Su pregunta se vio enseguida respondida. Encima de la repisa que había justo a su lado, descansaba una llave pequeña que parecía encajar. Mientras la utilizaba, se preguntó hasta qué punto podía ser tan estúpida. Fuera lo que fuese que ocultaba ahí, seguramente estaría relacionado con sus pequeños escarceos en público. A la tía le ponía hacerlo delante de otros. Seguramente, también lo grabaría y allí guardaba todo el material. Acababa de exponerse con una facilidad pasmosa.

El pomo por fin cedió y la puerta se abrió. Al entrar, todo estaba a oscuras y lo invadió un olor similar al que desprendía un coche recién estrenado. Encendió la luz y se adentró para inspeccionar.

—Pero ¿qué…? —exclamó él.

Todo en aquel dormitorio había sido cubierto, meticulosamente, con papel Parafilm, como el que se utilizaba para proteger las maletas en los aeropuertos. No había ni un solo resquicio sin tapar, incluidos paredes y techo. Sin embargo, lo que realmente atrajo la atención de Saúl fue el panel gigante de corcho que ocupaba la pared del fondo. En él, aparecía un mapa de la zona, con fotografías de mujeres a las que conocía muy bien. Como a la de ahora, había seguido a cada una de ellas, hasta saber todo sobre su vida y tomar lo que le pertenecía.

En el centro de todas ellas, aparecían varias instantáneas de él, tomadas en diferentes lugares y momentos del día.

Sin saber lo que estaba ocurriendo, se dio la vuelta y se encontró a la que hasta ahora había sido su juguete. Estaba de pie, frente a él, al parecer, completamente recobrada. Llevaba puesto el abrigo con el que había acudido a la discoteca. El gorro le cubría la cabeza y apenas podía entrever su cara.

Fue a decir algo, pero ella le propinó un golpe certero en el cuello, con el filo de la mano, que le cortó la respiración.

—Mi padre murió de cáncer, gilipollas —dijo ella y, acto seguido, le golpeó con un codazo en la cara que lo derribó.

De cuclillas, en el suelo, comprobó que le sangraba la nariz. Probablemente se la habría roto. Intentó levantarse, pero ella le pegó un rodillazo en la sien y todo se apagó.

 


 

Cuando él se despertó, intentó liberarse, como hacían todos. El sistema de sujeción de la cama, mediante muñequeras y cinturones, había sido diseñado para impedírselo. Dejó que él lo descubriera por sí mismo. Como también sucedía siempre, la insultó varias veces, antes de ordenarle que lo soltara.

Un par de meses antes, Ana había estado investigando varios casos de agresión con violación, ocurridos, a lo largo del último año, en la zona. En todos ellos, las víctimas habían sido drogadas con flunitrazepam, una droga que anulaba la voluntad y afectaba a la memoria de quien la tomaba. Tanto ella, como los informes policiales a los que pudo acceder, habían detectado que el denominador común era aquella discoteca. Aquel idiota ni siquiera se había molestado en cambiar de lugar.

El modus operandi utilizado por el agresor parecía indicar que conocía a las víctimas, lo que la hizo sospechar que, antes de actuar, debía de realizar cierto seguimiento sobre ellas. Ana decidió exponerse a sí misma para llamar su atención. Durante varias noches, se limitó a pasar las horas muertas, en aquella barra de bar, esperando. Poco tiempo después, el hombre que ahora se afanaba por liberarse en su «cama especial» comenzó a seguirla.

Al igual que su padre, quien además la entrenó desde pequeña, Ana también había ejercido la carrera militar. Como miembro retirado del Grupo de Operaciones Especiales del Ejército de Tierra Español, también conocidos como los GOE, no le costó demasiado localizar e identificar a su perseguidor.

Saúl Zamora, de cuarenta y cinco años de edad, trabajaba como dependiente en un pequeño supermercado en el centro. A los doce años, quedó huérfano, tras la muerte de su madre en circunstancias aún no resueltas. Sin padre reconocido, fue criado en varios orfanatos, hasta alcanzar la mayoría de edad. Desde entonces, había acumulado varios delitos menores por acoso y abuso sexual.

Una vez obtenida la información, sólo tuvo que darle tiempo y permitir que la siguiera, con la intención de que fuera ganando confianza. Así fue en el cine, sentado en las primeras filas o, incluso, durante su desliz en el tren, ubicado entre los que esperaban en la puerta de acceso contigua.

Cuando Ana consideró que ya estaría preparado, sólo tuvo que exponerse de nuevo y esperar a que él apareciera. Un poco de conversación, bastó para comprobar que apenas había investigado nada sobre ella y que, probablemente, desconocía su perfil.

El problema era conseguir que creyera que la había drogado. Para ello, se bastó de un pequeño truco, un tanto rústico, pero que podría funcionar. En el bar, lo primero que hizo fue pedir dos copas sin hielo. Este punto era importante para que fueran indistinguibles de la que él le pudiera sacar después. Una de ellas, la cubrió con papel Parafilm y la guardó, con cuidado, en el bolso. La otra, la vacío en el suelo, casi hasta el final, y la dejó encima. Después, sólo tendría que controlar el momento que él utilizaría para verter la droga —como durante su ausencia para ir al baño— y realizar el intercambio de la copa, con la que ocultaba en el bolso, mientras lo entretenía de alguna forma —por ejemplo, con unas servilletas colocadas estratégicamente lejos de él y un pantalón mojado accidentalmente—.

Cualquiera pensaría que, la peor parte habría venido después, al tener que fingir impotencia y vulnerabilidad, mientras él hacía con ella lo que quisiera. Sin embargo, lo cierto era que aquello había formado parte del juego para esa noche. Era una unión de dos facetas, hasta ahora separadas. Verse sometida de aquella forma tan genuina, al menos por parte de él, había resultado más excitante de lo que habría cabido imaginar. Realmente, lo complicado había sido esconder cada una de las muestras de placer que habían pugnado por derribar el papel que intentaba interpretar. Incluso las partes más dolorosas le habían llevado a sopesar futuras experiencias.

Ana, que ahora iba vestida con una bata quirúrgica y un uniforme hospitalario, se acercó a aquel hombre que aún seguía insultándola, totalmente descontrolado, y cogió un objeto de la mesita de noche. Era un cuchillo táctico, con una hoja de acero aserrada de dieciséis centímetros. Lo contempló con nostalgia, al recordar el día que se lo regaló su padre. Él había sido quien le había enseñado a encauzar aquellos impulsos por el camino correcto.

Al ver el arma que sujetaba en la mano, su víctima, que había pretendido jugar el papel de depredador con ella, comprendió el alcance de lo que estaba por suceder y comenzó a suplicar desesperado. Ella lo ignoró y hundió lentamente el cuchillo, a la altura de su esternón. Le fascinó la suavidad con la que atravesó la carne, hasta alcanzar al arco aórtico. Él se contrajo de dolor e inmediatamente después, cayó fulminado sobre la cama. Una mancha de un rojo intenso apareció alrededor de la herida provocada por el cuchillo que aún mantenía clavado en su pecho.

Ana tenía dos secretos bien guardados y uno de ellos era el que la llevaba a matar a asesinos, maltratadores y violadores como aquel. Era una cazadora o, como su padre la llamaba, su «kleine jägerin».

Cuando por fin se incorporó y extrajo el arma, notó que algo se caía del bolsillo de lo que ahora era un cadáver. Lo recogió y comprobó que era un llavero de forma esférica con pinchos. Luego rectificó y lo pensó mejor, era su trofeo.

Jorge Serrano Celada

Safe creative - Jägerin - Jorge Serrano